domingo, marzo 02, 2008

163-Diario para el encuentro Capítulo III (Nuevos capítulos de "Las brasas que despiertan")

7 de febrero
De navíos e ilusiones


El 7 de febrero fue para mis primos y yo “El día de los barcos”. Así de simple.

Apolonia y Miquel desembarcaron en la cocina de casa con las provisiones para un buen desayuno “a la argentina”. (Lea el lector mediaslunas de grasa y de manteca como para satisfacer al más hambriento náufrago). Venían radiantes por los descubrimientos hechos tierra, piedra o foto. Radiantes, también, por haberse atrevido a la aventura de navegar la pampa húmeda en el desvencijado taxi sureño que abordaron y más radiantes todavía por haber regresado sanos y salvos como para poder contarlo.
Es que estos navegantes del trigo y la cebada habían vuelto con sed de nuevas abordajes: no tenían un minuto que perder: en pocos instantes aparecimos en la Costanera Sur buscando denodadamente el agua, el Río. ¡Craso error! Navegamos en el verde de la Reserva Ecológica y entre las totoras y rosales de la plaza Micaela Bastidas, un prodigio de las nuevas concepciones paisajísticas que honra a Buenos Aires, pero de agua: poco y nada.

Tuvimos que conformarnos con la de los diques de Puerto Madero, mientras contemplábamos los edificios de ladrillo que otrora sirvieran como depósito de la carga que cientos de barcos llevaban y traían en esta ciudad pintada con la sangre de todas las razas y colores. También, imaginar las grúas, que ahora decoran esos muelles, como mudos testigos del desembarco de nuestros abuelos. Soñar con los miles y miles de inmigrantes que apretaron los dientes en pos de un nuevo mundo.

En esa zona, mi prima y yo disfrutamos el orgullo de saber que en ella todo tiene sello femenino: el Puente de la Mujer, los nombres de las calles, que evocan heroínas argentinas de diverso orden…hasta el mascarón de proa que luce, majestuoso, en la Fragata Museo Sarmiento, a la que Miquel se apresuró a abordar con el gesto alegre de un niño en el recreo.

Deberían haber visto a este hombre, acostumbrado a las tareas del campo, recorriendo la fragata palmo a palmo, extasiado ante el timón, los detalles de cubierta, los uniformes, las cabinas. Deberían haberse contagiado de la sonrisa de sus ojos claros cuando se posaban en los libros de navegación y en la antigua brújula imantada. No hay duda de que los mallorquines tienen el alma dividida: son payeses y marineros todo el tiempo y, como Miquel, navegan el trigal y aran cada palmo del Mediterráneo que los rodea. Y Dios debe haber visto, sin duda que eso es bueno, a juzgar por la alegría innata que nos trasmitió mi primo en el barco que sirvió para que muchas generaciones de marinos argentinos hicieran su viaje inaugural.

Dejamos atrás el navío pero no los barcos, porque el corolario del paseo fue una visita al Hotel de Inmigrantes.
A decir verdad, ninguno de los tres estaba seguro de que nuestros antepasados hubieran tenido que habitarlo, porque la colonia mallorquina en la Argentina fue muy acogedora con los paisanos que venían, pero de cualquier modo, el sitio es símbolo de la llegada a una nueva tierra. Y la señal de que esa nueva tierra necesitaba, para poder crecer y hacerse fuerte, a “todos los hombres de buena voluntad que quisieran habitar su suelo”.
Nuestros pasos resonaban, y el lugar inmenso nos devolvía el eco de las voces de napolitanos, gallegos y andaluces, croatas y franceses, turcos y judíos, vascos y piamonteses y…
Las paredes hablaban de esperanzas y tristezas, de ilusiones y añoranzas.
No costaba nada imaginar el sueño en esas literas espartanas, la salud, en la camilla metálica elemental, la comida en las mesas larguísimas, con tapa de mármol, que preludiaban las que vendrían luego de unos años, si había suerte, ésas con mantel bordado y loza de la buena, en las que los hijos comerían el arroz, los fideos o el pescado relleno en día de fiesta. Los primos y yo procurábamos evitar las lágrimas pero estábamos realmente conmovidos.

Por suerte, la vida, que es sabia, nos dio un motivo para soñar e ilusionarnos, ya que en el lugar existe la posibilidad de, si se tiene suerte, encontrar el barco en el que cada uno de nuestros familiares llegó a la Argentina y llevarlo enmarcado en un Diploma mejor que el de cualquier universidad renombrada. Los tres nos entregamos a la búsqueda aunque no obtuvimos diploma alguno, lo que no quita que, mejor pertrechados de datos contundentes, volvamos a intentarlo, si la oportunidad aparece, no lo duden. Y así, con el azar sin éxito, cerramos nuestro día navegante. Aunque según cómo se mire sí ganamos.

Ganamos unas cuantas lecciones imperecederas que, en un acto atrevido, me animo a trasmitir a los lectores, a los que les ruego que, cuando se sientan tentados a perder la humildad y renegar de sus orígenes, cuando crean que nada lograrán , por mucho que se esfuercen, o cuando sientan que el temor al “inmigrante” los domina, se acerquen a este sitio inolvidable y palpen, en carne propia, el mensaje eterno de los barcos. Toda la humanidad saldrá ganando.
(Continuará)
Cati Cobas

1 comentario:

RosaMaría dijo...

Hermosa crónica, dulce y también divertida. Me alegra saber que han disfrutado y llevan un buen recuerdo y bellas imágenes de nuestro país. Bezaso