jueves, abril 20, 2006

87- Un maratón muy especial










Este camino de reconciliación con el otoño no es, ni de lejos, la ruta a Mar del Plata después de que se convirtiera en autopista: un camino liso, llano y sin sinuosidades. Todo lo contrario: siempre aparece un rollito, un dolor articular, algún surco nasogeniano o, simplemente, alguna encarnizada y pertinaz tristeza que convierten el sincero deseo de amar la madurez, en el ascenso al Aconcagua. Claro que una se niega a sucumbir y pretende librar hasta la última batalla.
Por eso, cuando Jorge, mi esposo, me comunicó que los miembros de la empresa en la que trabaja participarían de un maratón le dije, recordando mis caminatas matutinas por el Parque Chacabuco: “¿No pueden participar las esposas…?” ¡Mejor no lo hubiera dicho! Me tomó la palabra de inmediato. Volvió, muy contento, al otro día, con una remera y gorrito blancos ostentando, orgullosos, el logotipo de la firma, junto con un pimpante cartelito que indicaba que la que esto suscribe participará el próximo domingo de un maratón en la Costanera Sur. El corazón me dio un vuelco, y recordé eso de ser esclavo de las palabras. ¿Por qué abriste la boca, Cati Cobas, si vos caminás, a gatas, unos miserables kilómetros en tu famoso Parque Chacabuco, y por poco te tienen que asistir como a Sandro para recuperar el aliento?

La decisión era irrevocable: ya estábamos inscriptos y tendría una semana para convertirme en atleta consumada. El primer paso sería asistir a los entrenamientos. ¡No me hablen!
Lo más grave fue que nos designaron un entrenador jovencísimo y absolutamente entusiasta. Y se ve que los “viejitos” le producimos ternura y nos quiere sacar buenos…Tengo elongadas todas y cada una de mis neuronas. Si hasta las cutículas de mis uñas piden clemencia. Mis abdominales y abductores lloran después de cincuenta y tantos años de inacción. Yo, que me creía una heroína por haber vencido los hábitos sedentarios mediante la contemplación de coreanas caminantes, me encuentro por estos días, sudando la gota gorda frente al río, seguida de cerca por la mirada entre tierna y jocosa de mi marido, que toda la vida ha ejercitado su cuerpo como corresponde.

Para colmo, nuestro entrenador insiste en estirar, contraer y aumentar velocidades. ¡Arriba, abajo, abran piernas, contraigan muslos! ¡Como si tanta flaccidez se pudiera conjugar en siete días ¡ ¡Si mi único deseo era participar de una experiencia enriquecedora y vital en este otoño!

Traté de de disminuir las expectativas de mi joven instigador de turgencias procurando desmerecer los objetivos a alcanzar. Le expliqué que nuestra modesta carrerita muy lejos está de ser un maratón (los verdaderos tienen un recorrido de 42,195 kilómetros para replicar la realizada por un soldado griego desde la ciudad de Maratón hasta la de Atenas en el año 490 a.C., para llevar la noticia de la victoria de los griegos sobre los persas). Pero no se dejó influir por mis apreciaciones, y me tuvo cuerpo a tierra y salto de rana como en la conscripción que no hice.

La verdad: me siento en forma. En forma apachurrada y demolida. Una pobre humana descangayada. Pero con el espíritu decidido a batir al enemigo igual que Cabral, el compañero de San Martín en San Lorenzo.

Así que los invito el próximo domingo a la Costanera Sur, ahí justo frente a Las Nereidas. No tengan miedo, no van a confundirme con una de ellas. Cuando vean a una señora encapuchada (con el peregrino objetivo de no ser reconocida como protagonista de un bochorno) que, portando un frasco de bálsamo descontracturante, llega última a la meta, habrán conocido, en persona, a la autora de estas crónicas.

Cati Cobas

2 comentarios:

Lobo. dijo...

Ánimo, Cati, que lo que te ha pasado se quita con apenas un par de mimos (pero que sean guapos y hablen poco, de preferencia nada, porque la belleza debe hablar por sí sola y en este caso la bella eres tú), muchos besitos y un masaje de relajación.

Y bueno... ¿cómo te fue de domingo?

Te felicito sinceramente, cualesquiera que haya sido tu lugar de llegada en la carrera. :)

Cati Cobas dijo...

Muchas gracias, Lobo. Te dedico la crónica del día después. Cati