viernes, octubre 31, 2008

196-¡ La “madona”, guía turística! (De Sóller a Sa Calobra)

Seis meses y un océano atrás, mi prima Apolonia, una “madona” mallorquina hecha y derecha, recorrió muy feliz (por lo menos eso dice) junto a su esposo y teniéndome por guía, el Delta del río Paraná, el famoso “Tempe argentino” de Marcos Sastre. La excursión, que combinaba el Tren de la Costa y un paseo en lancha por ríos y riachos, le encantó, y nos hizo prometer que algún día Venecia y sus canales –salvando las distancias- nos verían juntas.

Quizás por eso, en cuanto supo que iríamos a visitarla, buscó un equivalente balear de la excursión argenta… ¡Y lo encontró con creces!
La ambiciosa propuesta consistió en abordar el Tren de Sóller y, desde el puerto de esa bellísima ciudad, partir en lancha rumbo a Sa Calobra para visitar la desembocadura del Torrent de Pareis.
Y conste que cuando una madona dice “excursión”, o la hace bien o no la hace. Razón por la que, para aprovechar aun más esa jornada, solicitó a mis primos Sebastià y Miquel, que nos viniesen a esperar en coche, al finalizar mi consorte, la guía y yo, el paseo por la costa. De ese modo, nos llevarían, a través de un camino de montaña, sinuoso si los hay, al Monasterio de Lluch, lugar de peregrinación al que esta servidora debía ir sí o sí, desde las oraciones y dichos de su abuela Isabel, en adelante.

En este caso, ilustraré mi crónica con mapa, para que el lector comprenda la ambiciosa propuesta de mi prima (asesorada eficazmente por Joana Aina). Creo que si relato bien nuestro itinerario, servirá para que futuros visitantes de nuestras Islas Baleares disfruten sus días más que a tope, en pos de conocer las bellezas de Mallorca, que incluyen su mar y sus montañas.

La mañana de mi despertar tan fácil, la Adelantada nos dejó frente a una estación ferroviaria de comienzos del siglo XX, exclusiva de este tren tan particular, en plena ciudad de Palma. Pero, mientras esperábamos el abordaje, nuestra guía, que estaba dispuesta a mostrarnos con generosidad su tierra desde todos los ángulos que le fuera posible, nos llevó a visitar un payés hecho y derecho…en piedra. Justo frente al Mercado del Olivar. ¡Vaya mercado! Buenos Aires supo tener el Del Plata y el Spinetto en otros tiempos, así como el famosísimo de Abasto. También, mercados barriales que eran un lujo, pero todos han desaparecido de la ciudad para dar paso a los supermercados, por lo que nos encantó redescubrir el color y el perfume de los frutos, la enormísima variedad de pescados y mariscos, los fiambres y jamones, las flores, frutos secos, todo exhibido con una prolijidad y una limpieza francamente…mallorquinas. Todo un orgullo para Palma, sin lugar a dudas.
Luego de caminar un rato por esas calles y de avistar algún primer edifico modernista bien interesante, saludamos al Rey Jaume I, que también merodeaba por la zona, en su estatua ecuestre, y ¡subimos a un tren en el que la madera estaba presentísima! Lo hicimos como tres chicos que parten de excursión. Nada más y nada menos. Felices e ilusionados con lo que habríamos de ver y de vivir. Apolonia acarreaba en su cesta una bolsa con Quelitas, unas galletitas equivalentes a nuestros bizcochitos para el mate pero con mucha menos grasa y sal. Nos explicó que las Quelitas forman parte inexcusable de cualquier paseo mallorquín que se precie de tal. ¡Muy buena idea!

¿Cómo se cuenta un paisaje sin transformarlo en catálogo turístico? Tal vez, hablando de verdes infinitos y de diminutos valles a lo lejos. Quizás, mencionando las terrazas en piedra sembradas con esmero o lo cambiante del paisaje con cada recodo de rieles. De pronto: un túnel. Algunos turistas emitían sonidos un tanto indescifrables por lo que pensé que se debía a su admiración por la capacidad de aquellos que construyeron el Túnel Mayor, en 1907, cuando “muchos lugareños creían que iban a tener dos al precio de uno ya que se empezaron a construir a cada lado de la Sierra de Alfàbia y pocos confiaban en que las dos brigadas de trabajadores se encontraran en el mismo punto”.

Después del túnel, el Mirador des Pujol de’n Banya, enmarcaba en verdes profundísimos, mejor que cualquier cuadro recargado de dorados, el panorama primoroso que dominaba tanto la Tramontana como la ciudad de Soller. Esta vez veo muy difícil mi camino hacia las letras porque la verdad es que me faltan las palabras.

Sóller fue siempre, además de una bella ciudad muy pujante en tiempos en que podía comercializar sus productos sin las desventajas globalizadas, el emblema de las naranjas de Mallorca. Y beber, mientras aguardábamos el tranvía que nos conduciría al Puerto, unos vasos de jugo, en las mesitas dispuestas frente a la Catedral: todo un deleite. Esta ciudad es diferente de los pueblos del llano. El dorado de las piedras, en las casonas señoriales - con bellísimos jardines, muestra evidente de esplendor en tiempos no tan lejanos - no es tan marcado como en Campos, por ejemplo. A Jorge y a mí nos resultó inolvidable el encaje de la fachada de la Catedral. Otra delicia del modernismo que, en Mallorca, tiene piezas por demás interesantes.

El sol taladraba nuestras cabezas al llegar al puerto y descender del tranvía. Pero valió la pena: el arco de la bahía resplandecía ante nuestros ojos asombrados. ¡Y el azul! ¡Ese azul que yo creía un invento de algún pintor añoradizo enamorado de su isla! Nuestra guía se veía muy oronda. Muy orgullosa de exponer ante nosotros la hermosura de su tierra. Si Sebastià hubiese estado ahí hubiera pronunciado su frase celebérrima: “Ya veis: Mallorca es todo un continente.” Pero él andaba, junto a Miguel, trepando caracoles montañosos para rescatarnos, una vez descendidos del barco al que estábamos subiendo.

¿Dije barco? ¡Era un Arca de Noé pero con especímenes ¿humanos? y turísiticos! Mucho alemán imponiendo su volumen rubicundo para obtener mejores vistas, algún ingles y francés aquí y allá y nosotras, parloteando en mallorquín, escoltadas por Mr. Wagner y, en mi caso, rezando para que no me convirtiera en una nueva Natalie para acallar mis exclamaciones varias ante los acantilados que desfilaban a lo largo del paseo, ante las aves o el mar sereno, serenísimo. ¡Oh! ¡Ah! Y de nuevo ¡oh, ah, oh! Realmente, el primo tenía razón: esta isla es todo un continente. De otro modo no es posible que encierre en tan poca superficie paisajes tan cambiantes. Yo pertenezco a una tierra en que la variedad de lugares es inmensa y la riqueza de los mismos casi, casi insuperable –perdonen los lectores la inmodestia- pero en la Roqueta, el espectáculo cambia con tan sólo dar vuelta la cabeza, mientras que para ver esos cambios en Argentina hay que recorrer cientos o miles de kilómetros.

Llegamos a la playita de las piedras redondas luego de atravesar un largo túnel y un hermoso camino colgado sobre el mar. El Torrent (torrente) de Pareis, al final de su curso, ha depositado varios cientos de metros de gravas y cantos rodados que han dado forma a su playa. Las aguas son limpias y transparentes. ¡Debieran vernos en nuestro Bautismo Mediterráneo! No habíamos llevado malla (bañador para españoles) pero nos mojamos igual en las aguas azules sintiendo que Dios bendecía a este terceto paseandero con su sol y su alegría.

De regreso en procura de encontrarnos con los andantes caballeros que habían estado sorteando precipicios para llegar a rescatarnos, nos cruzamos con ella. Tengo que decir ave y no gaviota porque la realidad es que ignoro si de una de ellas se trata. Altiva sobre una roca, contempló a nuestra acompañante como diciéndole: “Te felicito, coterránea, tus Quelitas y tú nos han dejado muy bien parados en esto de mostrar las bellezas insulares”.
Apolonia asintió con una sonrisa enigmática que me hizo recordar a La Gioconda.

Cati Cobas

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa descrisión de aquel día
inolvidable

Pilar dijo...

Cati, qué fotos mas bonitas; ese azul tan intenso del mar. Sigo "viajando" con tus textos.

RosaMaría dijo...

Hermoso paseo que recorrí en parte y del que vine tan encantada como vos. Preciosas las fotos y excelente el relato. No pediste la receta de las Quelitas?
Reaparezco despues de un tiempito de mudanza.

Anónimo dijo...

Las Quelitas son un secreto mallor quin y para saborearlas ay que venir a buscarlas a Mallorca