lunes, agosto 31, 2009

Las Caticrónicas tienen nueva casa


Aunque está sin estrenar, les pido que nos agreguen a sus favoritos, ya que de ahora en más nos encontrarán en http://www.caticronicas2.blogspot.com/ porque este blog agotó su capacidad...
¡Los esperamos!

Cati Cobas

jueves, agosto 13, 2009

227- La yapa

Preámbulo: “El quechua o quichua es una familia de lenguas estrechamente emparentadas originaria de los Andes centrales que se extiende por la parte occidental de Sudamérica. Es hablada por más de nueve millones de personas y parece no estar relacionada filogénicamente con otras familias conocidas, por lo que es considerada la decimoquinta familia de lenguas más extendida en el planeta y la segunda en América, después del castellano”.

Del quechua, que tanta influencia ejerce en este Río de la Plata y dedicado, con mucho cariño, a Rosa M. Arroyo, de Madrid…

La yapa

“No entiendo por que razón tu corazón se me escapa,
y tu boquita me mata,
cuando me dices que no,
y aparte del corazón, te pido “la yapa””.

Letra y música de “Los nocheros”

Yapa, llapa o ñapa, mis amigos españoles preguntan siempre por esta palabrita que para mí es mágica porque combina la generosidad con la picardía, la dádiva, con el “marketing” intuitivo de gauchos e inmigrantes decimonónicos y del siglo veinte.

Yapa significa ayuda, aumento, añadidura, algo que se da gratuitamente y también, en ingeniería, el azogue que en las minas argentíferas de América se añade al mineral para facilitar el término de su trabajo en el buitrón.

José, el almacenero de mi infancia constituye para mí, siempre golosa y afecta a disfrutar de las cosas ricas, el paradigma de la yapa. Imaginen los lectores a una niña de cuatro o cinco años, que no alcanzaba la altura del mostrador, acompañando a su mamá en la compra. Y a José, llegado en los años cincuenta a Buenos Aires desde Pontevedra, calvo, menudo, ojitos zarcos, envolviendo fideos, harina, azúcar en papel de estraza y cerrando los paquetes con unos simpáticos nuditos que se obtenían al dar vuelta el envoltorio sobre sí mismo, en una cabriola llena de pericia y dignidad.

Mamá pagaba lo recibido y ahí venía lo mejor. José anunciaba ostentosamente: “Señora Aurora: no se vayan sin la yapa". Era el momento preciso en que mis glándulas salivales comenzaban a funcionar con la promesa de unas aceitunas verdes, un puñado de maníes o papas fritas o, tal vez, si la compra había sido muy importante, una pequeña tableta de chocolate Milkibar. De ese modo, José se aseguraba el regreso de la clienta y mi eterna simpatía por todo lo que proviniese de la península y más precisamente de las provincias gallegas.

Claro que nuestro gentil almacenero no era la excepción en aquel Buenos Aires del siglo pasado, ya que muchos comerciantes empleaban el recurso descripto. La costumbre venía de la época de las pulperías de campo y era, a no dudarlo, una excelente estrategia de mercado que, seguramente, ya estaba incluida en el cálculo de costos de cada comerciante. Pero creaba en el cliente la ilusión del “regalito”, de la “atención”, del recibir algo porque sí, por el hecho de ser cliente fiel de un comercio.

La yapa ya no existe como tal en Buenos Aires. Tampoco los almacenes comandados por gallegos como José. Los supermercados chinos han reemplazado aquellos comercios con estanterías de madera y botellas prolijamente alineadas, con alacenas vidriadas y balanza de platillos. ¡Con libreta de hule negro para los que debían recurrir al “¿me lo anota?” !

Pero la palabra sigue empleándose por aquí. A veces, en el mismo sentido original y otras, para contar alguna desgracia extra. Por ejemplo, cuando alguien dice: “estamos a fin de mes y, de yapa, me cayeron todos mis cuñados a comer” o: “teníamos poco con el perro y, de yapa, la vecina nos dejó al gato para que se lo cuidemos por el fin de semana”. Esas “yapas” no son tan lindas como las de mi infancia, con toda seguridad. Aunque también hay una yapa de carácter gerontológico porque están, no quiero olvidarme, los que “viven de yapa”, cuando todas las previsiones anuncian la inminente llegada de la Parca, que felizmente, nunca llega.

Sin embargo, entre los cambios que propondría para estos tiempos, está el regreso de la yapa. Pero no concreta y material, necesariamente. La que quisiera es la de hacer las cosas todo lo bien que se pueda y “algo más”, porque sí, porque nos complace dar de nosotros lo mejor, lo máximo posible, para alegría del otro. Y, sobre todo, para satisfacción de nosotros mismos.

Cati Cobas

http://www.flickr.com/photos/carlospauluk/

(Fotografía pendiente de autorización)

Escritora del mes de julio en mi foro Iceberg Nocturno

Gracias a todos los compañeros...
Cati Cobas

sábado, agosto 01, 2009

226-El miedo (Es el tema del mes de mi foro ICEBERG NOCTURNO)

¿Tendrá miedo? Abre sus ojos casi ciegos como si volviera a darle nombre a cada cosa, a cada pequeño detalle del mundo exterior. más allá de las cuatro paredes de su casa.

Hace tanto que se ha hecho dueña del silencio. Más de diez años ha pasado casi muda, entre sus muebles, sus plantas y esa ventana a la que se asomaba, apoyada en su bastón de tres patas.

¿Tendrá miedo? Aurora, sentada en el coche que la lleva a otro lugar que no es el suyo, decide no llorar. “No quiero dar gusto a los vecinos”. “Me has cuidado mientras has podido, hija, nada nos debemos”. (Eso quise entender anoche mientras nos despedíamos). Mamá no llora. Hubiera querido que lo hiciera. Me sentiría mejor, lo juro. Pero Aurora –sigue siendo Aurora- contempla el mundo mientras el coche avanza hacia su nueva casa.

¿Tendrá miedo? ¿Podrá sobrevivir a este tajo infernal? ¿A esta estocada que mi cansancio y la vida le dan con noventa años a cuestas? Está de espaldas a mí, y sonríe al conductor. Espía las calles, los edificios, con curiosidad. Comprende que vivirá en un barrio que no es el nuestro. ¿Tendrá miedo?

El coche llega a destino. Bajamos sus cosas -¡qué poco necesitamos al final de la vida!- y Aurora entra a la que será su nueva casa. ¿Tendrá miedo?

Otra vez los ojos, redondos y asombrados. La recibe la médica encargada del lugar. Aurora se da a entender, procura ser amable y atenta. Hasta simpática. ¿Tendrá miedo?

La acompañan a conocer su habitación, los sitios y la gente que reemplazarán en lo cotidiano la vida familiar y un tanto desquiciada a la que estaba acostumbrada con dos adolescentes en rebeldía dando vueltas por nuestra casa. ¿Tendrá miedo?

Aurora almuerza con apetito, y yo salgo un momento por un café porque los responsables del lugar así lo sugieren. ¿Tendrá miedo? Mi corazón y mi estómago son uno de puro dolor y encogimiento. No debimos tomar esta decisión. ¿Y si muere de pena ahora mismo? ¿Qué hará por las noches cuando no nos vea? ¿Tendrá miedo? ¿La atenderán bien? ¿Serán crueles con ella? ¿Podrá darse a entender entre extraños? ¿Tendrá miedo?

Colocamos en su mesa de luz la imágen de la Virgen de Lluc, que la acompaña desde hace un tiempo, junto a un portarretrato con una foto de la última Navidad y un pequeño florero con flores celestes, que pensé podía gustarle. La abrazo en su nueva cama, en la que se dispone a descansar a la hora de la siesta. Ya no tengo nada que hacer ahí. Volveré al día siguiente.

La casa está en silencio. Su cuarto: vacío.
También mi corazón.
Lloro por las dos y por la vida.

Regreso día a día porque no puedo quitarme la pregunta de la entraña. Es como separarse de un bebé recién nacido. Aurora me parece extremadamente frágil. Debe tener miedo aunque me sonría cada vez que llego, y me asegure que no hace falta que regrese todos los días para verla porque está bien y la atienden mejor.

¡Tiene que tener miedo…! ¡Me lo oculta, sin duda! Su amor de madre es más fuerte que los deseos de llorar y de quejarse por su nueva situación! ¡Por eso disimula sus temores y sus incomodidades!

Día tras día vuelvo, obsesivamente y a distintas horas. Tengo que ver el miedo en sus ojos en algún momento.

Llegue cuando llegue, Aurora está tranquila, sonriente, contempla el jardín, a sus compañeras y compañeros, guiña un ojo a la mucama que le alcanza un vaso de agua. ¿Estará mejor que con nosotros?

Este jueves voy a verla, y la encuentro tratando de colocar en un tablero de lotería los números de las bolillas que la terapista ocupacional canta en el bingo. En unas horas, un peluquero le arreglará el cabello. ¿Tendrá miedo?

¡Ay Aurora! Con noventa años a cuestas todavía podés sorprenderme y enseñarme. Darme lecciones de flexibilidad y de coraje. Como buena maestra me estás regalando tu sabiduría, que espero aprovechar. Pero eso sí: en cuanto pueda digerirla.

Porque, mami, la que tiene miedo ahora soy yo, definitivamente, yo, tu hija...

Cati Cobas

domingo, julio 12, 2009

Palabras Diversas Nº18 y Las Caticrónicas

Palabras Diversas es una revista bimestral de Literatura y creación literaria, en español, creada y dirigida por el escritor español Luis Enrique Prieto, creador también de REMES, quien junto a un valioso equipo de colaboradores, "pretende, a través de ella, ser un referente serio en el mundo de la Literatura y la Creación Literaria, y una ventana nueva abierta a la participación de todos los que deseen expresar sus inquietudes literarias, o, simplemente, recrearse con su lectura".
En esta oportunidad se han publicado en dicha revista, en la Sección "Puntos de Vista" dos de mis trabajos
"Los colores de Quinquela, el hombre fiel"
y "Los catalanes y el tango ...¿O el tango y los catalanes?
Demás está decir que me siento muy agradecida por la publicación.
Cati Cobas

Las Caticrónicas en Altango en Flores Nº4

La revista cultural Al Tango en Flores, , que une Cataluña y la Ciudad de Sabadell http://catalunyatango.com/ con esta Buenos Aires donde habito, ha tenido la deferencia de publicar, en su Número 4, y a través del Señor Ernesto Mario Llach, investigador de la influencia catalana en el Río de la Plata, dos Caticrónicas de mi autoría. Son ellas "En el Parque Chacabuco" y "La Plaza Crucificada". Pueden leerse haciendo clic en la imagen. Muchas gracias desde ya por el honor.
Cati Cobas

225-Teoría y práctica del ñoqui rioplatense

Publicada también, junto a deliciosas recetas, por Pasqualino Marchese (quien ha cedido gentilmente las fotografías que ilustran esta crónica) en http://pasqualinonet.com.ar/gnocchi_&_polenta.htm#Cati, .

No me cabe duda de que cuando se revise la historia de las costumbres argentinas de fines del siglo pasado y comienzos del presente, el tema del que hoy trataré ocupará un sitio de honor. Porque el tema del ñoqui, de los ñoquis, en sus diversas acepciones, es parte de muchos de los hogares argentinos y me atrevo a afirmar que también uruguayos, lo que le trasmite al fundamento de esta crónica un si es no es decididamente rioplatense.

Para los que me leen en otras latitudes comenzaré explicando que los ñoquis, como tantas otras características nuestras, vinieron “en los barcos”. Su nombre deriva, más precisamente, “del italiano gnocchi, plural de gnocco, ‘bollo’ y también ‘grumo’ o ‘pelotilla’; están dentro de la categoría de las pastas y se elaboran con papa y sémola de trigo, harinas (pueden ser de maíz, castaña, etcétera) o queso de ricota (con o sin espinacas). Una variedad muy conocida en las regiones de Friuli y Trentino-Alto Adigio y denominada gnocchi di pane se hace con pan rallado”.
“Aunque típicos de la cocina latina, existen platos con similar preparación en la austriaca (Salzburger Nockerln), alemana, húngara, eslovena, rusa, venezolana y paraguaya”.
“Esta comida de origen humilde debe su creación a un conflicto ya que, alrededor de 1880, los signori (señores feudales) italianos solían ser los dueños de los molinos en donde los contadini (campesinos) molían el trigo para hacer harina de frumento (trigo) con la cual preparaban sus pastas. Pero en cierto momento los signori decidieron aumentar las tasas de los precios que los contadini pagaban para poder moler el trigo. Y ante el repentino encarecimiento de la harina de trigo, los campesinos italianos experimentaron exitosamente con un substituto de la harina: el puré de papas” que, muchas veces, en esta tierra tan amante de las vacas, se reemplaza por la sabrosísima ricotta.
Hasta aquí, los motivos de la creación de los benditos ñoquis, y observemos que nunca mejor aplicada la palabra “benditos” porque para nosotros, esos bollitos blandos y suaves, envueltos en deliciosa salsa de tomate o condimentados con un buen pesto de albahaca y nueces adquieren características religiosas o, por lo menos milagrosas o mágicas. Todos los días veintinueve de cada mes en muchísimas mesas del Río de la Plata se comparte en la mesa familiar una humeante fuente de ñoquis, que se sirve en platos bajo los cuales se coloca un billete, con el fin de que se cumpla el viejo refrán de que “la plata llama a la plata”. Pero… ¡cuidado! porque si la idea multiplicadora se trasladara a otra acepción del vocablo “ñoqui”, nos veríamos rodeados de inútiles, zánganos o parásitos. Me refiero al hecho de que por estos pagos, a ciertos “empleados públicos” que obtuvieron un cargo merced a prebendas políticas y concurren a su lugar de trabajo para cobrar solamente una vez al mes, los días veintinueve, también se los conoce como “ñoquis”, en referencia a la costumbre alimenticia que nos caracteriza.

El hábito de comer ñoquis los días veintinueve de cada mes reconoce dos vertientes. Por un lado, el hecho de que se trata de uno de esos días aciagos, donde ya no queda mucho “parné”, “vento” “biyuya”, dinero, en suma, para comprar carne u otros productos de alto precio y por otro, a que el día veintinueve es aquél en el que se honra a San Pantaleón, “leyenda que se remonta al siglo VIII. Vivía entonces en Nicosia (Asia Mayor) un joven médico llamado Pantaleón, quien, tras convertirse al cristianismo, peregrinó por el norte de Italia. Allí practicó milagrosas curaciones por las que fue canonizado. En cierta ocasión en que pidió pan a unos campesinos vénetos, éstos lo invitaron a compartir su pobre mesa. Agradecido, les anunció un año de pesca y cosechas excelentes. La profecía se cumplió y otros muchos milagros sucedieron. San Pantaleón fue consagrado -a la par de San Marcos- patrono de Venecia. Aquel episodio ocurrió un 29, por tal razón se recuerda ese día con una comida sencilla representada por los ñoquis”.

La cuestión es que fuere como fuere, somos, a todas luces, junto a Uruguay, un pueblo “ñoquicero”.

Pero el tema del ñoqui no acaba todavía.

Porque, miren los lectores si no es digno de un estudio que, además, por aquí pueda entenderse por “ñoqui”, un buen golpe de puño. Y algo más, una yapa, que no deja de ponerme colorada: cuando de manera pícara, y en franca complicidad con el interlocutor, alguien quisiera referirse a un “apéndice” masculino de reducidas dimensiones, podría decir que posee un “ñoqui” o, lo que es peor, un “ñoquicito”…
¡Ay, Señor! ¿Sabrían los abuelos italianos la rica herencia lingüística que nos dejaban junto con la masa blandita y delicada de cada uno de sus auténticos ñoquis peninsulares?

Cati Cobas
Y si quieren conocer recetas especiales para preparar un buen plato de ñoquis, los invito a recurrir a Pasqualino Marchese que en su página
http://www.pasqualinonet.com.ar/gnocchi_&_polenta.htm
ofrece una riquísima variedad de preparaciones.


Nota: Los entrecomillados pertenecen a Wikipedia y la foto del graffitti, pendiente de autorización, es de http://www.flickr.com/photos/robertogreco/2108115817/ (se retirará en caso de denegación de autorización)

sábado, julio 11, 2009

"De "possesions" y de abuelos" en Balear Exterior




Una vez más debo agradecer a la página de la Fundación Baleares en el Exterior por hacerse eco de mi crónica mencionada en el título. Muchas gracias de verdad. http://www.balearexterior.com/news.php?viewStory=446

Cati Cobas

viernes, junio 05, 2009

Balears Pel Món en Buenos Aires

El lunes 8 de junio a las 23, hora de Mallorca, 18, hora de Argentina, se trasmitirá el programa en el que tuve la alegría de participar y cuyo backstage acabo de escribir, en la crónica al pie de este envío. Tengo la esperanza de que picando donde dice "en directo" podamos ver el programa en Argentina a través de Internet.

Buenos Aires y yo los esperamos...


Cati Cobas

223-"Detrás de la escena"- Backstage de mi participación en Balears Pel Món en Buenos Aires

¡Buenos Aires contada por una nieta de baleares en un programa de televisión que se vería en las islas! ¡Qué tentación!
Confieso sin pudor que completé el formulario de participación en Balears Pel Món con más entusiasmo todavía que el del “motoquero” porteño accidentado, maltrecho y sangrante que, más cerca de la Parca que de la Vida, respondía, casi alegre por su minuto de fama, a las preguntas frente a cámara de una cronista de Crónica TV sintiéndose “como un Fórmula Uno”. ¡Y me convocaron!

Laura Durán, la Directora, me informó telefónicamente que sería entrevistada en distintos lugares de mi ciudad por un juvenil equipo encabezado por el periodista ibicenco Josep Ángel Costa, que responde al seudónimo de Soldat (Soldado) y tendría la oportunidad de narrar en mallorquín matizado de castellano mis vivencias “baleares” dos generaciones después de que mis cuatro abuelos decidieran “hacer la América” por este lado del “charco”.

Miércoles 11 de marzo de 2009

6 AM: Me preparo y arreglo sintiéndome Mirtha Legrand antes de su mejor almuerzo. ¡Qué nervios más nerviosos! ¿Cómo saldrá todo? ¿Haré un papelón frente a las cámaras? ¿Será adecuada la ropa que elegí? ¿Me trabaré al hablar en mallorquín? ¿Llegará a tiempo mi tía María Elena para hacerse cargo por unas horas de su cuñada, la nonagenaria autora de mis días?

7 AM: Todo sale bien, creo, y parto, rauda, hacia la primera locación, en Plaza de Mayo.

8 AM: En efecto. La lengua se me traba mientras trato de contar la Plaza. ¿Qué le pasa a esa gente? ¿Nunca vio una señora cebando mate a un joven ante la mirada de la lente mágica? Evidentemente, no es usual hacerlo ante una cámara de TV y menos con un sonidista registrando la escena. Los curiosos se amontonan, me parece que en cualquier momento aparecen Rial y la Canosa (para los foráneos, dos periodistas de la “prensa del corazón” en la Argentina).

Mejor, imposible. Digo: el día de sol. Mejor: imposible. Parece a propósito ese cielo azul que me hace sentir tan orgullosa al ver nuestra bandera flamear en él. ¡Qué sensación tan extraña la de contar en el idioma de mis abuelos mi propia tierra!
¿Pero… por qué ese jovencito nos mira con un rictus burlón? Es que la expresión en la cara de Soldat después de beber el brebaje amargo y pampeano es indescriptible. ¡Pobre! ¡Lo que hay que hacer para ganarse la vida!
Me piden que cuente sobre los pañuelos pintados en el suelo alrededor de la Pirámide de Mayo, sobre quién fue Perón para nosotros y un pudor (sí, es ésa, no hay otra palabra), un pudor "histórico" me invade. A pesar de él, procuro desandar el tiempo a partir de mi amor por ambas orillas y contar nuestras cosas de modo fiel a mi sentir.

11 AM: Estoy sola en el Cementerio de la Recoleta. El equipo ha quedado en el centro filmando imágenes de exteriores. Me siento orgullosa de este lugar de Buenos Aires y de sus esculturas y rincones. Me regodeo pensando en hacer lucir a la Reina del Plata a través de este lugar tan especial. Camino entre las bóvedas buscando la figura de Rufinita Cambaceres porque pienso que no se puede dejar de hablar de ella y de sus mágicas apariciones, como tampoco de Eva Duarte, que por aquí descansa…Todo en vano.
Llegan “los chicos” (para mí ya eran “los chicos”) y me anotician de que el director del cementerio ¡no permite filmaciones si no se ha hecho la solicitud por escrito con muchísma antelación! Propongo resolverlo “a la criolla”, o sea, entrando como turistas al lugar, mientras filmamos “de contrabando”, pero Morena, la productora del grupo, una argentina encantadora, me contiene y dice que iremos al parque Lezama a contar el origen de Buenos Aires…

1 PM: Mientras filmamos en medio de las estatuas donde Sábato situó a algunos de sus personajes de novela, vivimos una película dentro de otra. Esta Buenos Aires es la que decididamente me avergüenza…

Sentados en un banco, Soldat y yo conversamos sobre la historia de nuestra ciudad, sobre la curiosidad de que fuera fundada dos veces y sobre mi ya famosa sobrasada a la argentina, mientras un joven absolutamente desencajado amenaza con el vidrio roto de una botella de cerveza, pidiendo dinero, a Daniel, el sonidista madrileño; Enrique, el camarógrafo de Canarias y mi entrevistador no ven nada de lo que sucede a sus espaldas y continúan como si nada mientras a mí, la voz se me estrangula en la garganta procurando excavar en la hondura de mi mente en busca de la palabra justa para que la filmación no se interrumpa…¡Menudo momento! Finalmente, un asistente del equipo logra “convencer” al ladrón de que se retire y Morena busca un policía, mientras quien esto les narra clama por el retorno al cementerio a filmar entre los muertos que, seguramente, hubieran sido más tranquilos que los “vivos” de Parque Lezama.

3 PM: Almuerzo en el Bar Británico. No sé si “los chicos” a esta altura hubieran preferido quedarse solos, pero yo ya no quiero estar sin ellos. Y como me invitan, muy gentiles, a compartir su almuerzo, me siento, presurosa, no vaya a ser que se arrepientan...
Jóvenes, entusiastas, estos peregrinos de la tele conforman un equipo por demás agradable y fue una delicia conocerlos.
Desde Soldat, con su aire un tanto bohemio y desparpajado pero cálido e inteligente a la vez, hasta el pícaro Daniel y sus ojitos que ríen solos, pasando por Enrique, el simpático “canario”, y Morena, la muchacha rosarina de mirada nostálgica y delicada dulzura, a la que me encantaría volver a ver algún día, sin dejar de mencionar a Diego, chofer y ayudante bien porteño, todos y cada uno hacen lo imposible por hacerme sentir una más de ellos. Y eso, tan simple, convierte esas horas en una fiesta, una verdadera tregua en mi vida,

9 PM: Nos decimos adiós en San Juan y Boedo. En la Esquina Homero Manzi, más precisamente. Buenos Aires se despide de Balears Pel Món con un tango… ¡Mejor imposible!
Digo adiós, con ternura, a estos jóvenes viajeros que se ocupan de unir el mundo para contar en las islas cómo viven sus hijos dispersos por él. Ojalá el material que preparamos sea digno del cariño que siento por mi tierra y por mis raíces. Digno de esta Argentina tan bella y tan llena de contradicciones y de aquella Mallorca a la que mis abuelos y mis padres me enseñaron a vivir en paralelo.

¡Hasta siempre, Soldat! ¡Hasta siempre, “chicos”! ¡Muchas gracias! ¡Buena suerte, allá donde vayan!

Sepan que en Buenos Aires tienen una amiga que guardará en un rinconcito de su alma esas horas vividas junto a ustedes porque las considera, definitivamente, y parafraseando a la película homónima: “Algo para recordar”.

Cati Cobas

domingo, mayo 31, 2009

"Los catalanes y baleares, el tango y..." en Balear Exterior


Nuevamente la página web de la Fundación Balear Exterior se ha hecho eco de una de mis crónicas. Como siempre, gracias.

Cati Cobas

miércoles, mayo 20, 2009

222-Blanca y radiante...(Trajes de novia, Comunión y Bautismo en el Museo Municipal de Allen)

No sé si se acuerdan los lectores, pero desde que escribí aquella crónica sobre Tomás Orell, el payés del Alto Valle, me hice amiga cibernética del Director del Museo de Allen, que responde al nombre de Lorenzo Brevi. ¡Qué magia la de Internet que permite que estemos al mismo tiempo en Palma de Mallorca y en el Alto Valle! Y todo sin movernos de nuestra casa! ¿Cierto?

Lorenzo Brevi y sus colaboradores trabajan mucho para que la memoria de su gente se mantenga cada día más viva, más alerta y bien que hace, porque sólo la memoria nos evita tropezar dos veces con la misma piedra.
Así es como el recuerdo de los rionegrinos tiene que pasar, a partir de las exposiciones temporales del museo, por evocaciones de su gente, de aquellos pioneros que hicieron nuestro sur. Otras, por trabajos, oficios, herramientas, características ciudadanas y todo lo que atañe a la vida de Allen y sus alrededores.

Pero esta vez, Don Brevi y sus acólitos se nos han puesto románticos. Y son tan lindas las imágenes que me ha hecho llegar, que mi alma “susanítica” (con el perdón de Quino) no ha podido resistirse al llamado de esta crónica.

Es tan fácil imaginar a las muchachas, que luchaban por nuestro sur acompañando a sus padres pioneros, enfundadas en el raso y en la seda cuyos pliegues engalanan el salón…O pensar en la fila de comulgantes, orgullosas de los miriñaques que armaban sus vestidos de organza y plumetí, dirigiéndose a la iglesia ubicada en la plaza principal. También ¿por qué no? ver a los bebés, a punto de “cristianarse", como se decía entonces, al pie de la Pila Bautismal. Esos trajes, esos ramos y tiaras, esos limosneros y capotitas, acompañados de las fotografías correspondientes, dicen todo de una época tradicional y romántica, a veces un poquito ingenua y para algunos un si es no es poco sincera, pero sin duda valiosa y representativa de un tiempo y sus costumbres.

¡Qué hermoso para los familiares de las novias de antaño el encontrar en el museo los maniquíes que representan a sus madres o abuelas en un momento único de sus vidas, trayéndoles una imagen que solamente habían podido imaginar en blanco y negro! Es su propia historia la que esta exposición les brinda. ¿A qué dudarlo?

Por eso, si alguno de ustedes anda por la zona, no deje de visitar a Don Brevi y sus vestidos blancos. Será un modo muy bello de recordar azahares en el valle donde crecen las mejores manzanas de la República Argentina. Y en esos azahares, a todas las familias que hicieron de la Patagonia un sitio digno de enorgullecernos.

Cati Cobas

domingo, mayo 17, 2009

"El reloj de Poncio Rigo" en la página web de Balear Exterior


La crónica sobre el carpintero mallorquín hacedor de relojes ya tiene un lugar en la página de la “Fundació Balears a L'Exterior”. Se puede leer en

Muchas gracias, como siempre...
Cati Cobas

sábado, mayo 16, 2009

221-¡Sexagenarias no!

¡Sexagenarias no!



En Silvia, a todas las “Chicas de la facu”

“Berazategui: sexagenaria acribillada con motivo de robo en un supermercado”. El titular me cacheteó de una manera muy desagradable una mañana de este año 2009. ¿Cómo se atrevía ese desgraciado periodista a hablar así de una joven de sesenta años, que son los que hoy celebramos en Silvia y los que vamos cumpliendo todas las chicas de la “facu”?

La realidad es que sí. Nos estamos convirtiendo en sexagenarias.

¿Dónde quedaron los minishort, las maxifaldas y esas plataformas que nos hacían sentir inmensamente más altas de lo que éramos? Deben estar archivadas con Buñuel, Polanski, Alain Delon y Peter Sellers, con Palito y con La Viole o con Neil Sedaka y Paul Anka en alguna tercera dimensión por algún lado. ¡Qué lejos nos parecen John Lennon y Vietnam, el hombre en la Luna y Modart en la Noche o el Negro Guerrero y su voz pastosa, en las noches de entrega… ¿Dónde andará la muchacha italiana que venía a casarse? Seguramente estará de romance con Rolando Rivas y tomando el Yogourt Yolanka que la mamá de Silvia nos tenía guardado en la heladera en aquellas tardes de estudio interminables en Vicente López.

La verdad, creo que todos estos personajes están donde deben estar: en el ayer. Hoy estamos aquí, tan jóvenes como Nacha pero con menos cirugías, tan elegantes como Mirtha pero sin tanta cursilería y tan apasionadas como Susana pero…sin Monzón, Darín o el Corcho. Nos acompañan la presbicia y algún rollito (mejor minimizarlos, porque total no se van solos), la pastilla del colesterol o la de la presión, el periodoncista y algún peluquero mágico. Porque sí…Nos teñimos el pelo, hacemos gimnasia o caminata o yoga, buscamos esa pilcha que disimule la cintura, nos debatimos varias horas en la disyuntiva de si nos ponemos los zapatos elegantes o los cómodos para poder bailar toda la noche sin que nos molesten los juanetes, en nuestro caso especialísimo y prodigioso, al lado del mismo compañero que elegimos allá por los setenta del siglo pasado.

Somos una generación que procuró combinar el aula con la cocina, el Burda con Woody Alen, Mafalda con Susanita, la universidad y el trabajo con la maternidad. Fuimos muy osadas realmente. Y de todo eso han pasado ya cuarenta años. ¡Sí! Somos sexagenarias. Muchos de los papás y mamás que tanto nos ayudaron cuando estudiábamos hasta convertirse en personas muy queridas para todas ya no están. Entre nosotras hay algunas que han sufrido dolores increíbles y quien más quien menos “las ha pasado”. Pero aquí estamos: después del corralito y la inflación, de tiempos de sobrevivientes que todavía cantan, de Mundial 78 y Sábados Circulares de Mancera, aquí estamos, en lucha contra el dengue y la gripe porcina, acunando a nuestras primeras nietas y, en algunos casos, educando adolescentes todavía…

Somos sexagenarias pero cuando nos juntamos, cuando hablamos por teléfono, cuando podemos vernos y reconocernos, cuando nos damos cuenta de que seguimos de pie, luchando y con esperanzas, cuando nos ponemos la faja y nos pintamos las uñas y salimos de casa como si ahí afuera nos esperaran otros sesenta años más por lo menos, como en la época en que nos sentábamos en el césped de Ciudad Universitaria para almorzar, mirando de reojo a los muchachos que pasaban, no somos realmente mujeres de sesenta, sino, solamente, unas hermosísimas…



Chicas de Calendario


sábado, mayo 02, 2009

220- Una librería “de película” (El Ateneo Gran Splendid en Buenos Aires)

Dedicada a Miriam Chepsy, la madrina de mis crónicas, porque esa librería es “nuestro” lugar en el mundo, a Ángela, que ama los libros tanto como su tía nueva y a Jorge, mi esposo, que me sugiriera el título…

¿Qué queremos decir cuando decimos que un hecho, un objeto, una situación son “de película”? Pues que los vemos especialmente originales, superlativamente únicos, que tienen un carácter extraordinario. ¿Cierto? En síntesis, que van más allá de la realidad y pertenecen al mundo de la fantasía, de la ficción, de la concreción de imposibles, en algunos casos.

Hoy voy a hablarles de una librería en la que se da una dualidad muy particular porque es “de película” por superlativamente única, por especialmente original, por su carácter extraordinario, pero, además, es li-te-ral-men-te “de película” porque supo albergar el Cine –Teatro Gran Splendid, un cine-teatro de enorme jerarquía en Buenos Aires.

Mercedes, mi hija, y yo no cabíamos en nosotras del orgullo que sentíamos cuando invitamos a nuestras visitantes mallorquinas a conocer la librería El Ateneo, en el corazón de la Avenida Santa Fe. Para no resultar demasiado vanidosas omitimos alardear con el hecho de que fue considerada por el periódico británico The Guardian como la segunda librería más bella del mundo, luego de la Boekhandel Selexyz Dominicanen en Maastricht, emplazada en una iglesia perteneciente a los Dominicos, allá por el sudeste de los Países Bajos. ¡La segunda librería más bella del mundo! Pienso… Esta misma, nuestra bella y queridísima ciudad, amante de los libros hasta tener un tramo de la calle Corrientes dedicada a ellos y una gigantesca Feria del Libro de prestigio y nivel absolutamente internacionales, pero en la que me apena que mis visitantes se tengan que doler con los niños de la calle sin la adecuada contención social, o se asombren ante el desorden del tránsito, tiene el privilegio de un lugar de ensueño como éste.


¿A quién debemos el mérito? Yo daría, sin dudas, un hurra primigenio a Mordechai David Glücksmann (Max Glucksmann), nacido en Austria en 1875 y emigrado a la edad de quince años a Argentina. Este hombre extraordinario comenzó su actividad comercial como empleado de la casa de fotografía Lepage, en Bolívar al 300 y finalizó sus días en Buenos Aires, en el año 1946, siendo dueño de setenta cines, amén de haber sido pionero del cine argentino en épocas del cine mudo y realizador de los noticiarios que denominó Actualidades. Sí a este señor tan especial, que fue además el propietario de la firma discográfica EMI, en la que inmortalizaran su música Carlitos Gardel, José Razzano, Roberto Firpo y Francisco Canaro entre tantos autores e intépretes de la música criolla.
Repito, amigos, y sin cansarme, que a Max Glucksmann y a su genio indubitable debe la Reina del Plata el edificio del Cine- Teatro que hoy nos ocupa.

Perteneciente al Academicismo en lo que hace a su línea estilística fue construido sobre el terreno de una vieja fábrica de carruajes, luego ocupada por el teatro Nacional Norte; se inauguró en 1919. Sobre proyecto de los Arquitectos Peró y Armengol, y con una valiosa cúpula decorada por el maestro italiano Otalani, inició sus actividades como sala teatral, con el ostentoso y extranjerizante nombre de Splendid Theatre.


El Cine - teatro vivió toda clase de éxitos. Desde los festivales de tango de comienzos del siglo XX hasta los mejores estrenos cinematográficos de los años cincuenta y sesenta.
Claro que todo pasa, y en este caso, quizás por designios celestiales de quien lo pergeñara, las viejas paredes han cobrado nueva vida al ser acondicionadas por la tradicional firma El Ateneo, como una enormísima librería, llenándose de estanterías pletóricas de libros y llenando a su vez nuestros porteños corazones de legítima inmodestia.

¡Qué mejor homenaje para un pionero de la cultura que haber convertido su teatro en una librería! ¡Qué orgulloso debe estar don Max contemplando “su” creación colmada de lectores y turistas!

¡Pasen y vean, distinguidos lectores, los palcos asomando sus dorados, el carmesí de tapizados y cortinas, el delicioso aroma de papel en miles y miles de estanterías perfectamente ordenadas y alineadas en los distintos niveles de la sala! ¡Vengan, por fin a beber un delicioso café entre las bambalinas del escenario convertido en original confitería! ¡Contemplen, extasiados, la cúpula que corona la sala con una representación alegórica de la paz, pintada como un festejo por el fin de la Primera Guerra Mundial! Y dígannos si no es lógica nuestra vanagloria como habitantes de Buenos Aires…

Una librería realmente “de película”. Dos veces de película, como ya les dije al comenzar mi crónica.

¡Vengan a Buenos Aires, señoras y señores, que siempre habrá en esta ciudad, a pesar de muchas cosas que debemos mejorar, sitios dignos de recibir una calificación como la que hemos elegido para El Ateneo Gran Splendid y su original forma de acercarnos a la belleza de las creaciones humanas!

Cati Cobas

domingo, abril 26, 2009

219-Brisas del Norte (en el Rosedal de Palermo)

Fotografías de J.A. Covas Riera
Hemos tenido por el Plata un remezón de luna llena en pleno abril. ¿Saben?
Apolonia “la Madona” y Joana Aina, “la Reina” de mis crónicas viajeras han pasado unos días con nosotros en esta Buenos Aires atípica de otoño sin otoño trayendo a nuestra vida alegres aires mallorquines, que todavía vuelan en cada rincón de nuestra casa.

Todavía no podemos desprendernos de las “eles” de mi prima y me parece que voy a encontrarla al alba, sentada en mi cocina, rezongando contra el “jet-lag” y sus efectos. Me parece, repito, que aun se encuentra por acá dispuesta a seguir viviendo juntas y con sesenta junios o septiembres la cómplice aventura de sentirnos dos colegialas en su primera rabona.
Creo que por la misma razón, Mercedes, mi Mercedes, persiste hablando de lo lindo que fue conversar y pasear con Joana Aina, de cuánto le gustó conocer los suaves modos de esta prima apenas descubierta y asomarse, en su voz y su hablar pausado, a mundos hasta ahora desconocidos para ella. También Fernando reconoce que se dejó seducir por sus modos y por esas fotos tan bonitas que le trajo como recuerdo de las auroras boreales que conociera en su viaje a Groenlandia. Todo un personaje esta muchacha tranquila y curiosa, observadora y cálida, discreta y afectuosa al mismo tiempo.

Para mí, ha sido una tregua. Un detener los esfuerzos y concentrarme exclusivamente en el goce, en el disfrute, en el sol y los paseos. En el reír y mostrar mi tierra, que son dos cosas que actúan sobre mí como un bálsamo milagroso.

Es que han sido cinco días de intensas aventuras. De redescubrir lugares con ojos de turista. No voy a repetirme. Ya he contado el Tigre y La Boca, San Telmo y Recoleta, el tango y la milonga hasta el hartazgo. Sin embargo, Buenos Aires es tan bella…Y tan generosa como para poner siempre a los pies del visitante algo nuevo, algo distinto.

Esta vez para mí lo diferente ha llegado con perfume, con el dulce, dulcísimo aroma de las rosas que, para armonizar en esencias con el título de esta crónica, pueblan el norte de mi ciudad, el viejo y querido Rosedal de Palermo.

Y si de rosas hablamos no podemos ignorar que a Rosas, al general Don Juan Manuel de Rosas, controvertido hombre de nuestra historia, pertenecieron las tierras del Parque Tres de Febrero, que así se llama esa zona de la ciudad que tanto nos enorgullece.

Pero a Sarmiento y su visión debemos esta maravilla de Buenos Aires, ciertamente. De ella se dice:
“La creación del Parque e instituto zoológico y botánico de Palermo, que ambas cosas comprendía el plan de Sarmiento, iba a dotar asimismo a la ciudad con los primeros jardines paisajistas igualmente ideados aquí por él. No dejó de aprovechar la cosa para lección de civismo, abriendo aquél paseo en la antigua posesión de Rosas, para Sarmiento, el representante del atraso colonial, y denominándolo con la data de Caseros. Quería que el famoso Palermo de San Benito, residencia del tirano, y por ello temible u odiosa para tantos argentinos, redimiera su mala fama, ofreciendo a todos el recreo gratuito de las bellas arboledas...
Cuando se aprecia ahora el cariño popular hacia este paseo, que según la previsión de Sarmiento es "el favorito de Buenos Aires", cuesta concebir el disfavor unánime con que la ciudad acogió su idea, las injurias y sarcasmos que por ello le suscitó. La distancia y los malos caminos eran los dos grandes argumentos. Nadie sino él concebía entonces la grandeza futura de Buenos Aires; nadie apreciaba su profundo argumento de que el Paseo transformaría los malos caminos en vías magníficas: las actuales calles Las Heras y Santa Fe. Dirigió personalmente los trabajos. Allá, por entre los matorrales y los pantanos, iba a caballo con su sombrero de paja, a trabajar por la belleza y la salud, mientras la ciudad, con significativa rebelión de niño, lloraba su cara sucia.”

Nuestra primera foto tiene lugar entonces, a los pies de una estatua de Sarmiento, mientras cuento a las primas estas historias y sucesos, mientras nos regocijamos con el sol y la brisa suave y aromática, con los lagos y las plumas blancas de los patos que relucen bajo el sol de una mañana de enero en pleno abril. ¡Qué regalo de la vida!

El lago, el puente y las flores giran en torno a nosotros y nos permiten admirar todavía más a esta Buenos Aires de contrastes, en la que siguen conviviendo la Biblia y el calefón, como Discepolín dijera. Admirar los cientos y cientos de rosales que parecen guardar secretos increíbles de duendes y de hadas. Porque ese lugar pleno de color y luz es, sin duda, el sitio ideal para que moren. Y si no, preguntemos al espíritu de quienes lo custodian.

¿Se ha vuelto loca esta mujer? Dirán ustedes. ¡Qué va! ¿De qué otro modo que guardianes de la belleza de las flores y amorosos amigos de duendes y de hadas podría considerarse a William Shakespeare, a Rosalía de Castro y Alfonsina Storni, a Dante Alighieri o Federico García Lorca, Antonio Machado y Jorge Luis Borges, eternos custodios en bronce del Jardín de los Poetas?

Cada rincón ofrece goces diferentes. Si hasta se puede admirar de cerca nuestra flor nacional, la flor de ceibo, que refulge en rojos ahí nomás, apuñalando el cielo más azul que pueda imaginarse…

Sabiendo que todavía nos aguardan muchas magias a partir de aquel angelical encuentro del que pronto se cumplirán los primeros dos años, y pensando a todos y cada uno de los integrantes de la familia que están con nosotras en espíritu, dejamos atrás el Rosedal y continuamos recorriendo mi ciudad con regocijo.

También así, con regocijo, escribo yo esta crónica, cuyo único fin es dejar testimonio para siempre de encuentros y alegrías renovadas. Cuyo objetivo es escribir la magia de esas brisas que ahora, desde el norte, en Buenos Aires, y tal vez, en un tiempo, desde el sur y hacia Mallorca, transportarán perfumes de ternuras y afectos familiares para seguir diciendo “gracias” a la Vida.

Cati Cobas

sábado, marzo 28, 2009

¡"Sa greixonera cordada" en Balear Exterior!

Ilustrada con una bellísima fotografía en blanco y negro acaba de aparecer el texto sobre las "greixoneras" en la página de la Fundación Balear Exterior .
Gracias a sus responsables por la alegría de permitirme compartir estos recuerdos baleares con gente de diversas partes del mundo.
Cati Cobas

viernes, marzo 27, 2009

218- "Sa greixonera cordada" (La cazuela de barro zunchada)

Dedicada a mis dos lectoras fidelísimas, mis primas Cati, en Suiza y Apolonia, en Campos, Mallorca o Apolonia y Cati, para que no se me pongan celosas...
Cacerola, cazo, cazuela, marmita, perol, piñata, olla, puchero, pote, vasija, recipiente. Todas palabras que refieren al símbolo de la cocina por excelencia. Sin embargo, aún en presencia de este sinnúmero de vocablos, hubo en casa desde siempre, y a pesar de las distancias entre las Islas Baleares y Buenos Aires, uno absolutamente mallorquín y emblemático: la palabra “greixonera” que era la empleada por todos nosotros como si en vez de vivir en la ciudad del tango, lo hiciésemos en la isla del copeo y el “ball de bot”.

Solo en una “greixonera” se podían elaborar los sabores isleños con productos argentinos. De ella surgían, de manos de mi abuela salinera (oriunda de Ses Salines) y salerosa, potajes de legumbres, arroces sustanciosos, o aquel “tumbet” inolvidable. Hasta el típico estofado al estilo italiano, tan común en esta tierra los domingos, se cocía, lentamente, en la olla de barro de boca generosa, que traía a mi abuelo recuerdos de su Marratxí natal, la tierra del barro por excelencia, cuna de artesanos y hogar indiscutible del “siurell”.

Precisamente, era él, mi abuelo, el encargado de “cordarlas”. En castellano diríamos “zuncharlas”, ceñirlas con alambre para que resistieran, valerosas, sin quebrarse, los embates de los cambios de temperatura. El abuelo “cordaba” nuestras “greixoneras” y las de todos los paisanos y amigos mallorquines que eran, además, vecinos, ya que la mayoría de la colectividad vivía en un perímetro distante no más de treinta cuadras de la Casa Balear, en el barrio de Boedo.

“Mestre Marçal”, decía “Madò” Margalida, en un mallorquín combinado con el castellano que denotaba cómo los inmigrantes perdían poco a poco parte de su lengua original pero no terminaban de encontrar la correspondiente a su lugar de destino: “¿Me “cordaría” esta “greixonera”?” Y ahí, a puro alambre y tenaza, él ataba la cacerola en su punto justo: ni tan ceñida que sus paredes se cortaran con el calor del fuego, ni tan holgada que se quebrara al enfriarse.

Así “Madò” Margalida (o Aina o Joana) partían rumbo a su casa, orgullosas, con su cazuela ceñida y lista para el arroz “sec” o para “pastar” una buena ensaimada o coca que, a pesar de no necesitar del fuego, encontraban en ella el nido ideal para el levado.

Hace poco tuve el placer de recorrer la Granja de Esporles, y ver en ella “greixoneras cordadas” del mismo modo que mi abuelo lo hacía. Me maravillé de haber disfrutado, de pequeña, en plena Reina del Plata, tan lejos de las islas, de usos y costumbres ancestrales y entrañables como el cocinar, en una auténtica olla de barro, a la usanza mallorquina.

Cati Cobas

lunes, marzo 23, 2009

217- Los osos amistosos de Plaza San Martín

Según la enciclopedia, los osos son mamíferos enormes, generalmente omnívoros que, a pesar de su temible dentadura, comen frutos, raíces e insectos, además de carne. Con sus pesados cuerpos y sus poderosas mandíbulas se mueven con un andar pesado, apoyando toda la planta de los pies. Poseen orejas cortas y cola rudimentaria. Son varias las ciudades que tienen como símbolo la imagen de un oso, entre otras, Madrid y Berlín. Claro que también los ha elegido como emblema un pueblo entrañable para mí como Campos, en Mallorca, allí donde mi papá viviera su adolescencia balear. Tal vez por eso, apenas supe de la presencia de estos animales en mi ciudad, corrí a su encuentro.

Es que en las últimas semanas, los porteños hemos tenido la gracia de descubrir que estos animales pueden convertirse en embajadores de la mejor clase, en emisarios de paz y de amistad entre los pueblos e, inclusive, en hermosos exponentes del arte universal.

¡Sí, amigos! Nuestra bella Plaza San Martín se halla invadida por úrsidos multicolores y los vecinos de la Reina del Plata estamos encantados con estos visitantes.

Hablamos de una de las plazas más antiguas de la ciudad que, además de una frondosa y exuberante vegetación, alberga, a los pies de la barranca, el Monumento a los Caídos en Malvinas. De una plaza que se formó a expensas de la mansión denominada “El Retiro” devenida en infecto albergue de la Compañía inglesa del Mar del Sur para alojar a sus esclavos mientras se reponían del viaje. Los que hayan leído el hermoso cuento “La pulsera de Cascabeles” de Mujica Láinez, podrán situar la historia en este lugar, actualmente uno de los más elegantes de la Ciudad.Y no es ésta la primera vez que los animales invadieron la zona…¡Qué va! Si en ella se instaló allá por el 1800 nuestra Plaza de Toros, que también la tuvimos, de forma octogonal y estilo morisco con ladrillos a la vista, fue escenario de una valiente defensa por parte de las tropas españolas cuando los ingleses las asediaron durante horas en 1807. Derribada que fue la plaza de toros, El Retiro sirvió para alojar a San Martín y sus Granaderos a Caballo y, naturalmente, fue el sitio elegido en 1862 para honrar al General con la estatua ecuestre que hoy se puede apreciar. Rediseñada por Carlos Thays, el mágnifico paisajista responsable de la mayoría de las plazas porteñas, y rodeada de edificios emblemáticos como el Kavanagh y el Plaza Hotel, la Plaza San Martín es un lugar delicioso para visitar y, más todavía, estando tan poblado por osos simpatiquísimos.

Así es, el monumento del General San Martín, está rodeado por ciento cuarenta osos de dos metros de alto. Cada uno representa a los países miembros de la ONU (Naciones Unidas) y forma parte de una muestra de arte itinerante que busca difundir el diálogo y el intercambio de culturas y tradiciones. Pintados de manera alusiva al país representado, se ubican uno junto a otro, y, erguidos en sus patas traseras, parecen tomarse de la mano -perdón, de la pata delantera-, en una ronda de unión y de amistad entre los pueblos.

La muestra, “Cultura por la Paz, United Buddy Bears“, que quedó oficialmente inaugurada con un show de tango, nació en 2002 en Berlín, y hasta el momento ha sido visitada por veinte millones de personas, ya que sus creadores, Eva y Klaus Herlitz, pasearon a los cuadrúpedos por varias ciudades de Alemania, así como por Hong Kong, Estambul, Kitzkübel, Tokio, Seúl, Sidney, Viena, El Cairo, Jerusalem, Varsovia y Pyongyang. Entre el merchandising y la subasta de los osos ya llevan recaudados la friolera de US$ 2.250.000, que se destinarán a obras benéficas impulsadas por UNICEF.

¿Cómo no simpatizar con estos ursos de fibra de vidrio engalanados de colores? ¿Cómo no desear que esas patas unidas fueran una realidad en un mundo dividido?

Comenzando con el oso argentino, fileteado de firuletes y con Gardel en la panza, pasando por el norteamericano, que remeda la Estatua de la Libertad neoyorquina, cada uno despierta interés y tiene su gracia. Allí, el verde exuberante del oso mexicano, más allá, un paraguayito cubierto de verde con iguanas de madera. ¿Y los provenientes de lo que fuere la vieja “Cortina de Hierro”, con sus pinturas floridas y delicados paisajes?

Todavía faltan varias semanas para que los osos nos abandonen. Si viven en Buenos Aires, se los ruego, háganse una “corridita” a la Plaza San Martín, un poquito más allá de donde Florida termina en una bella plazoleta. No se van a arrepentir de saludar a nuestros plantígrados huéspedes.

Cati Cobas

sábado, marzo 14, 2009

216-Los colores de Quinquela, el hombre fiel

"Y cada vez que partí llevé conmigo la imagen de mi barrio, que fui mostrando y dejando en las ciudades del mundo. Fui así como un viajero que viajaba con su barrio a cuestas. 0 como esos árboles transplantados que sólo dan fruto si llevan adheridas a sus raíces la tierra en que nacieron y crecieron."

Benito Quinquela Martín (Buenos Aires, 1890-1977)



Hace mucho que no escribo, amigos, pero para mí es visceral hoy la necesidad de reencontrarme con la palabra, con ustedes y con esta ciudad en la que vivo y en la que “por todo y a pesar de todo”, como diría María Elena Walsh, quiero seguir viviendo.

Por eso, para poder soltar las amarras del silencio, elijo a aquel hombre que convirtió en colores el carbón, los barcos y la gente. Por eso contaré del pintor, grabador y muralista Benito Quinquela Martín, para decir a mi ciudad desde él, desde su barrio de La Boca y desde esa vuelta de Rocha que, aun ahora, despojada de cargas y descargas, es un lugar muy especial de Buenos Aires porque lleva, para siempre, la firma de Quinquela y el sello de su hombría de bien desinteresada y generosa.

¿Por qué el sello? ¿Por qué la vuelta de Rocha? ¡Si todo el mundo cuando habla de La Boca se deshace en Caminito! Porque es ahí, en la vuelta, y frente al río, donde Quinquela dejó el testimonio concreto de su fidelidad, más allá aun de su magnífico arte. Si se fijan bien hay en ese lugar varios edificios que, pintados de colores vivos, saludan a las aguas. Son una escuela-museo, un teatro, un lactario, un instituto de artes gráficas y hasta un hospital odontológico. Todos donados por el hombre fiel, el hombre bueno, dedicados a su gente; todos decorados con los murales de Quinquela, que pintan, sobre todo, los matices del trabajo y de los barcos, de aquello que lo rodeaba y que era para él su misma esencia.

Benito fue un expósito. Pero tuvo, sin duda, marcado su destino más allá de abandonos e infortunios, en la áspera ternura de Manuel Chinchella, su papá adoptivo, italiano, estibador y carbonero (quien -debemos decirlo- deseaba para Benito un “trabajo verdadero”, ya fuere hombreando bolsas o en el negocio familiar, si compelía, porque “eso del arte” no aseguraría al hijo un futuro “seguro”, aunque finalmente comprendió que el camino que se le abría era diferente del por él imaginado) pero, y sobre todo, en la comprensiva admiración de Justina Molina, su mamá adoptiva, que siempre confió en las condiciones de su hijo, apoyándolo incondicionalmente en el destino de ser todo un artista.

Benito era artista desde niño, pero casi hombre intentó brevemente obtener formación rigurosa y académica; claro que la fuerza de su arte -del que decía: “Además de antiacadémico, yo era un pintor fácil y rápido, cuando pintaba lo mío. La facilidad me la daba el tema. El puerto, los barcos, el río, las grúas, los astilleros, los obreros, la vida afiebrada del trabajo, eran temas que yo llevaba adentro y los trataba con facilidad”- se sintió más encauzada con el acompañamiento de gente como el maestro Alfredo Lazzari, quien le enseñara dibujo y pintura en el Conservatorio Pezzini Sttiatessi, una de las tantas “Sociedades” en las que se educaban los inmigrantes en aquellos tiempos en que los trabajadores aspiraban “a más” a partir del acceso a la cultura. Poco a poco, sus amigos artistas, como Stagnaro o Lacámera, también lo acompañarían con su obra. Pero fue el encuentro con Pío Collivadino, Director de la Academia de Bellas Artes, a quien conoció pintando en el muelle de la Boca, el primer peldaño en su crecimiento como artista. La pintura de Quinquela impactó fuertemente a Collivadino, quien afirmó: "Usted puede ser el pintor de la Boca y su puerto. Aquí hay ambiente, carácter, fuerza. Y además una personalidad original, un modo distinto de ver y de pintar."

El generoso Pio Collivadino compartió con nuestro hombre a su secretario, Eduardo Talladrid, el cual se transformó en verdadero promotor del arte de Benito, llevándolo a los más importantes salones de Argentina y de España, Francia, Italia y Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo. Y fue así, a partir de su arte, como Benito pudo comprar para sus padres la casa familiar, regalándoles la tranquilidad “del techo” tan ansiado por todo inmigrante en esta tierra.

Aunque la fama y la fortuna tocaron a su puerta, jamás le hicieron olvidar su barrio, su gente, las cosas simples con las que había convivido. Un ejemplo de ello fue una exposición “en el Jockey Club, organizada por las Damas de Beneficencia de Buenos Aires. En ésta ocurrió un hecho muy particular. Se repartieron dos clases de invitaciones, unas dirigidas hacia lo más encumbrado de la sociedad porteña y otras hacia los obreros y artistas de la Boca. Esta diferencia de clases tan marcada, se vio reflejada en el público que asistió ese día: la aristocracia y el pueblo se encontraron a través del arte de Quinquela”*(buenosaires.gov.ar).

Pintando su aldea de jornaleros, estibas y carbón, Quinquela pudo llegar al mundo. Pero dijo:
“El puerto de la Boca es mi gran tema, el que concuerda más con mi sensibilidad y no saldré de él. Cada artista debe consagrarse a lo suyo: lo esencial no es renovar los temas sino renovarse uno mismo, dentro de los temas crear nuevos mundos sin salir de ellos. Espero haberlo conseguido, porque he puesto mi alma en lograrlo."

Desde entonces hasta su muerte, Quinquela pintó de colores su realidad de naves y de río. Desde los rojos de un incendio hasta los multicolores estibajes. Toda la Boca vivió en su paleta y en sus espátulas, vibró en grabados intensos y espectrales.

“Representó en sus obras el Riachuelo y la vuelta de Rocha, la intensa actividad, el movimiento, el ritmo del trabajo, (rudas faenas de los barcos, talleres metalúrgicos, fundiciones), el río, las grúas, los astilleros, barcos anclados o en reparación, amarrados o cargando cereales, frutas o carbón, proas, mástiles, distintos momentos del día en el puerto, paisajes, resplandores de efectos de sol, aguas turbias, cielos, humos, movimientos, luz y energía” y toda esa vida , por obra del maestro, se prendió de las paredes de escuelas y teatros donados por él a sus vecinos, como una manera de mejorar la existencia a través del arte.

Eso sí, no podemos hablar de Quinquela Martín, y no decir nada de su sentido del humor y su optimismo, de su complacencia en la amistad y en el afecto.
Dos son las pruebas de lo que afirmo.
La primera, referida al humor y a la amistad, nos hace citar su cargo de “Gran Maestre de la Orden del Tornillo”, una condecoración consistente en un simpático tornillo soldado a una cadena, que se otorgaba durante los encuentros dominicales de artistas que tenían lugar en su atellier-vivienda-museo a las personas que, siendo artistas, embajadores, benefactores, músicos, periodistas o poetas se destacaban por su bonhomía espiritual. Quizás era una forma de contrarrestar el tornillo que según un famoso tango le falta al mundo…¿Verdad?
La segunda muestra de humor llevada a su máxima expresión la da el hecho de haber pintado en vida su ataúd con el más vibrante colorido. Solamente alguien excepcional puede atreverse a tamaño gesto, no me digan que no…
"El color nace con uno, es instintivo, elegí el color para las flores y el paisaje, para mis barcos y mis cielos, para este riachuelo que prolonga mi vida hacia un río de cambiantes tonos. El color nunca muere, y yo entre colores seguiré viviendo, iré prendido a los colores hasta después de muerto". Con este criterio, Quinquela pintó su propio ataúd "este lugar será el santuario para mi después". Para la superficie exterior utilizó una amplia gama de colores en sucesivas franjas de celeste, verde limón, verde lino, rojo, azul, amarillo y marrón, en la tapa pintó una cruz y un barco y en el interior parte de rosa y parte con los colores de la bandera argentina. "El color no tiene fin. Cada color expresa un momento, una emoción y como yo quiero rendir homenaje a los colores aún después de muerto, pinté yo mismo mi ataúd con los colores argentinos por dentro, y por fuera con los siete del arco iris. "

Por eso, amigos, cuando vengan a visitar mi Buenos Aires, y los lleven al Barrio de la Boca, no se vayan de él sin saludar a Quinquela, sin dar una vueltita por su legado de colores y fidelidad ahí nomás, pegado a Caminito, en la vuelta de Rocha, enfrentando al río. El alma de este artista singular pervive en su taller, en cada mascarón de proa del museo, en las paletas que conservan huellas de sus búsquedas. Y quiere trasmitir su colorido mensaje a todos los que sepan valorarlo.

Cati Cobas

martes, febrero 24, 2009

Los catalanes y el tango, en papel, en el periódico Baleares Exterior

En la contraportada del Número 121 del Periódico Baleares Exterior, "el periódico de las comunidades baleares en el mundo", perteneciente al Grupo España Exterior, se ha publicado una reseña de mi crónica sobre los catalanes y el tango. Si desean ver la edición en PDF recurrir al link http://www.espaexterior.com/?accion=ediciones&seccion=baleares
Página 8.
Cati Cobas

sábado, febrero 14, 2009

215-El reloj de Poncio Rigo

En el aparador del living de mi casa, un reloj marca las noches y los días. Tiene caja cuadrangular de madera de cedro, montada en forma pivotante sobre un caballete, también de ese material. El cuadrante, en roble claro, protegido por el correspondiente vidrio, indica las horas por medio de unas simples tachas estratégicamente ubicadas. Es un reloj un tanto rústico, pero sencillamente digno, sobrio, con lo que se necesita para ser un buen reloj y nada más. Tal vez por eso resulta la imagen más elocuente de quien lo confeccionó con sus manos de “maestro”: Poncio Rigo, carpintero mallorquín.

Es posible que muchos de los que contemplen el reloj, no le asignen la importancia que en este caso yo le adjudico, pero si eso hacen, será porque todavía no han podido llegar a la esencia misma de las cosas, más allá de su apariencia. Ese reloj es una prueba fidedigna de que en este mundo tan difícil hay personas cuya estirpe es el trabajo y su mejor escudo, el ser noblemente reconocidos.

Porque este hombre del que quiero hablarles es uno de los tantos mallorquines que vinieron a Argentina en busca de mejorar su vida a partir del dominio de un oficio, pero lo que lo hace único es, precisamente, este tema de los relojes así como otras formas de dar las gracias que lo convierten en un caballero digno de las Cruzadas, ya que uno de los bienes más difíciles de encontrar en estos tiempos que corren es el de la gratitud.

Poncio Rigo, un hombre delgado, alto, de rostro de rasgos angulosos y netamente baleares, rematados por gruesos lentes, nació en Ses Salines, Mallorca, en 1917. Carpintero, de oficio aprendido en las islas, es uno de esos artesanos casi artistas que ya no se encuentran en estos días fácilmente. Le he visto hacer techos y cunas de juguete, escaleras repujadas y muebles complicadísimos, armarios, camas, escritorios y todo aquello que se le pidiera y que se concretaba en un tris tras, a partir de su claridad de pensamiento. Sus manos huesudas, trabajadas y trabajadoras empuñaron siempre con firmeza -y con enorme soltura- el lápiz sobre el papel, para dibujar el objeto que construiría. Me parece contemplarlo entre viruta y aserrín en su taller, así como armando en mi casa muchas cosas, entre otras, la mesa camilla mallorquina que mis abuelos se empeñaron en construir en Buenos Aires y que, en su época, causó un enorme revuelo entre nuestros vecinos, ya que era un objeto inexistente en estos pagos.

Pero volvamos a Poncio y su familia, que llegaron a esta ciudad en la última oleada inmigratoria: la de los años cincuenta. Práxedes, Apolonia y Bartolomé, su mujer y sus hijos (¡qué nombres tan absolutamente mallorquines…!) respectivamente, lo acompañaron en la aventura de buscar fortuna en esta tierra.

¿Tuvieron suerte?, preguntarán ustedes. Yo diría que Poncio aserró su suerte; la lijó con la garlopa, la martilló con dedicación hasta llegar a tenerla dominada. Y esa “suerte”, la de la muñeca para lustrar empuñada hasta el agotamiento, la de perseverar en el intento de sacar a cada veta lo mejor de sí misma, se encoló en dos hijos “con estudio”, como entonces se decía. Se transformó en casa propia tan increíblemente bien hecha y de tanta economía de recursos, que continúa albergándolo, aún hoy, con dignidad y acierto.

Ni siquiera lo doblegó un accidente en el que perdió algunos de sus dedos. Soy testigo de su trabajo apenas pudo volver a retomarlo, con lo que quedaba de sus falanges envuelto en vendas blancas, que se iban tiñendo de dorado aserrín a medida que pasaban las horas de labor.

Sólo la enfermedad y muerte de su mujer amenazaron con quitarle las ganas de seguir adelante, pero pudo encontrar en un paseo de regreso a su tierra natal dentro del programa Quinta Isla y en el trabajo, las fuerzas para continuar.

Con la desaparición de Práxedes llegó para él la soledad, pero, valiente y decidido, en busca de un conjuro contra la vejez y la muerte, apeló nuevamente a la madera y a sus manos, y supo hallar, a través de los relojes que constituyen el eje de esta crónica, un recurso original e increíblemente hermoso.

Poncio listó en su corazón la gente de la que él se consideraba deudor (ya fuere de algún favor, consejo o atención particular) desde su llegada a la Argentina y fue armando, para cada una de esas personas, un reloj de madera. -¡De qué otro material podría haber hecho un reloj un carpintero!-. Cada uno sería parecido al anterior, pero siempre con un toque distintivo. Éste, con adornos curvos, aquél, pirograbado, el otro, con esa talla que lo diferenciaría. Así quienes ayudaron de una u otra forma a este hombre tan especial fueron recibiendo esa muestra de afecto y reconocimiento hecha “tic tac”.

Un día, nos citó para que compartiéramos con él una paella en la Casa Balear. Fue enorme su insistencia para que concurriéramos acompañados por mi madre, a pesar de su invalidez. Así lo hicimos, para comprobar que Poncio no era solamente agradecido a través de sus relojes. En una de las paredes de la Casa lucía un enorme abanico donado por él como muestra de gratitud por la gestión que en la misma se hiciera para permitir su regreso a Mallorca en 1999.

Y ahí, en la vieja y querida Casa Balear, nuestro hombre sacó, envuelta en paño, su muestra de gratitud hacia los míos recién lustrada y reluciente. Miró a mí madre muy fijo a los ojos diciéndole: “Aurora: tus padres se portaron muy bien conmigo cuando yo llegué a Argentina. Este reloj es para que sepas cuánto valoré su ayuda y amistad”.

Todos lloramos. Pero desde ese día, un reloj con caja cuadrangular de madera de cedro, montada en forma pivotante sobre un caballete, también de ese material, cuyo cuadrante, en roble claro, protegido por el correspondiente vidrio, indica las horas por medio de unas simples tachas estratégicamente ubicadas, preside la vida de nuestra casa y nos habla en su latir, de cuánto vale el corazón noble de Poncio Rigo, carpintero y mallorquín.

Cati Cobas

La historia de Don Tomás Orell en la página web de la Fundación Balear Exterior

En http://www.balearexterior.com/news.php?viewStory=342 se ha publicado mi crónica sobre este pionero mallorquín que honra a Las Dos Orillas.
Me alegra enormemente que el tema haya resultado interesante.
Cati Cobas

domingo, febrero 08, 2009

214-El tango y los catalanes… ¿o los catalanes, el tango y algo más?

Agradezco al Señor Ernesto Mario Lach (Mario Valdéz), autor de un estudio sobre los catalanes en la página http://www.aportes.catalunyatango.com, quien me permitió emplear su trabajo para desarrollar esta crónica, dedicada a todos los familiares y amigos que allende el Atlántico me alegran la vida.

Después de transitar por el Camino de la Luna Nueva y de vestirme de blanco en Año Nuevo para sufrir múltiples avatares domésticos y recibir protección del Gauchito Gil y de San Joaquín y Santa Ana, sintiendo la necesidad de retomar las letras, comencé a devanarme los sesos en busca de un tema para esta nueva etapa “croniquera”, hasta que…¡eureka!

¿Qué mejor -me dije- que comenzar por charlar de algo que represente a esta Buenos Aires que tanto amo y a aquella lengua de mis raíces, al catalán que heredara de los abuelos?

Por eso, los catalanes y por eso, también: el tango.

Ya se sabe que cuando un catalán decide comprometerse con algo, o lo hace bien o no lo hace. Quizás por eso, desde la cuna misma de la argentinidad hubo por aquí, sépanlo, catalanes dedicados a declararse más libres de España y más patriotas que muchos criollos. Tan así es que uno de ellos se convirtió en el autor de la música del Himno Nacional Argentino y fueron muy numerosos los que, casi un siglo después, se consideraron más tangueros que Gardel o que Pichuco.

Y cuando digo cuna y libertad, sé de qué estoy hablando. Porque en el mismo momento en que la patria nacía, en aquel 25 de mayo de 1810, Domingo Matheu y Juan Larrea, dos paisanos, comerciantes, oriundos de Mataró, Barcelona, ocuparon sendos cargos de vocal en la Primera Junta de Gobierno y en pocos años, para poner música al espíritu de liberación, Blas Parera, completó el trío ocupándose de musicalizar la Canción Patriótica cuya letra pertenece a Vicente López y Planes, la que luego se convirtiera en nuestro Himno Nacional.

No me van a decir, amigos, que si citáramos apellidos como Coll, Fuster, Pahissa, Pastor, Pibernat o Jovés Torrat no nos imaginaríamos jamás personajes de funyi y chambergo requintado, más bien los veríamos tocados por alguna birretina a la usanza de la Ciudad Condal, pero ¡sí! Se trata de apellidos absolutamente vinculados con la música porteña, con el compás del dos por cuatro. Y no digamos nada si nombramos a Ferrer, Planas o Vidal. Sepamos, por ejemplo, que mi ciudad, hasta tuvo la gloria de que un balear, más precisamente un menorquín, como Lorenzo Torres Nin (con el seudónimo de Demón), le compusiera tangos, como para que no nos quedaran dudas de los lazos que unen a puro corte y quebrada Las Dos Orillas.

¿Quién imaginaría que el autor de la música de “Patotero sentimental” y de “Nubes de humo”(aquel tango que dice: “Fume, compadre, fume y charlemos…”) es nada más y nada menos que un nativo de Manresa, Barcelona, el músico que fuera elegido por el Zorzal Criollo (Gardel) para grabarle nada más y nada menos que ¡siete! tangos? Me refiero a Manuel Jovés y Torrat quien también musicalizara éxitos como “Loca”, “Corazón de arrabal” y “Pobre Milonga” pero, y sobre todo, nos legara, junto al cineasta argentino, Manuel Romero, el inolvidable tango que dice “Buenos Aires, la Reina del Plata…Buenos Aires mi tierra querida…”. Sólo por él, la marca catalana en el tango ya constituye un sello de nobleza.

Pero los tangos de Jovés no fueron los únicos emblemáticos, entre los compuestos por Fuster está “La maroma”, que hace referencia a la forma de dormir pendiendo de una soga pasada por debajo de los brazos que tenían algunos inmigrantes cuando no podían ni siquiera pagar una cama limpia y no querían que las ratas los comieran durante el sueño. ¡Menudo tema el de Don José Dionisio! ¿Cierto?

Hay en esta tierra, también, catalanes por raíces, entre los que se encuentran el cantor Jorge Vidal y los compositores Horacio Ferrer y Carlos Pibernat. Este último, educado musicalmente en Barcelona, fue director de las orquestas estables de Radio Splendid y Belgrano en su época de gloria y autor de “Linda Criollita” y “Papirusa”, entre otros.

En cuanto a Horacio Ferrer es un precoz poeta “rioplatense”. Bueno, a decir verdad, uruguayo, pero en las dos orillas del Río de la Plata hablamos de “rioplatense” cuando en Argentina nos enorgullecemos de un uruguayo, o de un argentino, cuando ha descollado en Uruguay y lo consideran oriental. Autor de “La última grela”, “Chiquilín de Bachín” y de la eterna “Balada Para un Loco”, junto a Astor Piazolla, tiene ganado un sitio fundamental en lo que al tango se refiere y también a la catalanidad, porque su apellido es, indudablemente, de ese origen.

Si bien es cierto que debido al hecho de que mi tierra es tierra de inmigrantes, podemos encontrar apellidos de todos los orígenes vinculados con el tango, me enorgullezco, amigos, de haber investigado sobre los catalanes y nuestra música. Me produce alegría saber que venidos de tan lejos, de otras costumbres y otra voz, hubo catalanes que se volvieron tan argentos como para cantarle a la papirusa, la grela o la maroma y darle a mi Patria su Himno Nacional y a mi ciudad, un tango que para nosotros, los porteños, constituye un himno:

“Buenos Aires, la Reina del Plata;
Buenos Aires, mi tierra querida,
escuchá mi canción
que con ella va mi vida
.…………………………………
Buenos Aires, cual a una querida,
si estás lejos mejor hay que amarte.
Y decir toda la vida:
antes morir que olvidarte…”

(Romero y Jovés)

Cati Cobas

sábado, enero 31, 2009

De payadores argentinos y de payeses glosadores mallorquines en Balear Exterior

de la Fundación Balear Exterior han publicado en el día de la fecha el artículo del título. Espero que les resulte interesante.
Cati Cobas

sábado, enero 24, 2009

"La Ronda" publicada en Balear Exterior

Con el título "Añoranzas mallorquinas en Buenos Aires", la página de la Fundación Balear Exterior acaba de publicar en el día de hoy una versión de mi texto "La Ronda", en el que relato los encuentros de mallorquina amistad que vivía mi abuela, en sus últimos años, aquí, en Argentina.
Muchas gracias a la gente de la Fundación por el honor que me dispensan.
Cati Cobas

lunes, enero 19, 2009

213-“El Gauchito” al rojo vivo

Para Ángela, que quiere saber cómo fue "lo del incendio"...
Hay palabras y/o frases que uno desearía no escuchar jamás. ¿Cierto? Cada uno de ustedes tendrá una lista de ellas. Por ejemplo: “Peligro”, “¡Ladrones!”, “Señora: aumentó seis kilos desde la última consulta.” o “Todo el desagüe está tapado, y hay que romper.” o bien “Esa muela ya no tiene solución; voy a extraerla.” y tantas, tantas otras.

Pero mis vecinas, mis queridas y “veteranas” vecinitas, nos tenían preparada para el día del Gauchito Gil una cálida sorpresa materializada en once palabras al rojo vivo, como para hacer juego con las cintitas del santo profano del que les hablara en la primera parte de esta crónica. ¡Sí! Las ardientes palabritas que se oyeron en el teléfono de mi portero eléctrico fueron: “Señora: ¡Se está incendiando el departamento del piso debajo del suyo!”.

Mientras mi hijo Fernando disfrutaba de unas vacaciones en la costa, y en Corrientes andaban los devotos del santito criollo enarbolando tacuaras, en mi edificio se vivía un momento de verdadero pánico. El humo negro comenzaba a invadir nuestra casa y, ahogándonos, deliberábamos acerca de qué se hacía con la abuela, porque, tiempo atrás, se me había indicado que en caso de incendio debíamos dejarla en el balcón para que se la pudiera rescatar por el frente del edificio, pero mi marido no se resignaba a dejar a su suegra en situación tan complicada.

Mi Robert Wagner en pijama insistía e insistía en bajarla ocho pisos en sillita de oro por la escalera, y yo ya me imaginaba que en vez de tener una persona dependiente de mí, tendría dos, porque después de tamaño esfuerzo, el descoyuntamiento marital sería de antología; pero no había tiempo para peroratas. Decidida a no quedarme con un marido en condiciones lamentables, entré cual tromba al dormitorio de mi mamá y sin detenerme a explicarle demasiado, la senté en su silla de ruedas que, desgraciadamente, no pasaba por el espacio que mediaba entre los pies de la cama y el toilet. Mientras pensaba cómo ensanchar el paso, mi marido comenzó a reiterarse sobre el tema de la sillita de oro con lo cual sacó de mí unas fuerzas de Godzila, las que me hicieron levantar con una mano la cama mientras con la otra empujaba la silla hasta que la benemérita autora de mis días estuvo colocada en el balcón. Eso si: sin peinarse, en camisón y sin zapatos, lo cual para mi madre, que es muy anciana pero muy coqueta, fue mucho más traumático que el propio incendio que estaba amenazándonos.

En tanto, Mercedes buscaba a su gata la que, asustada, no aparecía por ningún lado y yo, habiendo dejado a mi mamá relativamente a salvo, trataba de cargar algunas fotografías familiares por si el fuego lo devoraba todo.

“¡Vamos que ya no hay tiempo!” Gritaba, blandiendo toallas mojadas para protegernos del humo durante el descenso. “¡Pero no podemos dejar a tu mamá sola!”, insistía el candidato a “Mister Yerno 2009”

A todo ésto, nos invadió el ulular de las sirenas, y supimos que estaban subiendo los bomberos. Al bajar por las escaleras nos topamos con la abuelita del jugo de naranjas findeañero y debimos “guiarla” escaleras abajo porque nuevamente había perdido el rumbo. ¡Una inmobiliaria a la derecha!...

Entre tanto, comenzamos a escuchar a los servidores públicos, que golpeaban ferozmente para que se les abriera la puerta del departamento del que salía el fuego. ¿Ustedes abrieron? La señora del balcón inundado (sí, ¡la misma!) tardó siglos en hacerlo porque jamás imaginó la servicial presencia. Parece que la turística vecina, ya regresada de ver La Movediza y tandilera piedra, había sido solicitada por su hija como abuela-cuidadora, pero había tenido la mala fortuna de que ¡se le prendiera fuego el cartón corrugado que formaba el piso del pesebre, y al tratar de apagarlo con agua ésta había tocado la instalación eléctrica! Por lo tanto, estaba intentando solucionar el tema ella solita, a los baldazos, con el riesgo de quedar electrocutada, sin siquiera haber llamado a los bomberos. Se había limitado a poner “¡a salvo!” a su nietito en el balcón (nada de sacarlo a la calle, por supuesto, si era todo “taaaaan sencillo…”).

Imaginen ustedes el espectáculo que contemplamos al salir a la vereda y posarnos, junto con cientos y cientos de curiosos vecinales frente a nuestra residencia en vías de dejar de serlo: un nene de tres años en medio de las bocanadas de humo negro que salían del living de su abuelita, mientras la señora hacía de bombero con ruleros; y más arriba, mi madre, que agitaba sus manos para que recordáramos que debíamos ir por ella, lo que hizo que mi marido volviera a intentar el rescate de su suegra (daba la sensación de que él era el hijo, lo aseguro), pero por suerte los bomberos impidieron que cumpliera su objetivo de quedarse sin columna vertebral, porque bloquearon el acceso al edificio.

“¿Usted vive ahí, señora? ¡Qué susto!”… Y una, que temía por su madre y por su habitat, ponía su mejor cara de nada y evitaba contarle esta historia de gerontológicos vecinos que estaba teniendo una culminación con ribetes trágicos hasta el momento.

Era, ya lo dije, el día del Gauchito Gil y me parece que él debe haber intercedido ante “El Tata” (Dios) por nosotros, los habitantes del longévico inmueble, porque poco a poco cesó el humo, y finalmente se nos invitó a volver a casa.

Mamá es afásica de expresión, pero esa mañana la entendimos como nunca. Tardó una semana en que los ojos volvieran a su tamaño natural después de la “aventura”.

Mercedes, que era afecta a las “pelis” de terror, se dedica desde ese día a mirar el Ratón Mickey, como mucho, en cuanto a Jorge, está haciendo averiguaciones para poner un tobogán desde nuestro balcón a planta baja en forma permanente, para arrojar a la madre de su consorte por el mismo, en caso de emergencia.

Yo estoy pensando seriamente en que el Gauchito Gil deberá tener cuando menos una hornacina en algún lugar de este gerontológico edificio porque de no ser por él, que celebraba su día, estaría escribiendo esta crónica desde algún refugio municipal, y eso, siendo optimista.

Cuado era chica solía leer, en El Tesoro de la Juventud, historias en las que los héroes iban en busca de la Fuente de Juvencia... Digo yo: ¿Alguien sabe dónde hallarla? Porque si no pongo pronto un poquito de su agua en el tanque de reserva, temo por la integridad de todos nosotros, aún con alguna tacuara con cintas coloradas orlando el hall de acceso. ¿No lo creen?

Cati Cobas

Nota de la autora: Olvidé detallar que para que al infante en custodia se le quitara el trauma de haber participado del incendio, los bomberos (que fueron una maravilla de eficacia y corrección, debo decirlo), lo invitaron a fotografiarse en la autobomba. Quizás debimos hace otro tanto con la abuela...y con el yerno...

viernes, enero 16, 2009

212-¿San Joaquín y Santa Ana o el Gauchito Gil y sus tacuaras?

Habrán podido observar, estimadísimos amigos, que hace casi quince días que la inspiración me ha soltado de su mano. Pero sepan que todo tiene un motivo, una razón, una causa fundadísima. En este caso se trata de la más absoluta decepción.

Recordarán ustedes que me hice el firme propósito de vestir de blanco en Año Nuevo. ¿Cierto? Pues sepan, mis lectores, que he descubierto que lo peor que puede hacer un mortal que quiera sobrevivir a los tiempos que le tocan, es vestir de blanco en Año Nuevo. Y cuando digo lo peor, es “LO PEOR”.

Les cuento que me esmeré sobremanera para esperar el 2009. Preparé velas, flores, comida deliciosa, ánimo alegre pero a la vez sereno…Todo inútil. Los Orixas no son para mí. ¡Basta de velas y de buzios! El próximo año me vestiré de rojo, de verde, de amarillo pero no volverán a verme de blanco ni en un siglo porque peor no podría haberlo acabado y ni hablemos del comienzo!

Para comenzar a ponernos en situación tengamos en cuenta que quien esto escribe, hace diez años que tiene a su cargo a su madre, que este año cumplirá noventa, y se halla, ella misma, en vías de ser una total sexagenaria, lo cual es absolutamente in-di-ge-ri-ble. Si a lo antedicho le sumamos suegra y tías varias, todas más cerca del centenario que de la cincuentena y el hecho de ser la propietaria de menor edad del edificio donde habita (no contando, claro está, a la vecina que se destaca por sus efusividades amorosas) ya sabremos cómo la gasta en esto de “lleva muy bien los años” o “se conserva magníficamente”, por ejemplo. Es que los años cumplidos por los convecinos y por una misma tienen consecuencias muy concretas, que hacen a la habitabilidad de un sitio y a la convivencia en el mismo, a no dudarlo, porque si se trata de “mayores mayorísimos” están a la orden del día olvidos, confusiones, malentendidos, percances y todas las complicaciones que pueden ocurrir cuando la vista el tacto, el olfato y el oído comienzan a teclear un tanto. Y, sobre todo, cuando la falta de nutrición en las neuronas y el umbilicalismo exacerbado que trae aparejada (a veces) la vejez, produce malhumor y falta de empatía, ya que, volviendo al tema de los cinco sentidos, se sabe que “no hay peor sordo que…”

Como para, en vez de vestir de blanco, ocuparse de poner en el hall un altarcito en honor de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María, que por haber concebido a edad avanzada se consideran patronos de los que peinan canas. Digo lo de poner un altarcito porque así tal vez se acabarían los disgustos edilicios que han anulado los efectos altamente positivos que las albas vestiduras hubieran podido tener en su momento.

Para muestra: varios botones. ¡Y de nácar…!

Eran las tres de la tarde del último día de 2008 cuando nos avisaron que a nuestra vecina, ubicada unos pisos hacia abajo, se le estaba inundando el departamento. Recordarán que colaboro con el Consejo de Administración del edificio ¿No? Pues eso valió para preparar el consabido vitel toné en medio de llamadas telefónicas intensivas y amenazantes ditirambos varios. Para que la Waldorf se pusiera negra al olvidarnos el jugo de limón y las flores del centro de mesa se secaran por falta de agua. ¡Como para acordarse del florero si dos pisos más abajo, el líquido elemento era precisamente lo que sobraba y si no dejaba de sobrarle rápido a la vecinita encocorada, los que íbamos a quedar sin agua seríamos todos los vecinos, ya que la inundada dama amenazaba con la fuerza pública, con cortar el agua, con…

Una pensaba, mientras se olvidaba del limón antioxidante y se cortaba con la lata de atún recién abierta, que si a la señora “le” llovía, el problema debía corresponder a alguna avería en el piso inmediato superior pero…la habitante del mismo, otra avispada miembro de la conspicua tercera edad, estaba contemplando la nueva piedra movediza de Tandil, “trucha” pero interesante a no dudarlo. Contemplando dicha piedra, digo, felicísima e ignorante de lo que sucedía bajo la losa de su departamento, por supuesto. Por consiguiente, nunca hubo huevos peor rellenos que los que se degustaron en mi casa el 31 de diciembre. Los iba preparando mientras trataba de imaginar cómo se podía acceder al departamento de la mentada turista cuya hija, supuesta poseedora de la llave, no se localizaba por ninguna parte, al igual que la llave misma. ¡Ay Señor! Finalmente, ante la amenaza de pasar la noche del 31 sin agua, cuando ya estábamos por pedirle prestado el perro a la señora del 2º B para que lamiera los platos de la cena que soñáramos de blanco reluciente, llegó la hija de la viajera y cerrajero mediante (la llave continuaba brillando por su ausencia)… ¡Oh sorpresa! La señora había olvidado la canilla del balcón goteando y, “previsora”, tapado el desagüe del balcón con un ¡trapo de piso!, con lo que el mismo era la laguna de Chascomús antes de la sequía…

No había terminado de reponerme de la amenaza de aridez cuando me pareció oír ruido de llave en la cerradura de casa. Otra viejita encantadora, que habita en el contrafrente, me preguntaba qué hacía yo en su departamento. Tuve que hacer venir a mi marido para que viéndolo comprendiera que ese no era su departamento, pero tardé como media hora en la lucha explicativa y recién cuando la acompañé a su casa, y vio a su esposo, se quedó tranquila, comprendiendo que se había confundido de piso y puerta. ¡Bendita sea! A esa altura yo ya tenía ganas de vestirme de negro, de enlutar mi último 31 de diciembre con cincuenta y muchos años rodeada de tanta vetustez.

Para completar los contratiempos gerontológicos de la víspera del 2009, estaba dirigiéndome a la puerta principal del edificio para recibir a mis primeros invitados cuando patiné frente a los ascensores con una sustancia pegajosa, faltando nada para que mis blancas vestiduras acabaran, junto con mi osamenta, rodando por el suelo. Preguntándome con qué había resbalado, llegué a la entrada, y me volví a topar con la dulce ancianita confundida, la que me explicaba, muy tierna ella, que la causa de mi resbalón era nada menos que la ensalada de fruta que ella misma había preparado con sus propias manos y que ahora estaba por llevar a lo de su hija. Mucho lamentaba, la pobre abuelita, que la mitad del jugo azucarado de su dulce ensalada hubiese caído frente a los ascensores… ¡Ay, ay, ay! Imaginen la cara con la que recibí a la gente…imagínenme, sobre todo, se los ruego, inmaculadamente ataviada, trapo de piso en ristre, en desigual lucha contra la sacarosa.

Por eso, el 1º de este nuevo año que recién comienza me encontró, les aseguro, hurgando en mi misal en busca de alguna vieja estampita de los papás de la Virgen con la esperanza de que su accionar protegiera eficazmente a tanta senilidad habitacional como la que amenazaba trastornarme totalmente a pesar de ángeles, velas y blancuras pero…a los pocos días me convencí que tenía que ir en pos de algún otro recurso de protección porque a mis vecinas ni san Joaquín las mejora, ya verán…Por eso se me ocurrió que tal vez el Gauchito Gil…

¿Saben ustedes quién fue el Gauchito Gil*?

“Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como "El Gauchito Gil" o como "Curuzú Gil" (del guaraní curuzú=cruz) es quizás uno de los más importantes representantes de lo que Marta De Paris denomina Santoral Profano Correntino (1988). Desde hace más de cien años tiene vigencia en su provincia, pero en los últimos años ha trascendido primero al litoral, en especial Misiones y Formosa, y luego al resto del país. Hay lugares de culto desde Salta a Ushuaia. El Gauchito Gil vivió entre 1830 y 1870, tiempos de enfrentamientos políticos entre autonomistas y liberales en Corrientes. Al negarse a pelear, Gil fue acusado de "desertor" por los liberales, que decidieron fusilarlo. A su ejecutor le anticipó la enfermedad terminal de un hijo, pero le ordenó que invocara su nombre ante Dios para curarlo. Hecho el "milagro", comenzó el culto al Gauchito.

Para algunos era un cuatrero, un gaucho alzado, un fugitivo al que le cargaban todos los hechos delictivos sin resolver. Para otros era "Robin Hood", les robaba a los ricos (en especial a los que se aprovechaban de los paisanos) y les daba a los pobres y ayudaba a quien lo necesitara. Era un gaucho justiciero. Hacía lo que muchos no se atrevían a hacer. Era un vengador de sus desgracias.”


El 8 de enero es, precisamente, el día dedicado a la veneración de este santo profano de mi tierra y creo que vamos a tener que nombrarlo definitivamente protector de nuestro geriátrico edificio porque de no ser por él, en su día, no sé si hubiésemos contado el cuento…(Continuará)

Cati Cobas

Más sobre El Gauchito Gil:
“El Santuario principal se encuentra en el cruce de las rutas Nº 123 y 119, a 8 km de la ciudad de Mercedes (antigua Pay-Ubre). Desde lejos se observa el centenar de tacuaras (cañas) con banderas rojas, el mausoleo con las placas de agradecimiento y una enorme cantidad de ofrendas similares a lo que ocurre en el santuario de Vallecito de la Difunta Correa: muletas, vestidos de novia, juguetes, casas hechas en miniatura, autitos. Estampitas del santo con los pedidos escritos detrás o con expresiones de agradecimiento.

Las tacuaras (cañas) con banderas coloradas son indicadores de los lugares de culto ubicados a la vera de rutas y caminos.
El color rojo es el distintivo del Gauchito Gil y se manifiesta en velas y fundamentalmente en cintas con el pedido o agradecimiento escrito. Es costumbre dejar una cinta atada a las miles de cintas que hay, y retirar otra ya "bendecida" por el santo que se coloca en la muñeca, en el espejo del auto o en algún lugar privilegiado de la casa para que proteja o ayude.
Varios días antes del 8 de enero, fecha del aniversario de su muerte, comienza a congregarse la gente y pasar la noche en carpas. Se improvisan negocios, bailantas la compás del chamamé, kioscos que venden bebidas y recuerdos. Los jinetes se acercan llevando banderas y estandartes en tacuaras para dejar en el lugar, que también se cubre de flores rojas. El cura de Mercedes oficia una Misa por el alma del Gauchito. En el terreno donado por el estanciero se construyó un tinglado donde se acumulan las ofrendas, sitios para encender velas y edificios con baños, duchas, bares y otras comodidades para aquellos que se acercan a orar.”

*
www.naya.org.ar
http://www.clarin.com/diario/2009/01/09/sociedad/s-01836189.htm

domingo, enero 04, 2009

"Sobrassada a la argentina" en la página web de la Fundación Balear Exterior

En http://www.balearexterior.com/news.php?viewStory=340 podrán leer una nueva edición de mi crónica que refiere a las costumbres de los baleares en la diáspora. Gracias a la Fundación por esta invitación a participar de su página web. Una alegría y un verdadero honor.
Cati Cobas

lunes, diciembre 29, 2008

211-Y vestiré de blanco en Año Nuevo...

Y vestiré de blanco en Año Nuevo. Como si los sesenta septiembres que me esperan se convirtieran otra vez en quince años. Me vestiré de blanco por los ángeles, que en este tiempo presiento, más que nunca, sentados a mi vera. Me vestiré de blanco, en son de paz con la Vida con mayúsculas, y pediré, como siempre, muchas ganas de continuar la lucha y el ascenso.

Me vestiré de blanco en Año Nuevo, aunque María sea mi sino y no haya ni mar ni caracoles en esta Buenos Aires que me arropa. Porque quiero comenzar el tiempo nuevo, un tiempo que le gane al viejo tiempo conocido.

Me vestiré de blanco este diciembre, mientras espero retener de él la sabia alegría de lo cotidiano y el dulce regocijo de la labor cumplida.

Y pondré flores blancas en la mesa y velas, que devuelvan a los que se sienten en su torno, la dicha simple del mantel planchado y el trasparente repicar del cristal en mil campanas.

Espero, entonces, que esa alegría sencilla, la de la albura prístina, la que surge cuando es el corazón aquel que habla, mientras la razón se va a dormir de aburrimiento, nos envuelva, y permanezca para siempre entre nosotros.

Por eso buscaré, también, la mejor música para cuando comience el nuevo día. Porque quiero amanecer vivencias y alborozo.

Pero además, me vestiré de blanco, en son de gracias, y en prueba de que la luna llena sigue viva.

No quiero ya pensar mil nubes negras, porque todos sabemos que éstas vienen solas. Elijo cientos de estrellas tachonando el cielo y el horizonte rosa, aunque me cueste.

Por eso, digo, amigos: vistámonos de blanco, aunque nos amenacen las tormentas. Si mantenemos luminosa la mirada y el alma de blanco travestida, la mejor luz nos servirá de guía y mil caminos se abrirán ante nosotros.

¡Feliz Año Nuevo!

Cati Cobas

jueves, diciembre 25, 2008

210- En el patio (Caticrónica navideña 2008)

La culpa la tuvo el patio. El patio antiguo y generoso de la casa de mis suegros me ha hecho tener ganas de escribirles esta crónica. Anoche, cuando brindamos alrededor de la mesa larga, bendiciéndonos en la llegada de Jesús, con alegría, comenzaron a pasar por mi corazón tantas imágenes, tantas voces, tantos sabores irrepetibles que no pude evitar convertirlos en palabras. Desde las historias de dolor y guerra de la abuela armenia de mi cuñado Pablo, a las ensaimadas que mi papá horneaba en esa fecha, de los dulces deliciosos de la abuela Ángel, a las bromas de don Carmelo, mi suegro, poniendo siempre una nota alegre en sus palabras infaltables, pasando por la voz del tío Arturo o las risas de “las chicas”, mis sobrinas, que ahora se han convertido en mujeres hechas y derechas. ¿Pero por qué estas reflexiones melancólicas, si anoche el patio nos encontró juntos, como treinta y pico de años atrás? Es cierto que algunos ya no están entre nosotros, pero sí su recuerdo vivo, en ese sitio que ve pasar cada año nuestras esperanzas y nuestros miedos. Si en un rincón se podía adivinar a Don Artín y sus bigotes, sentado allá, junto a papá y mi suegro. Y saliendo de la cocina, a mi suegra Juanita y mi mamá en su plenitud, riendo juntas, jóvenes y liberadas de vejez y achaques que las maltraen en el hoy. El patio también sonreía contemplando a nuestros hijos, con sus logros y sus desafíos a la vida y a la pequeña Carmela, deslumbrada con Papá Noel y los regalos. ¡Bendito patio! Toda una vida desplegada, Nochebuena a Nochebuena entre sus muros.

Nunca le daré a ese lugar tan especial las gracias suficientes porque esta celebración no era, en los cincuenta, mi celebración preferida. ¿A qué negarlo?
La mallorquina promesa de los Reyes Magos en esta Buenos Aires calurosa hacía que el 24 de diciembre me preguntara por qué Papá Noel visitaba la casa de mis vecinas, dejándome en sus árboles lindos regalos pero delegando la tarea en mi propia casa para Melchor, Gaspar y Baltasar que sí nos visitaban puntualmente el 6 de enero.

Al entredicho con el anciano de la chaqueta roja y el armiño, se sumaba, para aumentar mi desconsuelo, el hecho de que muchas Nochebuenas éramos solamente mis padres y abuelos y esta servidora, los sentados a la mesa, aguardando a que naciera el “Bon Jesus”, que así lo llamaba la abuela Isabel, en confianza, mientras yo, su nieta, soñaba con esas mesas largas, de película, con mucha familia reunida, muchos primos y tíos y alboroto.

Todo esto cambió el día de mi boda y un poquito antes también. Y reconozco que es una de las ventajas indudables que tiene para mí el permanecer casada, aunque los lectores colijan que el champagne de anoche es responsable de este desvarío.

Es que habiendo recuperado mis raíces puedo vivir ese patio con mayor alegría que hasta ahora. Porque puedo elegirlo como lugar para recibir al Niño y como símbolo de los valores que sostienen la familia.

El patio ha conocido sinsabores, enojos y contrariedades, celebraciones y alegrías, muerte, enfermedad y tantas cosas, pero sigue ahí, envolviéndonos, y mientras podamos abrazarnos en él y desearnos suerte, la verdadera esencia de la Navidad continuará fortaleciéndonos por muchos vendavales que traten de soplar en la distancia…

¡Feliz Navidad!

Les desea Cati Cobas

jueves, diciembre 18, 2008

209-Sin embargo...




Yo extraño mi ciudad.
Las luces de mi ciudad.
Su brillo, su resplandor.
No puedo olvidar

“Eran otros tiempos, era otra la historia”, como dice otra canción que supo sonar por acá en tiempos del último Mundial de Fútbol. Ese fragmento pertenece a una que Nacha Guevara cantaba en el exilio, allá por los setenta, pero para mí es la síntesis perfecta y redondísima de lo que un porteño, o, en este caso, una porteña siente por su Buenos Aires.

Las luces de mi ciudad.
Yo extraño ese resplandor.
Que hace que mi ciudad
brille más que el sol.
Es tan lindo San Francisco
pero extraño el Obelisco.

El Obelisco, asomando empeñosamente entre las diagonales, la ronda eterna de los autos en la Plaza de la República, la Avenida 9 de Julio, rosada de lapachos en octubre y azul de jacarandaes en noviembre, me dieron chapa de porteña enamorada de su ciudad, y hacen que esté contenta del regreso aunque haya sido tan feliz bajo otros cielos.

Mi ciudad.
Me voy para mi ciudad.
Las luces de mi ciudad
Me están llamando, me llaman.
Yo sé que Florencia es bella
cuando salen las estrellas,
pero quiero ver el cielo
de las noches de Pompeya.

El cielo de las noches de Pompeya nos trae a Homero Manzi y el Sur melancólico que supo pintar al costado del terraplén, después del paredón . Nos regala los ecos de Malena, de Estercita y de Madame Ivonne, que no pueden sonar auténticos en ningún otro lugar más que en este sur del sur que me pertenece. Crecer buscando a las Tres Marías, cerquita de la Cruz del Sur, acompañada por los grillos en las noches de verano logra que la llanura nos posea para siempre y que hasta la pobreza que rodea a barrios como el que la canción nombra resulte dolorosamente tolerable.

Mi ciudad.
Las calles de mi ciudad.
Su brillo, su resplandor
y esa humedad.

Así, tal como dicen los versos, así siento. Porque el asfalto regado por la lluvia puede oler mejor que el más prolijo césped inglés si se ha nacido en Buenos Aires y los huesos extrañaron en Madrid la muelle blandura de la humedad porteña. ¿Loca? Tal vez. Pero no creo ser la única que así piense aunque la dichosa humedad solo sirva para tener de qué quejarse o se convierta en algo que decir a algún vecino, mientras se comparte la incomodidad de un ascensor.

Yo extraño mi ciudad.
Los locos de mi ciudad
que por Callao ven
la luna rodar.

Quien haya caminado mi ciudad sabrá seguramente de qué van estos versos. La luna puede verse de verdad en la Avenida Callao, la señorial, aquella que nace al pie de las aspas de la Confitería del Molino y muere en Recoleta, regalándonos donaire y savoir faire.

En París hay lindos puentes
pero no es calle Corrientes.

Corrientes, la “hija del Luna Park con la Avenida Madero” (la que nunca duerme, la de las librerías y los teatros, la del Once abigarrado de mercachifles y chucherías, la de la Chacarita, donde Gardel duerme su gloria acompañado por la Madre María y Leguizamo solo, al que le siguen “batiendo” hurras los ángeles de la “popular” aunque ya no monte ningún “pingo”), solamente puede existir aquí, haciéndose cargo de nuestras grandezas y de nuestras miserias producto de los barcos y la tierra.

Mi ciudad.
Me voy para mi ciudad.
Las luces de mi ciudad me están llamando,
me llaman.
Qué bien huelen los jazmines bajo el sol de Andalucía,
pero yo extraño el aroma
que hay en nuestras pizzerías.

¿Dónde se comería una pizza más sabrosa que en esta Buenos Aires tan “gallega” y tan pero tan “tana”? Las Cuartetas, Los Inmortales, Banchero, Serafín…cada porteño tiene su pizzería preferida. De pie, detrás del mostrador, acompañada de un moscato o sentado a una mesa bien servida por un mozo canchero y entrador, comer una de muzzarela con fainá es graduarse de porteño y, perdonen los lectores, pero desafío a aquel que diga lo contrario.

Mi ciudad.
El río de mi ciudad.
Su brillo, su resplandor,
su suciedad.
Yo extraño mi ciudad.
La gente de mi ciudad.
Que nunca se va a dormir
para soñar.

Buenos Aires ha ido cambiando desde que la canción fuera escrita. El río está cada vez más lejos, empujado por los edificios de Puerto Madero, pero lo sabemos ahí, tan marrón como siempre y más melancólico que nunca. Acunando a los habitantes de la ciudad que la recorren aun de noche a pesar de todo.
Los domingos en el Rastro
no son como en el Abasto.
Mi ciudad.Me voy para mi ciudad.
Las luces de mi ciudad
me están llamando, me llaman.

Hasta el Abasto es diferente pero igual se extraña cuando uno está muy lejos. El barrio emblemático del tango, convertido en un barrio “for export” conserva rinconcitos que evocan otros tiempos malevos y tangueros y nos sigue haciendo desear volver a verlo si hace mucho que no caminamos su empedrado.

Sus letreros luminosos
y esos hombres tan hermosos.
Basta de Quinta Avenida,
llévenme a andar por Florida.

¡Florida! La calle Florida es un regalo para el corazón. En domingo, cuando los pasos repican en soledad o en un mediodía de trabajo con su imagen abigarrada y una melodía de Piazzola persiguiendo oficinistas que la recorren apurados en pos de un sándwich y una coca. Florida es el lugar para sacarse la tristeza, para tomar un cafecito “de parado”, para encontrar a los amigos, para detenerse en un kiosko a comprar flores o para soñarse rico en las Galerías Pacífico admirando la fuente y los murales. Florida es abanico de Buenos Aires y su gente. Es inmigración, turismo, aventura, lujo, miserias, familia, mendicidad y todo al mismo tiempo. Pero es, y sobre todo, el lugar donde no hay un solo porteño que se sienta ajeno.

Por todo esto, mi Camino de la Luna Llena debe, imprescindiblemente, culminar en Buenos Aires. En esta ciudad que mi padre y mis abuelos eligieron como sino y a la que amo con todas las fuerzas de mi alma. En esta Buenos Aires tan grande y tan pequeña, tan magnánima y tan mezquina, tan refinada y tan vulgar, que hubiera merecido mejor destino que convertirse en cabeza agigantada de un cuerpo tan menguado por la política y la historia. Porque después de recorrer, aunque fuera brevemente, otros lugares y de haberme afirmado en mis raíces, tengo que declarar, para no traicionar mi verdadera esencia, que…

Antes de que sea tarde
quiero estar en Buenos Aires.
Espérenme, voy para allá.
Yo quiero estar …en mi ciudad.

Cati Cobas

miércoles, diciembre 10, 2008

Y ahora...una "yapa" fotográfica





Les ruego comparen las fotografías de la crónica "La medida de los sueños" con estas fotos que dejo aquí y que fueron tomadas por nosotros...¡Hasta siempre...!

208-Epilegómenos

Este “Camino de la Luna Llena”, a la medida de mis sueños, finaliza, y, no podía ser de otra manera, con una visita al pueblo de Ses Salines, el de Isabel, la pequeña pionera que se animó a cruzar el océano sola, hace casi un siglo, en pos de sus quimeras, convirtiéndose en mi abuela materna. Ses Salines es un pueblo pequeñito, también de piedra dorada. Papá hacía rabiar a su suegra diciéndole que su pueblo tenía una sola calle. Yo pude ver algunas más, pero no muchas. También me fotografié frente a su iglesia. Imaginé a la abuela haciendo calça o randa con sus hermanas, en la puerta de su casa o bailando alguna jota muy joven, en la plaza, junto a sus amigas.

De la mano de Apolonia, y con un Miguel ya reencontrado, habíamos orado por los abuelos y otros familiares, en su tumba, y hasta pudimos saludar a Guillem Bauçà, el escritor campaner autor de "Es Cor Xapat", que tuvo la delicadeza de venir a saludarnos, para luego llegar al mar y allí, cerca de la Colonia Sant Jordi, encontrarnos en Sa Rapita. Con Jorge nos miramos asombrados…¡Cuántas veces habíamos visto a mi papá feliz en Mar del Plata, mientras caminaba entre el Torreón del Monje y la Playa de los Ingleses - la Varesse actual-! ¿Así que Sa Rapita era el motivo inconfesado de su cariño por ese lugar? Las mismas rocas, que alguna vez le habían servido de trampolín cuando era joven, aquí, en Argentina, lo retrotraían a Mallorca pero había muerto sin decirlo. Sin contar cuánto había añorado él también, como los abuelos Marcial e Isabel, esa isla inolvidable.

Nos fotografiamos con los primos bajo un cielo y frente a un mar que lastimaban con un azul fortísimo. Sabíamos que eran ya los últimos abrazos hasta que la Vida dispusiera el reencuentro.

Después, todo fue tan rápido… la prima Magdalena, trayendo un primoroso mantelito en punto mallorquín bordado por su madre, como recuerdo y despedida, el almuerzo, el aeropuerto, más abrazos y alguna lágrima impertinente. Sebastià Jaume, jugando con el carrito de las maletas, Dolors y Pau en sus brazos, Juana, con Xisca y sus hermanas y la ilusión de un posible reencuentro en mi Argentina; también Toni, mi sobrino admirador de las montañas y Joana Aina, prometiendo venir pronto a visitarnos (esperemos que con sus papás y el Caballero), Sebastià, disimulando, inútilmente, sus emociones y hasta Joana Pol, una de las responsables de este camino a través de su Rincón Literario, con su libro, diciéndonos un ¡hasta siempre…! lleno de cariño.

El avión sobrevoló la isla y mientras la contemplábamos en el Mediterráneo, haciéndose cada vez más pequeñita, comenzaron a desfilar por mi corazón las imágenes que he dejado en estas letras. Las he escrito para ustedes: para los que me leen desde siempre y para todos y cada uno de los protagonistas de esta historia, comenzando por Jorge, mi compañero de la vida, en memoria de esos poquitos días en que pudimos decir “¡al fin solos!”. Las he escrito, además, en prenda de gratitud hacia todos los que nos brindaron su tiempo y su esfuerzo convertidos en el mejor recibimiento, en acogedor albergue, en agasajos, paseos, momentos felices, regalos y, sobre todo en el habernos hecho sentir plena y absolutamente en casa, tanto en Mallorca, como en la añorada Buhardillita madrileña.

Miquel, el mayor de mis primos en la isla, dice que mi presencia en sus vidas las ha revolucionado. Estoy de acuerdo, pero es éste un hecho que se da en absoluta simetría a ambos lados del Atlántico. Estamos aprendiendo todos a vivir entre dos mundos muy distintos…pero también, en este tiempo nuevo, a mirarnos a los ojos, a comprendernos y a disfrutar de todo de una manera diferente, más plena, más completa.

Jorge y yo ya nunca más podremos ser los mismos después de amanecer en aquella terraza inolvidable y de ver ponerse el sol en rojo, con la silueta del molino dibujada en el horizonte campaner. Esperamos que cada uno de los que ha seguido conmigo esta historia de mar y plenilunio, pueda llevar a su vida cotidiana el mensaje de alegría que he procurado trasmitir. El mensaje, en definitiva, de que cuando algo se desea fervientemente, se puede lograr, aunque parezca un imposible. Y yo deseaba así este encuentro definitivo con Mallorca, lo aseguro.

Todo queda para mí absolutamente claro. Luego de fotografiarme junto al nombre de mi padre, escrito en desafíos hace más de setenta años, en la piedra del molino familiar, y conservado merced al respeto que han tenido mis primos y habitantes de la finca para con nuestra historia, y a punto de convertirme en sexagenaria, he logrado lo que mucha gente no consigue nunca: saber quién soy y asumirme, de una vez por todas como una argentina y porteña cabal, pero orgullosa, muy orgullosa, de palpar junto a los suyos, la esencia misma de sus raíces mallorquinas y payesas.

Nunca mejor que ahora fueron dichas las palabras del poeta:

“¡Vida, nada me debes!
¡Vida, estamos en paz!*”

Cati Cobas

*Amado Nervo

207-¡Ay, Miquel!(Aventuras y desventuras de la madona y su consorte)

Consorte significa aquel que comparte su suerte con una o uno. Me gusta más que cónyuge porque esta última palabra refiere a compartir el yugo, a estar atado igualito que los bueyes al arado de la vida y me parece mejor para definir a quienes optan por continuar matrimoniados hablar de compartir la suerte que el yugo. ¿No les parece?

Claro que nuestra última mañana mallorquina puso a prueba las mieles esponsales para mis primos y anfitriones Miquel y Apolonia. ¡Y vaya si las puso! Estoy segura de que a mi prima le supieron a hiel en vez de mieles…

El día comenzó regularcito. Más bien pésimo. Mi estómago amaneció…un tanto “conturbado”. Siempre me ocurre eso cuando tengo que dejar un sitio en el que he sido muy feliz. Jorge y mis primos comenzaron a preocuparse tempranito pensando cómo tomaríamos el avión conmigo en esas condiciones, pero Apolonia, siempre eficiente, recurrió a su botiquín y en un rato me compuse.

Así fue como pudimos vivir la última sorpresa que Sebastià nos había preparado: ¡nos recibiría el Alcalde de Campos! ¡Menudo honor para nosotros ser recibidos por el Intendente del lugar de donde papá partiera!

Las casas de piedra dorada brillaban de modo muy especial en esa mañana bajo un diáfano cielo tan azul como el mar Mediterráneo de mi crónica anterior. Entramos a la Alcaldía con mucha emoción y saludamos al joven Alcalde, que fue amabilísimo, y nos acompañó para fotografiarnos con él, hasta el lugar donde se encuentra el retrato de Jaime II, el rey que más simpatías me produce debido a sus geniales “Ordenacions” (disposiciones por las cuales se entregaba a los vecinos una parcela en el pueblo y tierras de labranza en el campo aledaño al mismo), que hicieron crecer en su tiempo los pueblos y el campo de una manera muy importante. Recibí un hermoso regalo: dos libros, uno de los cuales valoré especialmente, ya que trataba de las “damas campaneras” y de alguna forma me hizo sentir, por un momento, una de ellas. También, un plato recordatorio, todo envuelto primorosamente.

Nos despedimos entusiasmados pero con cierto apuro, ya que corrían las horas y nos faltaba todavía una visita al Cementerio. No quería irme de Mallorca sin visitar la tumba de Miguel y Catalina, mis abuelos paternos.

Miquel, mi primo, anunció que iría en su coche a comprar tabaco mientras su mujer, mi marido, Sebastià y yo nos dedicábamos a recorrer algunos sitios emblemáticos del pueblo. Habíamos dado un paseo frente a la iglesia, visitado la biblioteca, la antigua escuela de niñas y algunos otros sitios importantes, cuando comenzamos a preguntarnos si Miquel habría ido a comprar tabaco a Cuba, ya que no aparecía por ningún lado. Casi era el mediodía y el sol apretaba de lo lindo.

“¡Ay, Miquel!” Comenzó a decir Apolonia muy bajito. Pero cada vez el “¡Ay, Miquel!” iba “in crescendo” a medida que esperábamos a mi primo, que no aparecía por ningún lado.

Comenzamos a buscarlo. En el estanco (algo así como nuestro maxikiosko) había estado, pero ya se había retirado de ahí hacía un buen rato. Buscamos a Miquel por todo el pueblo, pero nada: se lo había tragado la tierra.

Apolonia ya no decía “¡Ay, Miquel!” pero su rostro bermejo, su sudor, las chispas de su mirada lo hacían cada vez con más vehemencia. ¿Dónde había ido mi primo entonces? ¿Se había profugado cumpliendo la vieja historia del marido que salió a buscar tabaco una mañana y nunca regresó a su casa? Yo no podía creer que mi primo se hubiera esfumado en un sitio tan familiar como Campos. Y menos, que hubiera esperado a que vinieran los primos de América para cortar su yugo de más de treinta años. Perdón, su co-suerte, que no su yugo, disculpen los lectores. Estuve tentaba, lo confieso, de hacerle a Apolonia la referencia esa del marido y el tabaco, pero no me atreví porque cuando una madona está enojada o preocupada mejor es “no menealla”, lo aseguro.

El tiempo pasaba, el calor apretaba y Miquel no aparecía. Sebastià ponía su mejor cara filosófica. Ésa que pone cuando no quiere tomar parte de algún embrollo, mientras Jorge peroraba diciendo: “a mí me dijo que iba a comprar tabaco”, como si eso fuera un conjuro que nos devolviera al bueno de mi primo.

“¡Ayyyyyy, Miiiiquel!” Lloraba Apolonia, imaginando, a no dudarlo, a su marido en el Reino de los Cielos.

Por suerte, Dios se apiada siempre de los inocentes y en este caso lo hizo con nosotros. Estábamos por el centésimo “¡Ay. Miquel!” cuando pasaron unos amigos de mi primo con su coche, y al ver a mi prima en el estado en que se encontraba, ofrecieron dar una vueltita por el pueblo, y avisar por el móvil a la desolada consorte, que ya se imaginaba cuasi viuda.

Miguel no estaba precisamente en el Reino de los Cielos, pero sí en el acceso al mismo, ya que había entendido que debía esperarnos en la puerta del Cementerio, y ahí fue que lo encontraron sus amigos, muerto de sed, insolado bajo el sol el mediodía, esperándonos y diciendo a voz en cuello:

“¡Ayyyy, Apoloniaaaaa! ¿Se puede saber dónde te habías metido? ¡Si con esta madona nunca se puede vivir tranquilo…!”

Cati Cobas

lunes, diciembre 08, 2008

206-Mediterránea (de Sibilas, de mares y de huertos)

Mare Nostrum (Nuestro mar), así le decían los romanos. Buena denominación realmente porque yo también lo sentí mío. Y él decidió devolver ese sentimiento con tres regalos que nos hizo el domingo por la tarde. El Mediterráneo, del que alguna vez partieron los míos para América, fue para nosotros canto, agua y cielo. ¿Qué más podríamos pedirle?
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“Yo que en la piel tengo..
el sabor amargo del llanto eterno..
que han vertido en tí cien pueblos, de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul..
sus largas noches de invierno.”

J. M. Serrat


La palabra sibila proviene de un personaje de la mitología mediterránea, tanto griega como romana. Era una mujer con poderes para la profecía, inspirados por el dios Apolo. El nombre se extendió a otras mujeres con capacidad de profetizar. Tanto, que hasta Miguel Ángel pintó cinco sibilas en la Capilla Sixtina. Pero estas señoras de don profético no terminaron sus días inmortalizadas en un muro más o menos importante sino que tienen, aun en nuestros días, una vigencia renovada, a través de una antigua tradición propia de la Iglesia Católica pero eminentemente catalana.

En la Edad Media se tiene constancia de que ya existía el canto que lleva su nombre en diversas poblaciones como Barcelona
, Gerona, Vic y Tarragona así como en Montpellier, localidades donde se conservan fragmentos del texto. El Canto de la Sibila (el Cant de la Sibil·la en catalán) es un drama litúrgico y un canto gregoriano que se interpreta en las iglesias de Mallorca (entre las cuales destaca la Catedral de Palma) pero también, por esas cosas de la Historia, en la ciudad italiana del Alguero (en Cerdeña) la noche de Navidad. Fue declarado Bien Inmaterial de Interés Cultural por el Gobierno Español.

Y yo declaro, en este acto, “Bien Familiar de Interés Vocal” a mi prima Dolors, para darle así las gracias por el regalo de su Canto de la Sibila en la tarde del domingo de las cuevas. Nadie me lo dijo, pero presumo que El Mago tiene que haberse enamorado de la bella Dolors, al oirla cantar en la noche de Navidad en la Iglesia de Sant Julià, siendo casi una niña, y tendremos que admitir que a nosotros nos ocurrió otro tanto.

“La jorn del Judici
parra el qui haurà fet servici.
Jesucrist, Rei universal,
home i ver Déu eternal,
del cel vindrà per a jutjar
i a cada u lo just darà”.


El Juicio Final, con Cristo Rey, y lo que ocurriría al que no hubiera “hecho servicio” se nos antojaba inminente en esa voz tan especial y afinada que llenaba de emoción nuestros corazones. ¡Cuántas veces había aprendido de mi abuela sobre el Canto de la Sibila! ¡Y en esa tarde, aunque no fuera Navidad, nosotros teníamos la gracia de que se nos cantara en exclusiva! Todos los que vivimos el privilegio de esa tarde, la recordaremos de modo muy especial, estoy segura.

Dolors: tu regalo resonará en mis oídos en ésta y en las próximas Nochebuenas, en que estaremos separadas por el mar. Desde aquí, me parecerá volver a tenerte cerquita, uniendo las manos para cantar con tanto amor, sumado a tu bellísima voz, el antiguo y tradicional Canto de la Sibila solo para nosotros.
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“Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea,
jugando con la marea te vas, pensando en volver,
eres como una mujer perfumadita de brea
que se añora y se quiere, que se conoce y se teme.”

J. M. Serrat

¿Cómo nos íbamos a ir de Mallorca, a finales del verano sin un buen baño en la playa de Es Trenc? Esa playa que la gente campanera ha logrado conservar agreste no sin pocas luchas frente a los deseos “constructivos” de muchos inversores. Otra vez llegamos a ella en rebaño, aunque un poco reducido y ya sin la presencia de Catalina, que había debido regresar a Suiza.

Claro que el mar nos preparaba una sorpresa porque, pese a la excelente fama que toda mi familia le había hecho, había esa tarde tanto viento que me pareció estar en pleno verano de Punta Mogotes aunque con una caldera para entibiar el agua. Fue una pena que los domadores de montañas no fueran de la partida ya que se perdieron la oportunidad de ver un elegantísimo revolcón de esta escritora, que debió ser rescatada de las aguas por su marido y su primo, los que consideraron seriamente la contratación de una grúa destinada a tal efecto. Ya se sabe que cuanto más se ríe uno, más pesa y en mi caso, ya estaba por la tonelada. No obstante, me quedaron ganas de volver a disfrutar de la playa y el mar con más tiempo, porque sólo el placer de bañarse en agua tibiecita y en compañía de los míos, valió el revolcón del que fui objeto.
Eso sí, no puedo dejar de hacer mención sobre un hecho que a una argentina todavía le resulta un tanto asombroso y es el ver tantos señores y señoras en traje de Adán, lo que para nosotros todavía es novedoso, por lo menos para aquellos que veraneamos en lugares “populares” como mi querida Mar del Plata.

Espero que la próxima vez, el Mediterráneo calme sus impulsos, y me deje disfrutar de él manso y azul como todos lo cuentan.
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“A tus atardeceres rojos..
se acostumbraron mis ojos..
como el recodo al camino.”

J. M. Serrat



Comenzaba a atardecer cuando llegamos al huerto de Sebastià y Dolors. Esa tarde noche en el llano campaner estaba preñada de silencio, igual que aquella primera mañana en la casa donde viviera mi papá, aquella del muro con su nombre.

No olvidaré nunca la silueta del molino recortada en el horizonte, el perfume de la tierra, la sencilla pero acogedora casa, bien payesa, con el eco de las voces alegres de los chicos. Sebastià Jaume recogió para mí frutos en un frasco, y los tomé agradecida por el gesto, deseando que él también recordara la visita. Saludamos a Boira, la burrita, en su pesebre, coseché tomates de racimo. Ya comenzaba a extrañar y todavía no habíamos partido.
Frente al atardecer rojo, al atardecer mediterráneo en pleno campo mallorquín, sentí que por fin se cerraban todas las añoranzas. Supe cuál era mi otro lugar en este mundo, aunque lo hubiera podido vivir apenas unas horas. Me hubiera quedado mucho tiempo más en la tierra roja mientras contemplaba la luna plateándolo todo.

………………………………………………………

Y ahora aquí, en esta Buenos Aires tan diferente de Mallorca pero tan mía también, siento que esta vez seré yo quien le hable al Mediterráneo para darle gracias por su canto, sus playas, sus perfumes y sus atardeceres rojos. Seré yo la que le diga, parafraseando a Serrat, que de ahora en más llevaré su luz y su olor por donde quiera que vaya en memoria de mi inolvidable camino de la luna llena, frente a sus aguas eternamente azules.

Cati Cobas

miércoles, diciembre 03, 2008

205-…¡No hay nada más lindo que la familia “unita”!

En Argentina, en la radio primero y luego en la televisión, se trasmitieron, desde tiempos inmemoriales, simpáticas comedias que tuvieron por tema “La familia”. Desde “Los Pérez García” a “¡Qué pareja!”, en la querida Radio El Mundo, y desde los Benvenutto o los Libonatti, a los Campanelli en la tele, nos acostumbramos a convivir con todos esos personajes representativos de “la familia argentina”. Precisamente, Don Carmelo Campanelli era el que, después de todo un capítulo de discusiones y problemas familiares, remataba el programa con la frase del título, frase que es ya parte de nuestro inconciente colectivo y que representa fielmente una de las mejores características que tenemos: el ser “familieros”, a pesar de todo con algo de “tanos” aunque provengamos de la Península Ibérica o del Chaco Paraguayo.

Ninguna frase mejor que ésta para titular el domingo en que los Covas paseamos en patota, en rebaño, amuchados, todos juntos, “unitos”, bah, durante casi todo el día, recorriendo algunos lugares importantes para nosotros como familia y otros, famosísimos en el mundo por sus características únicas. Ya verán ustedes.

No eran las ocho de la mañana cuando esta servidora ya estaba levantada y presta para comenzar el que sería el último día completo en la isla. En puntas de pie salí de la habitación en la que Jorge descansaba (la verdad es que juzgué unilateralmente que se merecía un sueño un poco más prolongado después de las emociones de la víspera y del día que tendríamos por delante), y junto a los dueños de casa y sus hijas, el Caballero, el Mago, con sus padres y sus hijos, mi tocaya helvética y los tres jóvenes domadores de montañas, partimos con rumbo a “Las Cuevas del tío Tomás”.

Se preguntarán ustedes de qué cuevas se trata; por qué no se las conoce como tales en ningún manual de Geografía. Pues porque son solamente patrimonio familiar, si bien no nos pertenecen. Los terrenos son propiedad de un señor que lleva nuestro mismo apellido por otra rama familiar. Él nos permitió visitar esas cuevas en sus dominios y también recorrer su hermosa casa de campo -bien mallorquina por cierto pero puesta al día con un buen gusto absoluto, lo aseguro-. Querrán saber de dónde surgieron las benditas cuevas. ¿No? Una vez conté a mis primos que Tomás, mi papá, recordaba unas cavernas donde se guarecía, mientras cuidaba las ovejas del rebaño familiar, y ellos se propusieron encontrarlas, hallándolas, en medio de la “garriga” (el monte) perteneciente a la finca de nuestro familiar homónimo. Desde entonces hicimos planes para visitarlas, y ese domingo vivimos el paseo como una especie de peregrinación, con algo de homenaje silencioso. Un párrafo especial merece aquí mi tía Jaumeta. Debieran haberla visto, abriéndose paso sin ayuda por los caminos escarpados y espinosos que nos llevaron a las cuevas. Ágil, inteligente para pisar las piedras, para encontrar un huequito allí, en medio de unas ramas, para deslizarse, liviana, cuando convenía, nos maravilló a todos, llenándonos de admiración.
Nadie lo dijo (los mallorquines no tienen un argentino estómago resfriado como el mío) pero pude leer emoción en los rostros de todos los que llegamos a esos lugares escondidos en la maraña vegetal del monte campaner. Sebastià Jaume tiene ahora la edad en la que papá se guarecía en esos sitios, pasando, alguna vez, la noche y en el hijo de mi primo nos pareció ver -estoy segura- a aquel que me dio la vida, añorando los destinos de papel y lápiz que intuía lo esperaban en Argentina, mientras sentía, quizás, miedo y soledad. Aunque, pensándolo bien, tal vez esas vivencias lo hicieron trabajador, decidido, valiente y positivo en el futuro, tal como yo lo conocí. No pueden comprenderse en el hoy las costumbres del ayer y mucho menos juzgarlas. Quizás, si algunos jóvenes pasaran actualmente alguna noche en esas cuevas, cuidando a sus ovejas, sería más fácil acompañarlos en la verdad y el bien, pero hay que rendirse a la evidencia de que el sitio y sus historias pertenecen a otros tiempos, otras formas de vivir y vincularse. Ni mejores ni peores. Diferentes.

Ilustraré la crónica con varias fotos de Las Cuevas del Tío Tomas. Les ruego las amplíen y observen la multitud de esferas de luz que nos acompañaron. ¿Ilusión óptica? ¿Fantasía? ¿Nuestros antepasados? ¿Los ángeles? Que cada uno decida por sí de qué va la cosa esta de los orbes. De lo que estoy segura es de que no podrán sustraerse al misterio, queridos amigos, ya que nuevamente digo que pertenecen a cámaras fotográficas distintas.

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La casa de nuestro primo T. merece un párrafo especial y voy a regalárselo. Creo que nadie salió indemne de la visita porque todos nos fuimos con ganas de tener una como esa. ¡Qué preciosidad! Se trataba de una casa mallorquina, una de esas que se hacía sin arquitectos, por supuesto, bien de campo, hecha de piedra, construida a medida de las necesidades y sin un plan muy específico, pero llevada a nuestro tiempo con el exquisito buen gusto de I., la dueña de casa. Arco tradicional en la sala, cocina de campo inmaculada, muebles bien mallorquines, oscuros, torneados. Cortinas y ropa blanca más que limpias. Y una piscina bordeada de buganvilias y glicinas, como para no moverse de ese sitio paradisíaco más que lo imprescindible. El lugar conservaba, además, fogones originales, al igual que los maderos de la techumbre. Para sacarse el sombrero por sus dueños que han sabido devolver la vida a la simple nobleza de una vivienda rústica payesa, y que, generosamente me permiten compartirla con ustedes.

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Imaginemos ahora el paseo: varios coches haciendo caravana, y quien esto escribe procurando dedicar un ratito a cada grupo familiar mediante el recurso de cambiar de coche en cada tramo. Fotos, risas, bromas, emociones, comentarios…Un domingo de ensueño para aquella que volara de tan lejos, no lo duden.
Y para que también pudiera vivir, ya descansado, la alegría de todo lo que todavía nos depararía la jornada, fuimos a buscar al que todavía estaba (suponíamos) durmiendo el quinto sueño. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa al hallarlo un tanto…¿sorprendido? por haberse despertado y encontrarse encerrado en la casa, acompañado solamente por la perrita de Apolonia que le ladraba confundida gracias a las decisiones inconsultas de esta servidora! ¡Menos mal que era mucha la alegría porque iniciar trámites de divorcio allí en Mallorca hubiera resultado costosísimo!

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Al integrarse mi Robert a la caravana, también lo hizo Dolors, la esposa de Sebastià, con lo que realmente pudimos vivir unas horas de plenitud y diversión francamente especiales.

¿A dónde fuimos? Pues derechito las Cuevas del Drach, en Manacor, uno de los sitios emblemáticos de Mallorca. Claro que la familia unita andaba un tanto distraída, ya verán.

Sebastià Jaume nos lo advirtió pero no le hicimos caso: “Por aquí no es, yo vine hace poco con la escuela”, decía preocupado. “¡Niños!”, dijimos todos.

¡Por “ahí” no era! Pero ya estábamos a la entrada de las cuevas de Porto Cristo, las Del Hams. También con estalactitas y estalagmitas, también bellísimas, pero eso sí: demasiado “alemanas” para mi gusto y además, carísimas.

No obstante, me encantaron. Ambientadas con una iluminación teatral nos hacían rendir culto a la Madre Naturaleza porque las formaciones eran increíbles. Y tuvieron, además, el valor agregado de nuestro espíritu festivo inspirado por una también sajona locutora melíflua que describía los lugares “gota a gota”.

Contemplemos, amigos las escenas: la familia mallorquina un tanto amoscada por habernos confundido de cueva, más lo costoso de la entrada, sumado a una densa introducción filmada sobre Julio Verne, que mucho no tenía que ver con lo que íbamos a visitar pero que servía para justificar el precio de la misma, más la voz empalagosa que nos guiaba por el lugar explicando cada medio segundo que esas cuevas habían sido creadas “gooootah a goootahhh” por los depósitos calcáreos filtrados en la roca y agreguemos a todo esto las risas que la Reina y la Adelantada nos provocaban con sus comentarios pícaros sobre lo sexie y sugerente de la locución y tendrán una idea del caos que los Covas provocaron en el lugar. Risas, carcajadas, todo un mundo de diversión a costa de las cuevas que en sí eran increíbles pero que con el valor agregado de nuestro buen humor se tornaron inolvidables y, a pesar de todo, baratísimas si juzgamos cuánto nos divertimos a su coste.

La cara de Toni y de María cuando Ángela solicitó, a la salida, una grabación de la señora “Gota a gota” para que le sirviera de fondo en algún “tete a tete” con el pintor de La Buhardiiiillita no tuvo parangón. Debimos huir del lugar antes de que los guardias nos corrieran recordándonos a la Gestapo de modo contundente.

Han pasado casi tres meses de ese día pero todavía resuenan en mis oídos –y supongo que en la mayoría de los que formamos aquella “patota” (troupe) bullanguera y familiar-
los ecos de nuestras carcajadas.
………………………………………………………..

Creo que ya estarán ustedes agotados…¿Verdad?
Descansen un ratito durante el almuerzo que nos esperaba en casa de Sebastià y Dolors. Decir que estaba delicioso es poco. Los sabores del mar preparados con donaire nos resultaron exquisitos. Tanto como esas horas en que gran parte de la familia pudo disfrutar de la felicidad de recorrer Mallorca en rebaño armónico y alegre, seguramente inolvidable también para Pau y Sebastià Jaume, los más chicos.

Tal vez por eso, este último nos regaló un concierto de violín en el que toda la familia se sintió orgullosísima de su arte y nosotros, los visitantes mucho más, por supuesto.

La tarde continuó en la playa, pero eso y un don particularísimo de Dolors hacia nosotros, será motivo de la siguiente crónica.

Por ahora, nos deberemos conformar con estas líneas que dedico a todos los que vivieron aquellos momentos tan hermosos…gota…a …gota…

Cati Cobas

lunes, diciembre 01, 2008

204- El almendro florecido

…………………
“Aquel que brotó
y el tiempo pasó....
Mitad de mi vida
con él se quedó.
Hoy bajo su sombra
que tanto creció....
Tenemos recuerdos...
Mi árbol y yo.”

“Mi árbol y yo” Letra y Música de Alberto Cortés


Desde que nos encontramos, en el año 2007, con Sebastià, mi primo profesor, catalanista, agricultor y poeta, dedicamos una parte de nuestro tiempo a armar nuestro árbol genealógico con valiosos aportes realizados por Miquel, el mayor de los primos mallorquines. Él atesoraba nuestra historia, y la entregó con generosidad absoluta para que el arbolito pudiera crecer como se debe.

Entusiasmada por los logros con mi familia paterna, decidí hacer otro tanto con la de Aurora, mi mamá, y así fui recuperando a Juana y su familia, como feliz herencia del abuelo Marcial, y a Apolonia, sobrina nieta de la abuela Isabel, aquella que viniera a América con su pañuelo de seda con claveles y su eterna nostalgia mallorquina.

A partir de ahí, y para que nuestra visita a la isla fuera definitivamente inolvidable, mi primo, el Mago, tomó su varita (que a veces se transforma en la de director de orquesta) y dirigió para nosotros una fiesta definitivamente perfecta. Perfectísima.


Todo empezó con la chistera y el conejo. Mejor dicho…una conejita (y no de Play Boy, ojo…). No hacíamos más que llegar a Campos cuando se nos acercó Catalina, mi prima radicada…¡en Suiza! , de donde voló para participar en esa cena que su hermano había pergeñado hasta el mínimo detalle. Imaginen, amigos, los abrazos, las sonrisas, la alegría de estar juntas tal como lo habíamos imaginado a través de nuestras cartas. La dicha de reconocerse en alguien a quien uno no vio nunca pero que se siente tan cercano.

No me había repuesto todavía cuando al llegar al restaurante, ahí mismo, en plena acera, comienzo a ver rostros femeninos que, a pesar de no ser conocidos, me recordaban a la abuela Isabel. Y no era uno sino varios. La picardía de unos ojos, la sonrisa de otro rostro, aquella nariz un tanto respingada, el color de la tez. De la familia de Isabel no esperábamos más que a Apolonia…¿Quiénes eran aquellas que tanto me recordaban a la abuela? Comenzaron a surgir los nombres y el asombro consiguiente. ¡Cuatro primas hermanas de mamá! ¡Cuatro hijas de hermanos de la abuela Bet habían venido a conocernos! ¡No me daba tiempo a abrazarlas, a disfrutar de esa alegría! Jorge contemplaba la escena con ternura. Habíamos viajado tantos miles de kilómetros pero ¡qué gloria la de ese instante! A ellas y sus esposos se sumó Apolonia, la sobrina con quien mamá mantuviera contacto epistolar hasta enfermarse, con su familia, por supuesto.

¿Cómo no dar gracias a la Vida? Estaba pensado cada detalle, lo aseguro. Porque hasta la música nos dio una bienvenida sumamente original, verán ustedes. Al entrar al salón, que era precioso, escuchamos una voz muy conocida. ¡Sí! ¡Mi admirado Ignacio! Ignacio Copani cantaba una tarantela familieramente argentina:

“La familia es un típico clan
comparte la risa, la bronca y el pan.
La familia es la copia más fiel
parece la tuya, la mía y la de él.
La familia: un pequeño país,
si está bien unida puede ser feliz.
La familia te invita a pasar
en las buenas y en las malas
siempre va a hacerte un lugar…”


Y ahí nomás aparecieron todos… Mis primos Covas y sus familias, Juana con sus hermanas, acompañadas por Xisca, la bella muchacha que vivió junto a ellas y a nosotros cada uno de los momentos que pudimos compartir y “los Serra”, la familia de mi abuela paterna, que son verdaderamente multitud y que también quisieron estar presentes en esa noche inolvidable.

¿Cómo es descubrirse en otros? ¿Cómo se cuenta la sensación de reencontrar el rostro de tu padre en el del papá de Tomás, mi primo de chats y complicidades cibernéticas? ¿Cómo hablar de gestos, de miradas, de tonos de piel y de sonrisas recién amanecidas pero conocidas desde siempre?

Un regalo de la Vida. No hay otra forma de definir lo que vivimos aquella noche, en Campos, con la luna llena que nos espiaba por la ventana.

Y…¿Saben una cosa? No lloré una sola lágrima. Fue tanta la dicha que sólo risas y felicidad me despertaba cada instante.

Sé que la comida fue exquisita. Lo sé porque Jorge me lo dijo y porque me di cuenta al saborearla, pero mi buen sabor de boca era “de adentro”. Desde el fondo de mi corazón agradecido. En recompensa, convidamos a todos con un souvenir argento, una tableta de dulce de leche, con una tarjetita alusiva, que Sebastià Jaume nos ayudó, con entusiasmo, a disponer y que fuera recibido de tal modo que consideramos seriamente en la posibilidad de convertirnos en exportadores de ese manjar tan rioplatense.

Hubo brindis y bellas palabras que mi Robert dirigiera al auditorio y también otras, muy sentidas de Sebastià, proponiendo una etapa nueva, de amistad y reencuentro, para todos.

Cuando me llegó el turno solamente pude deshacerme en gracias. En el recuerdo de aquellos que de Mallorca partieron para construir su vida en este lado del charco y que me dejaron tanto amor por su isla, por su gente. Por esa gente que esa noche había decidido regalarme, regalarnos, su presencia, para trazar, simbólicamente, un árbol de amoroso reencuentro.

Hace pocos días, recreándome en las fotografías, descubrí a los orbes que sobrevolaban las escenas y pensé que realmente debían ser los ángeles de todos los que nos antecedieron los que esa noche estuvieron ahí, presentes. No hay otro modo de interpretar la luz en burbujas que sobrevuela las imágenes.

Y eso fue con seguridad lo sucedido.

Tal vez por eso he decidido contar desde un almendro. Desde el árbol que define la esencia misma de Mallorca.

Es que el almendro del árbol familiar trasplantado a América floreció en la Roqueta esa noche, en el blanco más puro que se pueda imaginar, aunque en teoría no fuera ése su tiempo de donarse en flor, ya que el reencuentro ocurrió, paradójicamente, a finales del verano, en una noche de luna redonda y luminosa, una cálida noche de mediados de septiembre, en la que nadie -ni los que ya no podían estar de pie junto a nosotros- quiso perderse, por nada del mundo, un instante para siempre.


Cati Cobas

sábado, noviembre 29, 2008

203-Brevísima reseña de Bellver

Rotundo significa redondo. Pero también terminante, definitivo, concluyente, preciso, concreto y muchas cosas más. Así nos pareció el gótico Castillo de Bellver, uno de los pocos castillos europeos de planta circular, al que recorrimos admirando su contundencia y originalidad, así como también las vistas increíbles de las que se disfruta desde sus terrazas. Esa bahía de Palma extendida a nuestros pies era algo que no podía perderse. No gratuitamente su nombre significa “bella vista”, admitámoslo. Las primeras y calurosas horas de la tarde nos sorprendieron en ese lugar tan particular, construido entre los años 1300 y 1311, para Jaime II de Mallorca, por el arquitecto Pere Salvà, que también trabajó en el palacio de la Almudaina . Pudimos admirar todo lo que la piedra de Mallorca significa como forma de definir arquitectura ya que se dice que el castillo que en algunas épocas combinó su destino como lugar de defensa con el de alojamiento de reyes se edificó principalmente con las piedras del mismo lugar en que está emplazado y parte que se buscó en canteras cercanas. ¡Menuda y ciclópea tarea la de quienes lo levantaron! ¿No? Y menudo goce el de los sentidos aún en un edificio tan despojado al recrear los ojos en el dorado de los muros.

Acompañados por Ángela, que se unió al grupo poniendo siempre la nota dicharachera, subimos y bajamos escaleras, espiamos por ventanucos increíbles y contemplamos la historia de Palma en una interesante exposición pero, reconozcámoslo: nuestro turístico cuerpito clamaba por una cama. Es más, me hubiera conformado con el jergón en el que durmió Gaspar Melchor de Jovellanos ahí mismito, durante su encarcelamiento. Sepan, amigos que Bellver desde el Siglo XIV ha funcionado como prisión infinidad de veces. Y esa tarde Jorge y yo no hubiéramos visto tan mal que nos facilitaran un lecho parecido al de la Reina Violante o los reyes Jaime e Isabel después de la batalla de Lluchmajor.

Es que Cayian, agotado como yo, ya no se parecía a Robert Wagner para nada. Más bien al Chapulín Colorado después de que se auto infligiera un garrotazo porque con el calor sudaba y enrojecía a más no poder. Y lo mismo podía decirse de Juana y Apolonia. Hasta los jóvenes parecían en estado cataléptico luego de tanto caminar. ¡Y pensar que debíamos estar listos, frescos y radiantes en pocas horas porque esa noche se celebraría una cena en nuestro honor! Cena que reuniría a todas las ramas de mi árbol genealógico, en algunos casos en forma absolutamente impensada, por supuesto. Mi primo el Mago, es experto en sorpresas y esa noche tenía unas cuantas en la galera y hasta un conejito blanco escondido por si acaso.

Volvimos al huerto de los primos y bastó una merienda mallorquina, una ducha y los buenos oficios de la Adelantada, mi maquilladora personal, para dejarme como nueva. Lista para ver en acción la galera o chistera que Sebastià había estado disponiendo con tanto cariño y tanta habilidad también.

En cuanto a Robert: una aspirina y un baño, sumados a las emociones que se intuían, obraron el milagro.

Porque… ¿Qué otra cosa que un milagro puede ser lo que ocurrió allí esa noche en Campos, el pueblo del que partiera mi papá en 1936? En ese pueblo vecino, justamente, a Ses Salines, aquél del que se fuera la abuela Isabel recién comenzado el Siglo XX?

Eso, amigos, de sorpresas y milagros versará la próxima crónica…Los espero


Cati Cobas

miércoles, noviembre 26, 2008

202-La mañana de la pamela blanca (O cómo acercarse con elegancia a la Ciudad de Palma y sus encantos)

La verdad sea dicha: en este camino de la luna llena no faltó nada. Más completo: imposible. Parece como un milhojas de dulce de leche. Esa factura de hojaldre que en una sola pieza permite reconocer un sinnúmero de hojitas deliciosas componiendo el todo. Y cuando digo que no faltó nada es porque no faltó nada. El sábado, en particular, fue un día tan lleno de vivencias que no sé cómo haré para no cansar a los lectores.

Comenzamos la jornada tempranísimo, con un viaje a las entrañas mismas de la mallorquinidad porque fuimos con Apolonia a conocer a sus papás. No voy a publicar fotos de esa visita porque fue algo para atesorar en un rincón del corazón y nada más. Pero no puedo dejar de comentar mi admiración por esa gente y por su casa de piedra ubicada en un lugar de privilegio, ya que el terreno presenta relieves que lo hacen sobremanera pintoresco. Mi admiración, digo, por quienes la habitan y revelan a través de ella y sus objetos, con la más elegante austeridad, su amor al trabajo y a la tierra, a las cosas simples de la vida, a ésas que muchos se empeñan en olvidar. Los higos de tuna, las flores, las hortalizas, la vid, el pan casero, aquel reloj de madera oscura y las fotos de los hijos y los nietos no hacen más que definir a quienes hicieron de Apolonia una madona mallorquina con todas las de la ley. Me felicito de haberles dado un abrazo, aunque haya sido apresurado, porque no voy a poder olvidarlos así nomás, se los aseguro.

Del pleno campo mallorquín, atravesando caminos de tierra que harían las delicias de mis sobrinos Toni y Pere, a los que les gusta la aventura en bicicleta, partimos, junto a Apolonia y en su batimóvil, a la Ciudad de Palma donde nos esperaban Juana, la dueña del jardín, y Ricardo y Joana Aina, todos dispuestos a colaborar para que Jorge y yo nos adentráramos en la ciudad y sus secretos.

Para su conocimiento, y porque hace al meollo de esta crónica, les comunico que, teniendo en cuenta el calor reinante, esta servidora había resuelto coronar su testa esa mañana con un sombrero blanco, con visera, comprado en Soller para no sufrir el sol en el barquito que nos conduciría a Sa Calobra. Dicho adminículo, lejos de provocar la admiración de mi cónyuge como hubiera sido dado esperar, provocaba en él (y no sé si también en el resto de nuestros acompañantes, que por educados se abstuvieron de risitas), un mohín un tanto molesto, un frunce del labio superior, que podría considerarse algo así como una expresión burlona, (de “¡¡¡jujujuju!!!!”, admitámoslo sin dilaciones). Expresión que decidí ignorar en pos de preservarme de posibles insolaciones, que hubieran arruinado nuestros últimos días en la isla, razón por la cual deseché “jujús” y miradas risueñas, procurando llevar mi gorra como si fuera la más elegante capelina o pamela, digna de la infanta Cristina la que, por si no lo saben es, desde su boda con Iñaki de Urdangarín, nada más y nada menos que la Duquesa de Palma de Mallorca, según designios de su augusto padre, el rey Don Juan Carlos de Borbón.

Permítanme pues, tocada con mi airosa pamela blanca, honrar a Palma a los pies de su Catedral y, desde el Parque de Mar, contemplarla reflejada en el estanque, mientras doy gracias a Dios por habernos permitido llegar ahí y entonces.

Permítanme, digo, ascender hacia ella y pisar, emocionada, sus pisos de piedra, mientras el corazón se eleva, acompañando las columnas góticas, hacia los vitrales que conmueven por su belleza y elegancia. Permítanme contemplar, absorta, el baldaquino de Gaudí sobre el altar mayor para comprender a la abuela Isabel cuando decía que “com la Seu no n’hi ha” (Como la Catedral de Palma no hay nada parecido). Y, permítanme, además, tomarme la licencia de decir que el aporte de Miquel Barceló en la Capilla del Santísimo hace que me transforme en una ignorante supina acerca de los beneficios que su arte ha aportado a la bellísima Catedral del Mar. A mí, déjenme el gótico limpito, con sus “colorines” tan “molestos” y no toda esta parafernalia cerámica y estos vidrios anodinos, que han venido a reemplazar una genuina obra de arte de todos los tiempos por otra que, quizás mis nietos reverencien, pero que a mí me duele en lo más hondo.

Y ahora, salgamos de las esferas celestiales y caminemos por las calles cercanas a la Seu espiando patios señoriales., tan elegantes como la mejor capelina de verdad, que no la mía. Pienso en la noble generosidad de los dueños de esas casas que permiten espiar en ellas a través de las rejas, haciéndonos imaginar carruajes y señoras en tiempos del siglo XVIII Y XIX y, en algunos casos hasta comienzos del Siglo XX. ¿Cómo si no podríamos deleitarnos con esos arcos que anteceden al espacio abierto, arcos extraordinariamente rebajados que aligeran la estructura, diseñados con gracia y originalidad mallorquinas? ¿Dónde veríamos esos patios, versión balear de la tradicional “logia” romana, obrando como núcleo del edificio, esas escaleras tan especiales, protegidas por la presencia del hierro forjado en barandas y rejas emblemáticas? El dedo se me acalambra al disparar en pos de las mejores fotografías de esos patios, me animaría a decir, tan exclusivos de la Isla de la Calma.

Decididamente, hace falta más de una mañana para conocer a fondo una ciudad tan bella como la capital de la isla de Mallorca, por eso nos limitamos a la zona que hace siglos estuvo rodeada de murallas, pero nuestros acompañantes y nosotros estábamos decididos a extraer lo mejor de su esencia en cada calle, cada plaza, cada espacio urbano que, al igual que los paisajes de la isla, se mostraba cambiante todo el tiempo, dada la esencia medieval del trazado de la zona que recorríamos.

Así, sorprendiéndonos con los puestos de flores de La Rambla, en los que nos parece rarísimo encontrar coronas fúnebres -que en Buenos Aires deben encargarse ex profeso en florerías-, junto a bellísimos ramos multicolores, sigamos hasta la Plaza Mayor, recia y austera y continuemos, acompañados por las voces de la Reina y su honorable Caballero, así como por la presencia alegre de Juana y Apolonia, recorriendo la ciudad, sus magníficos edificios modernistas -que nada tienen que envidiarle a la Ciudad Condal del Trencadís-, pasemos por la Plaza de Cort, con un olivo antiquísimo en el que me fotografío con las primas, cumpliendo uno de mis sueños, y lleguemos a instancias de Joana Aina, a la Iglesia de Sant Francesc para hacer honor al título de esta crónica sin más dilación. La reina insiste en que no podemos perdernos el magnífico claustro de esta Basílica, pero, en realidad, su insistencia obedece a que ella desea que su tía nueva, o sea yo, tenga ocasión de lucir su modernísima pamela blanca con visera en un evento de carácter internacional como aquel en el que estamos destinados a participar. No…si cuando yo digo que en este viaje no faltó nada es porque no faltó verdaderamente…Porque, sepan, amigos, que el bellísimo claustro de Sant Francesc, con sus esbeltas columnas y sus arcos lobulados que rodean un jardín espléndido, eran, junto a la iglesia propiamente dicha, original del Siglo XIV, escenario de una boda rumbosísima, esplendorosa, rimbombante…¡Y nosotros, ahí, en medio de ella procurando alisar nuestras sudadas camisas y jeans para estar a tono con las sedas, los brocatos, las plumas y las gasas más finas que haya visto nunca! ¡Qué nivel! Los invitados posan y conversan sobre los novios y así nos enteramos de que el que acaba de dar el “sí” es el entrenador del tenista Roger Federer quien también está presente en la celebración. ¡Menos mal que llevo mi pamela justo en el momento en que los fotógrafos de la revista Hola nos enceguecen con el flash! Lo único que me desconcierta un poco es la cara de repugnancia de las damas del casamiento al comparar mi sombrero con el suyo. ¡Habráse visto descaro y atrevimiento! Si nada tiene el mío que envidiar a sus tocados. Puede competir con la mayor elegancia en cualquier cancha. Sobre todo en una de césped o polvo de ladrillo, aceptémoslo, pero al fin y al cabo… ¿No es gente del tenis la que ahí está reunida? ¿A qué tanto disgusto con mi modelito? Yo sigo en medio de las elegantes señoras, muy segura de mí misma, cuando Apolonia y Juana desaparecen sutilmente, como dos damas mallorquinas que se precien. Joana Aina y Ricardo sugieren un refrigerio y mi marido, decididamente, hace mutis por el claustro, porque foro no hay por más que todos estén tan emperifollados como en una representación de gala en el Colón o más.

Comprendiendo que apreciar el verdadero “charme” no es para cualquiera, aunque se provenga del “jet-set”, me uno al grupo familiar para completar nuestro periplo palmesano con un recorrido por el Paseigg des Borne y sus fuentes de reminiscencias árabes hasta llegar al Mediterráneo que reverbera en azules increíbles.

El Castillo de Bellver nos está esperando, altivo, en la lejanía. Seguramente él si sabrá apreciar la elegancia de mi sombrero blanco. Aunque…bien mirado…noto un guiño un tanto burlón en aquella ventana de la torre…

Cati Cobas

viernes, noviembre 21, 2008

201-La noche del arcángel


“¿Cómo hacer que acepten una idea como la del ángel? En un mundo tan apegado a lo que se toca y lo que se ve, ¿cómo encontrar las palabras justas para que quede en claro que algo tan espiritual como el ángel es una realidad concreta y cotidiana? ¿Cuál es la manera de relatar algo tan impresionante y real sin parecer un fulano que da cátedra, sin ponerme pesado con la teología, hallando las frases que sean no sólo comprendidas sino aprendidas y útiles?”

Víctor Sueiro, periodista y escritor argentino (El ángel, un amigo del alma)


La noche no se vislumbraba muy seráfica, precisamente. Eran más de las ocho y Apolonia -la mamá de la Adelantada y de la Reina, para no entrar en confusiones con tantas Apolonias mallorquinas- y yo volábamos por la carretera que une Palma con Campos después de despedirnos del jardín de Juana. Ella había tenido la idea de invitar a todos los primos Covas a una cena en su casa que es, ya lo saben, el huerto donde todos nuestros padres vivieron en Mallorca junto a los abuelos Miguel y Catalina. El celular (o móvil) de mi prima bramaba sin descanso. Su esposo clamaba indignadísimo por su cónyuge y madona de la casa. Mi primo echaba chispas (a pesar de que tiene un natural no sólo bueno sino bonísimo, justo es decirlo). Su mujer había osado hacer el convite pero por acompañarme en la visita a casa de Juanita no había dispuesto todavía la cena, y ¡estaban llegando los primeros invitados! ¡Habráse visto atrevimiento! Apolonia conducía su coche de modo tal que lo hacía parecer un batimóvil porque los neumáticos ni siquiera rozaban el asfalto y, mientras tanto, se iba poniendo colorada. Bueno, primero, colorada, después, verde, azul, violeta y amarilla. A su lado esta servidora, que vivía la situación como una Heidi 2008 pero sin su Pedro - mi Robert Wagner se encontraba en el mismo huerto de mis primos pero descansando de su ajetreada vida de turista, en brazos de Morfeo, y ajeno completamente a los apuros y reclamos de Miguel hacia su consorte a punto, admitámoslo, de dejar de serlo-; esta servidora, decía, procuraba calmar a la conductora y tranquilizar al dueño de casa al borde del ataque de nervios, explicándole que la cena estaba fríamente calculada por mi prima, que todo estaba previsto y que con que las chicas pusieran la mesa era más que suficiente.

Después de tantos dimes y diretes pacificadores, Miguel se calmó un poco y dicen los que saben que se dedicó a recibir a las visitas mientras Joana Aina y Ángela ponían la mesa y preparaban las vituallas. Dicen también que ahí fue cuando apareció mi Robert totalmente ajeno a los ajetreos y disgustos y con una expresión serena y renovada por la siestita, expresión que contrastaba francamente con el rostro un tanto ¿crispado? del bueno, bonísimo padre de las chicas.

La luna estuvo con nosotros, como en cada uno de los momentos memorables del viaje. Ya estaba gorda y redondísima como si ella también participara del convite francamente mallorquín que mis primos dispusieran para agasajarnos. Y ella fue testigo del milagro de armónica hermandad que se produjo en esa noche luego de tantos años de silencios.

Pedro, el hacedor de aljibes, con Toni y Pere, sus hijos y la preciosa María, sumados a Miguel, hermano de Sebastià, y abuelo de una nueva generación de Miqueles o Migueles y al mismo Sebastià que, acompañado por su hijo mayor, también fue de la partida, conversaban con otro de mis primos, también Miquel, el futbolista y futbolero y su mujer, Magdalena, el hilito que me unía a mi familia antes de estos tiempos. Demás está decir que fueron de la partida los dueños de casa, sus hijas y el encantador Ricardo, muy pronto condecorado por esta servidora y su gentil esposo.

El campo exhalaba sus mejores aromas esa noche. El pan, el aceite y el tomate obraban con el vino en una comunión tan especial que casi no puede contarse con palabras. La mesa desbordaba de las delicias que la previsora Apolonia había dejado preparadas sin que su esposo lo supiera. Comimos, brindamos y reímos por nosotros, por los que nos antecedieron y por los que nos continuarán, si Dios así lo quiere. Y una paz enorme colmó nuestros corazones con la alegría más serena que puedan ustedes imaginar. Después de esa noche creo que ninguno de nosotros volvió a ser el mismo. Fue uno de esos instantes que transforman el destino, o por lo menos así lo sentimos Jorge y yo, los que veníamos de lejos.

Hubo lugar también para las bromas y las risas, para el ceño fruncido de Sebastià Jaume probando su primer mate y hasta nos dimos el lujo de condecorar a dos figuras familiares emblemáticas ya que Sebastià recibió La Orden de la Lengua, una gorra stone como símbolo de su defensa encarnizada del Catalán como idioma de las Islas Baleares mientras que Ricardo obtuvo la ya sabida Orden de la Pava por ser el único aficionado al mate que hemos sabido conseguir hasta el momento.

La noche terminó con música. Un duelo de ximbombas y canciones entre el mayor y el menor de mis primos nos alegró la despedida pero el que dio el remate al duelo fue el mismísimo Jorge que sintiéndose ya todo un mallorquín hecho y derecho se animó a tocar ese instrumento tan típico y lo hizo con absoluta probidad, reconozcámoslo, como para dejar bien alta la imagen rioplatense en materia de expresiones instrumentales mallorquinas.

Imagino que a esta altura los lectores se estarán preguntando el por qué del título y prolegómeno para esta crónica ¿verdad?

Si no han agotado, mis queridos lectores, sus neuronas ya inflamadas con tantos nombres repetidos, quisiera hacer una observación a ese respecto haciéndoles recordar que unas cuantas crónicas atrás (mucho antes del viaje) me referí al Arcángel Miguel como indudable protector de nuestra familia “amiquelada”. No en vano hay cuatro de ellos en una misma generación, ¿no creen? Porque a los Miqueles mallorquines, hay que agregar un cuarto (y Miguel …¡Ángel!) argentino, por si tres no fueran suficientes…

Sepan que me cuesta mucho deshilvanar este tema porque temo parecer deschavetada pero estoy segura de que el consabido Arcángel se hizo presente allí en el huerto. Cuando sostuve que era el responsable de esta nueva etapa de mi vida, decía lo correcto y lo sostengo. Él tiene que haber revoloteado entre tanto tocayo en esa noche. El amor, la paz, la unión y la alegría fueron los dones que pidió al Padre para todos nosotros, no lo duden. Y ahora viene lo mejor, o lo que quizás me otorgue categoría de chalada, pero no me importa, llevaré el estigma con la dignidad del que dice su verdad de a puño.

¿Tienen idea los lectores del tema de los orbes? Se llama orbes a unas esferas de luz que son captadas por las cámaras fotográficas en algunas oportunidades. En general se ven más en la fotografía digital. Hay quienes dicen que esos orbes son granos de polen, gotas de rocío, una lente puesta de determinada forma. Están también quienes opinan que los orbes son nuestra propia energía o (ésta es mi versión preferida) espíritus angelicales que quieren acompañarnos. Pues vean los lectores las dos fotografías con las que remato esta crónica y díganme rotundamente que no puede ser el Arcángel Miguel el que eligió participar junto a nosotros de ese momento inolvidable.

Cati Cobas

Epílogo: Por supuesto cada uno es dueño de pensar lo que quiera del visitante luminoso. Sólo espero que no me internen en ningún manicomio. Pueden ampliar las fotografías picando en ellas para ver que no se trata de la luna u otra cosa parecida y por otra parte, dejo constancia de que las dos fotografías fueron sacadas por distinta cámara.

Además, para que los lectores duden más acerca de mi buen juicio, les cuento que aquí no ha terminado el tema "orbes" para mi familia paterna, sino que continuará en próximas entregas. A los miembros de ella que me leen, sepan que todavía estoy en mis cabales, pero eso sí, absolutamente impresionada y que no dije nada hasta ahora porque descubrí estos "globitos" hace menos de una semana, cuando intentaba armar un video para ustedes pensando en que tal vez, aunque no estemos presentes los primos argentinos, los mallorquines puedan brindar por todos, mirando el video armado en Buenos Aires sobre nuestro reencuentro, con motivo de las fiestas que se acercan. Espero que si se fotografían confirmemos que nuestro arcángel protector continúa bendiciéndonos...

jueves, noviembre 20, 2008

200- El jardín de Juana

Había contemplado muchas veces aquel jardín en algunas viejas fotos un tanto amarillentas.
En él, una niña muy bonita y muy rubia posaba, sonriente, con su hermoso traje de Primera Comunión, de pie, en el camino que dividía simétricamente el terreno. Detrás, las piedras de la casa familiar completaban el cuadro.

La niña era Juanita –y que me perdone hoy por el diminutivo- . Así se llamaba para mí. Hija de una sobrina del abuelo Marcial, se había convertido en la más eficiente corresponsal mallorquina.

Aquí, tan lejos, en Buenos Aires, yo imaginaba su colegio, sus juegos, su vida, mientras transcurrían nuestra infancia y nuestros primeros años de adolescencia. Su padre y mi abuelo ubicaban nuestras cartitas, tarjetas postales, Billíkenes y Tebeos dentro de los periódicos que cada tanto se enviaban, y al recibirlos, nosotras corríamos, contentas, a ver qué nos decía esa primita tan lejana.

Con la muerte del abuelo y mi comienzo de la Universidad no supe más de ella ni de su jardín, en el que caracoles y piedritas bordeaban los canteros y donde la disposición de plantas y de flores seguía una estética tan particular, tan mallorquina.

Pero nunca, nunca la olvidé y sé que a ella le ocurrió otro tanto conmigo. Su recuerdo tierno me acompañó siempre como la sombra de Don Marcial. Y siempre deseé saber de Juana, de mi Juanita que vivía cerca de donde el papá de mi mamá había nacido. Recuperarla. No sólo como parte de mi niñez, sino como legado del abuelo más bueno del mundo para mí.

Al entrar a aquel jardín, y verlo ante mí en colores, al sorprenderme con las flores rojas de la entrada y al hallarme frente a la casa de piedra de dos plantas, tan característica de esa noble arquitectura sin arquitectos que puebla las Islas Baleares -hasta entonces blanca y negra- y verla desplegar sus dorados para mí, el corazón me latía muy pero muy, muy fuerte, presintiendo que los momentos por vivir serían inolvidables.

Juana y su familia, mía también, en realidad, nos dieron, al igual que su jardín, la más cálida bienvenida. Tres generaciones estaban reunidas después de casi un siglo del momento en que Marcial dejara Marratxí para vivir en esta orilla del Plata. (A propósito, no puedo evitar una pequeña digresión para hablar de las hermanas de Juanita. Sepan los lectores que mis primas Antonia y Apolonia son tan bellas, tan vivaces y con tanto donaire que me han hecho rogar a la diosa Genética en pos de haber heredado de ellas alguno de sus genomas en algún un rincón de mi ADN ya que, amigos, las dos me cautivaron).

¡Qué dulce bienvenida la de aquellos que provenían de las nobles raíces del abuelo! Afectuosos, amables, generosos en la mesa tendida, con un frito mallorquín inolvidable y unas espumosas ensaimadas que me supieron a gloria, mientras las acompañábamos con la tradicional leche de almendras de Marratxí (congelada por Juana desde la Navidad pasada cuando nos parecía imposible que mi sueño se hiciera realidad), en pleno verano mallorquín, todo regado abundantemente por las risas y bromas de los nietos de Apolonia que ponían frescura y gracia a la reunión. Para mí fue, simplemente, la más hermosa Navidad en pleno septiembre, podría jurarlo sin temor alguno.

Y como si lo contado fuera poco, también dimos un paseo por la zona ya que honrando a los nuestros, y en compañía de la bellísima Xisca, hija de Apolonia, visitamos la Iglesia de Sant Marçal, en Sa Cabaneta. Imaginen ustedes mi emoción frente a esa iglesia en la que mi abuelo fue bautizado y cuyo patrono ha dado nombre a varias generaciones familiares. Ese templo, que naciera en 1699, en medio del monte y antes de que surgiera a su alrededor el pueblo, me era tan familiar como el jardín de Juana. También lo había visto en Buenos Aires cientos de veces en postales atesoradas por el abuelo en un rincón de su lugar de trabajo. Visitamos, además, la que presumiblemente fuera casa de nuestros antepasados y hasta nos dimos el lujo de posar frente a Son Verí, la possessió en la que el abuelo Marcial hiciera de missatge. Recorrimos un poco de lo mucho que “la tierra del barro”, cuna del siurell, el famoso silbato mallorquín, tiene para ofrecer mientras contemplábamos almendros y olivos que están dejando paso a una abigarrada serie de viviendas, ya que esta zona, por su cercanía con Palma, ha dejado un poco su aire campesino para tomar un cierto aire de barrio suburbano, no sin pena en muchos de sus originales habitantes.

Riendo y llorando desplegamos fotografías y nos contamos pedacitos de la vida. Supo a poco, reconozco. Ese jardín merece muchas y larguísimas tardes de fines del verano.

Pero no perdemos la esperanza. Puede que dentro de un tiempo podamos celebrar en Buenos Aires una hermosa Navidad en la siguiente primavera dos mil nueve si, como desean, Juana y su familia se animan a “cruzar el charco”.

El dulce de leche sabrá a almendras quizás, o viceversa, poco importa. Mi terraza porteña se vestirá de fiesta para ellas y la salvia del abuelo florecerá sin duda aunque no sea ése el momento indicado por la Madre Naturaleza.

Cati Cobas

viernes, noviembre 14, 2008

199-De “possessions” y de abuelos

Las escenas eran dignas de una novela decimonónica. Las pintaba el abuelo Marcial en las noches del invierno porteño de mi infancia. Hablaba de Son Verí, del “amo” y sus “calçons amb bufes” (pantalones payeses), de su voz de trueno, que tanto lo atemorizaba cuando todavía no terminaba de cumplir los catorce años y el abuelo era, apenas, un “missatje” (un ayudante). Contaba de la dulzura con que la “madona” guardaba un plato de sopas para él en el rescoldo cuando, por alguna razón, llegaba tarde a la comida. Describía minuciosamente la mesa simple y los largos bancos de madera donde se reunían los trabajadores al finalizar una larga jornada de trabajo. Contaba cómo cuidaban y esquilaban las ovejas, cómo recogían las almendras, cómo alimentaban las aves de corral y tantas cosas, tantas…Y en el contar del abuelo, mis siete u ocho años pintaban las imágenes, mientras la abuela Isabel aprovechaba para ponerles música diciendo…”pastoret, d’on vens…?” (Pastorcito: ¿De dónde vienes…?).

Por eso, tal vez, nada de lo que vi en Esporles me resultó ajeno. Por el contrario, fue como hacer realidad esas imágenes que me acompañaron toda la vida, aunque Son Verí fuese una posesión de llanura y ésta en la que estábamos tuviera un enclave prodigioso en la montaña.

En un sitio muy cercano al paraíso, con verdes de lo más variados, sumados a la presencia bienhechora del agua y a una edificación de varios siglos, decididamente mallorquina, fuimos viviendo las escenas del abuelo corregidas y aumentadas, porque Esporles es un increíble reservorio de las mejores tradiciones del campo y la artesanía mallorquinas, de su flora, fauna, oficios y folklore.

Cada carruaje, cada herramienta, cada rinconcito vuelve una y otra vez a las manos laboriosas. Una y otra vez y siempre las benditas manos. Esas, que conocí tan bien acá, en Buenos Aires, a través de los míos y de los muchos amigos y paisanos inmigrantes que formaron parte del paisaje de mi infancia.

El telar, el huso, la lanzadera, los bolillos se sumaban al arado y la azada y jugaban un dominó de oficios y tradiciones con el yunque, el torno y la sierra maderera. Y barro, lanas, hilos, cuero hacían un contrapunto con el esparto y la caña, la cera y el hierro para ver cuál de ellos resultaba más creativo y emblemático.

No voy a poder olvidarme de los jardines de ese lugar muy fácilmente. ¿Cómo hace tanto tiempo atrás pudieron aquellos hombres crear tan magníficos lugares? Los caminos subían y bajaban dejando espacio a rincones francamente árabes, mientras que otras vistas recordaban sutilmente a la campiña inglesa.


Arquerías elegantes, patios recortados y aquella cocina… ¡Sí! Aquella cocina tan cálida y señorial al mismo tiempo. Tan mallorquina, con sus estantes y fogones, sus enseres típicos, todo blanqueado según el uso y la costumbre.

Aunque hay quienes sienten que todo el sitio no es más que una escenografía montada para algún alemán desprevenido, para mí ha sido inolvidable porque me ha permitido recrear en el siglo XXI todo el acervo heredado a través de los abuelos. Y mientras almorzábamos en el hermoso restaurante con que La Granja cuenta, pensaba que cuando nuestras familias mallorquinas vengan a visitarnos no podrá faltar en los paseos alguna elegante estancia bien campera, donde podamos nosotros también hacer gala de tradiciones y costumbres argentinas y bien gauchas.

La tarde promediaba, pero nos aguardaban todavía un sinnúmero de emociones. Mientras veíamos bailar a los payeses y Joana Aina y Apolonia aprendían sobre el encaje de bolillos, yo comenzaba a imaginar nuestra llegada a un jardín que también formaba parte inseparable de mi niñez a través de fotografías que cruzaban el Atlántico: el delicioso jardín de mi prima Juana, en Pla de na Tesa, vecino a Sant Marçal, en Marratxí. Muy cerca del recordado Son Verí de las historias del abuelo.

Sin duda, sus manos callosas, trabajadas, nos bendecían más allá del tiempo y las distancias…

Cati Cobas

lunes, noviembre 10, 2008

198- Del aljibe de Pedro a La Cartuja, en Valldemosa

Las manos fueron siempre la etiqueta de la gente. Con mirarlas, se sabe qué hace quien las posee. Tener manos cuidadas, primorosas, desprovistas de músculo y esfuerzo, se tuvo y tiene por señal de alcurnia o, por lo menos, de señorío y distinción.

Sin embargo, para mí, las manos de aquel que las convierte en herramienta son tan distinguidas o más, quizás, que algunas de las que revelan, con sólo mirarlas, que sus dueños no las emplean más que para peinarse, y eso, con suerte.
Quizás por eso he vuelto fascinada con las manos familiares -y en ellas incluyo, inmodestamente, a las de las dos Catalinas de esta generación, demás está decirlo-. Son manos señoriales según mi escala de valores. Muy parecidas a las de mi papá y mis tíos. Anchas, generosas, con huellas de esfuerzos y faenas. Manos que se enorgullecen del trabajo bien hecho aquí, en un cuadro o cuidando de los seres más queridos. Allí, en la labranza, frente a la piedra, haciendo música, enseñando, cuidando de los hijos, al frente de un comercio o tomando parte en una lista interminable de trabajos realizados a conciencia.

Encontré la síntesis perfecta de nuestra tradición familiar de manos laboriosas en un objeto singular hecho de piedra. En un aljibe. El aljibe de mi primo Pedro.

Ese elemento tan vital en un lugar donde el agua es un bien tan, tan escaso, era decididamente elegante y distinguido. Tallado por Pedro en sus momentos de ¿descanso?, en el marés dorado de Mallorca, habla de paciencia y de perseverancia, pero también de buen gusto y señorío. El señorío del hombre sobre la materia. Y, además, del placer de la obra terminada a conciencia. Debieran verlo, con sus molduras y sus ángulos calculados mejor que si los hubiese analizado un matemático. No lo fotografié porque me pareció que hacerlo era invadir la personalidad reservada de Pedro. Tendrán que creer lo que de él cuento, y la imaginación hará la diferencia.

La segunda mañana mallorquina dejamos a Pedro terminando de tallar su aljibe, y partimos acompañados por Miguel y Apolonia, con rumbo a Valldemosa, mientras meditaba esta servidora, sobre este tema de las manos. En una Valldemosa apenas teñida de llovizna nos topamos con otro tipo de ellas, que también me conmovieron enormemente: las de artista. La intangibles manos de Chopin, en la Cartuja, se intuyen todavía en los pianos , testimonio concreto de su presencia en ese sitio casi indescriptible; pueden verse aleteando en los jardines aterrazados, que nos regalan unas inolvidables vistas del valle o en alguna huella, en ese sillón adamascado, en el que no nos resulta difícil imaginar al músico…

“El origen del conjunto se remonta a la época del rey Jaime II de Mallorca, que escogió este excepcional lugar de la Sierra de Tramuntana, situado a más de cuatrocientos metros de altura, para edificar un palacio para su hijo Sancho, conocido como el Palacio del rey Sancho. En 1399 el rey Martín el Humano cedió todas las posesiones reales de Valldemossa a los monjes cartujanos. Éstos fundaron la Cartuja y la habitaron hasta 1835, cuando pasó a manos privadas, quedando el conjunto dividido entre nueve propietarios, a excepción de la iglesia”.
Todo nos resulta interesante. La iglesia, la vida de los monjes, que puede intuirse en la enorme biblioteca, con sus libros encuadernados en piel o en la botica, ya que antiguamente los Cartujos eran muy expertos en hierbas medicinales. (En ella, que data del siglo XVII y XVIII disfrutamos de una colección de antiguos preparados obra de las manos cartujanas, en más de cien botes de cerámica catalana de la época.)
También es destacable la colección de cuadros mallorquines así como el Palacio del Rey Sancho, con sus vitrales coloridos y su torre de defensa, sumados al recuerdo de algunos habitantes memorables, como Unamuno, Azorín o Jovellanos.












Antes de dejar a Valldemosa, quiero repetirme acerca de la maravilla de esas terrazas cartujanas que antes mencionara. ¿Qué manos las crearon? ¿Y cuáles continúan hoy cuidándolas con el mismo esmero? Hay en ellas enredaderas y geranios, matas en rincones de diseños bien simétricos y otros, en los que se hace gala de imaginación y asimetría. Son balcones en los que se aúna el arcoiris en las hierbas y en las flores con el canto de los pájaros y un ambiente muy especial en el que resuenan, de verdad, los ecos de quienes los habitaron antaño.
Si el lector puede algún día llegarse a la isla de Mallorca, no deje de visitar la maravilla cartujana. Vale la pena para valorar lo que pueden las manos del hombre cuando tiene alma de artista.



Y como de manos y de artistas hablamos, no puedo dejar de mencionar a las manos culinarias, porque, por sugerencia de nuestra asesora Joana Aina, probamos una de las tradicionales y espumosas cocas de patata, famosas del lugar, acompañadas por una horchata de almendras, que fueron un preludio delicioso para la segunda etapa del día tan bien pensado que nos esperaba, ya que seguiríamos viendo más manos y sus obras durante toda la tarde en la Granja de Esporles, un sitio digno de visitarse y un canto, a partir de los objetos expuestos, a las mejores manos mallorquinas en acción.

Cati Cobas

jueves, noviembre 06, 2008

Una alegría


Junto a mi compatriota Andrea Zurlo hemos sido designadas "Escritoras del Mes de Octubre" en el Foro Literario Iceberg Nocturno, al que pertenecemos. Una alegría compartir con Andrea la distinción. Cati Cobas

miércoles, noviembre 05, 2008

Ecos...

En la Revista Es Ressò, de Campos, Mallorca, ha sido publicada la noticia de nuestra visita al Alcalde, junto a mis primos. Y en La Almudaina, suplemento del Diario de Mallorca, dos reseñas de estas crónicas de viaje. ¡Gracias a todos! Cati Cobas

martes, noviembre 04, 2008

197- Lluc


Pienso que fue cuando reencontré a mi familia paterna a través de la magia de la web. O, mejor, cuando Apolonia me trajo aquel rosario de cuentas casi negras de regalo.
Las manos de la abuela repasando Avemarías aparecieron nuevamente ante mis ojos. Eran pequeñas, pequeñitas como Isabel. Y sin embargo ella era tan grande, era tan fuerte…

Creo recordar que el origen de su fortaleza surgía precisamente de la Fe. Una Fe ingenua, pura, hecha de pastorellas y villancicos, la Fe de los que la tienen dentro desde niños. “Sa Moreneta i Es Bon Jesús me harán caminar” decía firme, aun cuando ya habían transcurrido seis o siete años de parálisis. Estaba convencida de que la advocación mallorquina de la Madre del Señor, esa imagen patinada que se venera en Lluc, era milagrosa. Tan milagrosa como la historia de su descubrimiento que debemos a un pastor también llamado Lluc (relacionado con “lucus”, para los romanos, bosque sagrado), entre las rocas de un torrente cercano, así como las idas de la imagen hasta la iglesia de San Pedro en Escorça, el templo más cercano, o los empecinados regresos de la Virgencita hasta el torrente donde hoy se la venera en un santuario de escala gigantesca tanto en el manejo de los espacios exteriores como en su magnitud edilicia..

La abuela Isabel tenía razón: es milagrosa. Cuando me hinqué para dar gracias en aquel monasterio enorme, en la montaña, comprendí esa verdad de a puño. A Ella había rogado tanto por estar ahí, junto a mi historia…Y mis ruegos habían sido oídos.
A Ella, rezado mientras esperaba el regreso del hijo algún sábado a la noche…Sano y salvo. Entero.
También esa Señora era custodia de Mercedes en exámenes y dudas, y mi compañera de desvelos amanecidos en dolores… ¡No podía creerme ahí, a sus pies!

Detrás, un Jorge conmovido.
Y mis primos asistiendo, afectuosos, a mis lágrimas. ¿Qué otra cosa?

Me despedí de Nuestra Señora de Lluc, la morenita, con la peregrina promesa de un retorno y el ferviente deseo de una estancia más prolongada en ésa, su tierra.

Como la abuela Isabel antaño, digo que Sa Moreneta, si Deu ho vol –La Morenita, si Dios lo quiere- nos hará retornar pronto a Mallorca para volver a Ella dando gracias.

Atrás habían quedado las sinuosas vueltas de “el nudo de la corbata” en la Sierra Tramuntana, en las que la pericia del conductor nos hizo pasear lo suficientemente tranquilos como para disfrutar de un paisaje en el que se combinan, con maestria, piedra y bosque. Algo decididamente muy hermoso. Atrás, también, el delicioso picnic mallorquín a la sombra de los árboles y en compañía de Joana Aina, en una de sus escapadas para vernos. Nos esperaba la sorpresa que nos proporcionara Sebastià, de conocer al Prior, y descubrir que había estado benditamente inoculado de argentinidad hace unos años, y que eso lo hacía más querible todavía. Finalmente, un regreso por pueblos cada vez menos montañosos, hasta volver al llano call vermell donde tuvimos un encuentro con los hermanos de mi padre, mis tíos Catalina y Sebastià. Encuentro muy emotivo, pero que guardaré en mi corazón y me permitiré no compartir con ustedes, mis lectores.

Esa noche volví a verla. Ya redondísima como en las siguientes noches. Plateaba sobre la mesa en la que dispusimos cenar en casa de mis primos, en el silencio. Sólo algún “cri cri” de grillos o cigarras desde lejos y ella, plena, como si quisiera compartir el pan, el aceite y el tomate con nosotros…

Cati Cobas

viernes, octubre 31, 2008

196-¡ La “madona”, guía turística! (De Sóller a Sa Calobra)

Seis meses y un océano atrás, mi prima Apolonia, una “madona” mallorquina hecha y derecha, recorrió muy feliz (por lo menos eso dice) junto a su esposo y teniéndome por guía, el Delta del río Paraná, el famoso “Tempe argentino” de Marcos Sastre. La excursión, que combinaba el Tren de la Costa y un paseo en lancha por ríos y riachos, le encantó, y nos hizo prometer que algún día Venecia y sus canales –salvando las distancias- nos verían juntas.

Quizás por eso, en cuanto supo que iríamos a visitarla, buscó un equivalente balear de la excursión argenta… ¡Y lo encontró con creces!
La ambiciosa propuesta consistió en abordar el Tren de Sóller y, desde el puerto de esa bellísima ciudad, partir en lancha rumbo a Sa Calobra para visitar la desembocadura del Torrent de Pareis.
Y conste que cuando una madona dice “excursión”, o la hace bien o no la hace. Razón por la que, para aprovechar aun más esa jornada, solicitó a mis primos Sebastià y Miquel, que nos viniesen a esperar en coche, al finalizar mi consorte, la guía y yo, el paseo por la costa. De ese modo, nos llevarían, a través de un camino de montaña, sinuoso si los hay, al Monasterio de Lluch, lugar de peregrinación al que esta servidora debía ir sí o sí, desde las oraciones y dichos de su abuela Isabel, en adelante.

En este caso, ilustraré mi crónica con mapa, para que el lector comprenda la ambiciosa propuesta de mi prima (asesorada eficazmente por Joana Aina). Creo que si relato bien nuestro itinerario, servirá para que futuros visitantes de nuestras Islas Baleares disfruten sus días más que a tope, en pos de conocer las bellezas de Mallorca, que incluyen su mar y sus montañas.

La mañana de mi despertar tan fácil, la Adelantada nos dejó frente a una estación ferroviaria de comienzos del siglo XX, exclusiva de este tren tan particular, en plena ciudad de Palma. Pero, mientras esperábamos el abordaje, nuestra guía, que estaba dispuesta a mostrarnos con generosidad su tierra desde todos los ángulos que le fuera posible, nos llevó a visitar un payés hecho y derecho…en piedra. Justo frente al Mercado del Olivar. ¡Vaya mercado! Buenos Aires supo tener el Del Plata y el Spinetto en otros tiempos, así como el famosísimo de Abasto. También, mercados barriales que eran un lujo, pero todos han desaparecido de la ciudad para dar paso a los supermercados, por lo que nos encantó redescubrir el color y el perfume de los frutos, la enormísima variedad de pescados y mariscos, los fiambres y jamones, las flores, frutos secos, todo exhibido con una prolijidad y una limpieza francamente…mallorquinas. Todo un orgullo para Palma, sin lugar a dudas.
Luego de caminar un rato por esas calles y de avistar algún primer edifico modernista bien interesante, saludamos al Rey Jaume I, que también merodeaba por la zona, en su estatua ecuestre, y ¡subimos a un tren en el que la madera estaba presentísima! Lo hicimos como tres chicos que parten de excursión. Nada más y nada menos. Felices e ilusionados con lo que habríamos de ver y de vivir. Apolonia acarreaba en su cesta una bolsa con Quelitas, unas galletitas equivalentes a nuestros bizcochitos para el mate pero con mucha menos grasa y sal. Nos explicó que las Quelitas forman parte inexcusable de cualquier paseo mallorquín que se precie de tal. ¡Muy buena idea!

¿Cómo se cuenta un paisaje sin transformarlo en catálogo turístico? Tal vez, hablando de verdes infinitos y de diminutos valles a lo lejos. Quizás, mencionando las terrazas en piedra sembradas con esmero o lo cambiante del paisaje con cada recodo de rieles. De pronto: un túnel. Algunos turistas emitían sonidos un tanto indescifrables por lo que pensé que se debía a su admiración por la capacidad de aquellos que construyeron el Túnel Mayor, en 1907, cuando “muchos lugareños creían que iban a tener dos al precio de uno ya que se empezaron a construir a cada lado de la Sierra de Alfàbia y pocos confiaban en que las dos brigadas de trabajadores se encontraran en el mismo punto”.

Después del túnel, el Mirador des Pujol de’n Banya, enmarcaba en verdes profundísimos, mejor que cualquier cuadro recargado de dorados, el panorama primoroso que dominaba tanto la Tramontana como la ciudad de Soller. Esta vez veo muy difícil mi camino hacia las letras porque la verdad es que me faltan las palabras.

Sóller fue siempre, además de una bella ciudad muy pujante en tiempos en que podía comercializar sus productos sin las desventajas globalizadas, el emblema de las naranjas de Mallorca. Y beber, mientras aguardábamos el tranvía que nos conduciría al Puerto, unos vasos de jugo, en las mesitas dispuestas frente a la Catedral: todo un deleite. Esta ciudad es diferente de los pueblos del llano. El dorado de las piedras, en las casonas señoriales - con bellísimos jardines, muestra evidente de esplendor en tiempos no tan lejanos - no es tan marcado como en Campos, por ejemplo. A Jorge y a mí nos resultó inolvidable el encaje de la fachada de la Catedral. Otra delicia del modernismo que, en Mallorca, tiene piezas por demás interesantes.

El sol taladraba nuestras cabezas al llegar al puerto y descender del tranvía. Pero valió la pena: el arco de la bahía resplandecía ante nuestros ojos asombrados. ¡Y el azul! ¡Ese azul que yo creía un invento de algún pintor añoradizo enamorado de su isla! Nuestra guía se veía muy oronda. Muy orgullosa de exponer ante nosotros la hermosura de su tierra. Si Sebastià hubiese estado ahí hubiera pronunciado su frase celebérrima: “Ya veis: Mallorca es todo un continente.” Pero él andaba, junto a Miguel, trepando caracoles montañosos para rescatarnos, una vez descendidos del barco al que estábamos subiendo.

¿Dije barco? ¡Era un Arca de Noé pero con especímenes ¿humanos? y turísiticos! Mucho alemán imponiendo su volumen rubicundo para obtener mejores vistas, algún ingles y francés aquí y allá y nosotras, parloteando en mallorquín, escoltadas por Mr. Wagner y, en mi caso, rezando para que no me convirtiera en una nueva Natalie para acallar mis exclamaciones varias ante los acantilados que desfilaban a lo largo del paseo, ante las aves o el mar sereno, serenísimo. ¡Oh! ¡Ah! Y de nuevo ¡oh, ah, oh! Realmente, el primo tenía razón: esta isla es todo un continente. De otro modo no es posible que encierre en tan poca superficie paisajes tan cambiantes. Yo pertenezco a una tierra en que la variedad de lugares es inmensa y la riqueza de los mismos casi, casi insuperable –perdonen los lectores la inmodestia- pero en la Roqueta, el espectáculo cambia con tan sólo dar vuelta la cabeza, mientras que para ver esos cambios en Argentina hay que recorrer cientos o miles de kilómetros.

Llegamos a la playita de las piedras redondas luego de atravesar un largo túnel y un hermoso camino colgado sobre el mar. El Torrent (torrente) de Pareis, al final de su curso, ha depositado varios cientos de metros de gravas y cantos rodados que han dado forma a su playa. Las aguas son limpias y transparentes. ¡Debieran vernos en nuestro Bautismo Mediterráneo! No habíamos llevado malla (bañador para españoles) pero nos mojamos igual en las aguas azules sintiendo que Dios bendecía a este terceto paseandero con su sol y su alegría.

De regreso en procura de encontrarnos con los andantes caballeros que habían estado sorteando precipicios para llegar a rescatarnos, nos cruzamos con ella. Tengo que decir ave y no gaviota porque la realidad es que ignoro si de una de ellas se trata. Altiva sobre una roca, contempló a nuestra acompañante como diciéndole: “Te felicito, coterránea, tus Quelitas y tú nos han dejado muy bien parados en esto de mostrar las bellezas insulares”.
Apolonia asintió con una sonrisa enigmática que me hizo recordar a La Gioconda.

Cati Cobas

domingo, octubre 26, 2008

195-Párrafos aparte (pequeños retratos familiares)

Uno de los géneros literarios en extinción es el retrato. Y como a veces me ocurre, las cosas que pueden considerarse “históricas” me atraen sobremanera. Quizás por eso no puedo continuar con estas crónicas sin detenerme a describir a algunos de sus protagonistas. Aunque me produce un algo de temor publicar estos esbozos realizados con argenta pluma, un poco menos recatada, que la mallorquina, y aunque creía que las distintas personalidades surgirían en el transcurso de encuentros y paseos, es imposible no transferir a los lectores algunos mínimos secretos de, por lo menos, aquellos familiares con los que hemos compartido más tiempo y aventuras en los días demasiado breves de nuestro encuentro familiar. Espero que haya otra vez en la que conozca más a los que aquí no se mencionan y que los nombrados vean en mis textos solamente una muestra más del afecto y entusiasmo que en nosotros despertaron.

Mi primo Sebastià, así como Ángela y su esposo o mis primos Miquel y Apolonia, nuestros anfitriones en la isla, son archiconocidos por todos a través de éstas, mis crónicas, pero ahora se trata de mucha gente nueva a descubrir. Y cada una ha dejado en nosotros impresiones dignas de contar, les aseguro. El problema para no ser reiterativa, es la manía persistente que tienen los mallorquines de poner a los nietos el nombre de sus abuelos porque así los apelativos crecen en progresión geométrica y se da, como en mi familia, una profusión exageradísima de Miqueles, Catalinas y Sebastianes, Apolonias y Joanas, tantos como hongos pululan por las Islas Baleares. Pero no sufran los lectores, que apelaremos a los nobles recursos del arte de la pluma para evitar peligrosas confusiones.

Como es lógico, no detallaré la personalidad de todos porque fueron más de sesenta los familiares de las distintas ramas de mi árbol genealógico con los que tuve oportunidad de mantener contacto, y en vez de placer ya sería un tormento literario, pero hay algunos que merecen, por lo menos, “cartel francés” en la marquesina de este viaje nuestro, y quiero ocuparme de confeccionarlo. Aquí van, para empezar, los integrantes de la familia de mi padre, aquellos que habitan o habitaron en el pueblo que comparte con Madrid el oso como emblema.


Una mallorquina muy intrépida

La esposa de mi tío Sebastià y mamá de mis primos Baltasar, Miquel, Sebastià y Catalina es digna de encabezar este reparto. Se llama Jaumeta, y yo la admiro tanto ahora como a tía Isabel, la hermana nonagenaria de mi suegro, a quien hace ya tiempo rindiera mi homenaje. De aspecto cuidado, prolijo hasta el extremo, facciones delicadas. Una digna representante de la mujer mallorquina con la cultura del saber ser y hacer a cada instante. Pero alejada de seños fruncidos y empacados. Alegre, vital, entusiasmada. Tacita de plata es su casa, fiel reflejo de su persona, no tengo duda alguna.

No se perdió actividad que compeliera. Y nunca escatimó la mejor de sus sonrisas. ¿Qué había que trepar?...Ella, adelante y sin ayuda. ¿Atravesar bosques enredados y difíciles?..Primera fila. ¿Andar en bicicleta? Podría haber ganado varias carreras, en caso de proponérselo.

Prudente. Prudentísima. Sólo la luz de sus pícaros ojitos alguna vez la delataba un poco. Me ha fascinado. Por sus modos, sus habilidosas puntadas, por sus dulces y alcaparras en conserva, por haber tenido la delicadeza de recibirme con los aros que en su momento le enviara, merece encabezar este reparto. Dios le dé mucha vida y de la buena, Tía. Eso, y nada más merece, lo aseguro.

La sorpresa: El experto en Ceremonial, Protocolo …y “generalas”*

Mi primo Sebastià, el que me regalara hace poco más de un año la felicidad en un racimo de tomates, el mismo defensor de la lengua catalana, el titiritero, el profesor y el orgulloso hortelano aficionado. Mi eficaz corresponsal, Pigmalión de mi regreso espiritual a Baleares, guardaba en la manga, como buen mago, algunos dados bien ocultos para jugar una “generala” de primera. Este pícaro guardaba, bien lo digo, un interesantísimo secreto. Resultó ser diplomado en Relaciones Públicas, Ceremonial y Protocolo. ¡Y yo que lo hacía enfrascado en sus clases y semillas!

Preguntará el lector a qué cosa me refiero, sin lugar a dudas. Pues a eso. ¿Recuerdan que conté la bienvenida con “En” Maçià y “En” Guillem y sus sonidos de xeremies y tamborí? Hace dos días llegó a mis manos, de las suyas, el programa oficial de las fiestas del pueblo (La Mare de Deu d'Agost) y ¿quiénes encabezan el desfile de gigantes y cabezudos? ¡Los mismos músicos que nos dijeron “bienvenidos”! Sebastià había logrado que los intérpretes oficiales de Campos nos recibieran en el aeropuerto…Full servido.

Esa es la primera muestra de lo que digo, amigos. No hacíamos más que terminar de enjugar lágrimas en el Monasterio de Lluch cuando vimos venir a Sebastià acompañado ¡del mismísimo Prior del Monasterio! Éste había sido su alumno y, ¡oh casualidades!, sacerdote en las dos parroquias de mi barrio e hincha fervoroso, no podía ser de otro modo, para un sacerdote y español, de San Lorenzo de Almagro. Nos recibió de la forma más amable y tuvo palabras afectuosísimas para esta tierra nuestra en la que había vivido varios años… Poker de ases.

En fin, que cada vez que Sebastiá intervenía en visitas y paseos, sacaba del cubilete novísimas sorpresas. Él fue la clave de que las cuatro ramas de mi árbol se enlazaran en la noche de la cena. Ya me imagino las gestiones diplomáticas que contaron con su decisión y empuje. ¡Hasta se ocupó de regalarme la presencia en esa noche de Copani, mi cantautor argentino preferido! ¿Pueden creerlo? Sin duda: Generala.

No hubo lugar al que fuéramos en su compañía donde no resultara conocido y recibido con afecto. Pero la máxima expresión de sus dotes la tuvimos el día en que nos anunció que nos esperaban en la Alcaldía. Casi me caigo de la impresión. El Alcalde del pueblo donde papá viviera, un joven la mar de amable, al que conocía ya por las publicaciones pertinentes, nos recibió, entregándonos un presente como recuerdo de la visita, y retratándose junto a nosotros a los pies del rey Jaume II. ¡Aquí, la doble!

Pensé en papá en ese momento Estaría tan orgulloso de vernos en el Ayuntamiento como de saber que allá, en Mallorca, hay una nueva versión de sus deseos encarnada en su sobrino. Porque en él se integran las ganas de saber y de enseñar, el amor por los libros, acompañado del otro hacia la tierra, con el valor agregado de poder hacer amigos allí donde se encuentre y, lo que es mejor, todavía, conservarlos. Tal y como en su tío Tomás, ése que debía espiarnos detrás de las cortinas de la Alcaldía, muy orondo, sin que lo advirtiéramos.

*Juego de dados


A Dolors

He podido conocerla más por sus frutos que por haber departido juntas las largas horas que todavía nos debemos. Sin embargo, fue extremadamente gentil y generosa con nosotros. Desde su cocina, elegante y refinada, su hermosa casa abierta sin reparos para todos los que compartieron las horas del encuentro. Sus hijos dicen de ternuras y cariños. Y su despedida, gentil y originalísima, lo hace a través de dos films antiguos, que hablan de Mallorca de una manera diferente.

Pero, sepan amigos, que esta muchacha de apariencia fina, delicada y frágil guardaba, además de sus frutos, la fuerza inmensa de su voz hecha regalo extraordinario. Dicen quienes la conocen que jamás habían podido escucharla, desde que dejara de entonar El Canto en las Navidades de la Iglesia de San Julià.

¡Y cantó para nosotros! Nada más y nada menos que el Canto de la Sibila, del que hablaré más adelante nuevamente. Todavía resuenan en nuestro corazón los ecos de su voz inolvidable y la gratitud por esa entrega generosa a quienes venían de tan lejos.

Dolors: nos debemos unas cuantas horas en soledad de mujeres, en algún rincón pequeñito de la Ciudad de Palma. Espero que, en algún momento, podamos regalárnoslo.


Un regalo muy “helvético”

Catalina, hija de la tía Jaumeta, vive en Suiza. Somos tocayas. Es una de mis más consecuentes y sufridísimas lectoras.

Con ella habíamos soñado con un retrato de tres homónimas, incluyendo a nuestra tía que, por razones de salud, no pudo concretar nuestro deseo.

Voló desde Suiza para pasar un día solamente. ¡Menudo regalo el que nos hizo con su presencia y con su entrega!

Abierta, simpática, dicharachera y amenísima. Pocas horas nos bastaron para saber que nuestra savia tenía, junto a la de Ángela, mucho en común.

De ella, me quedo la risa cristalina, la alegría, el valor, el tener ganas y el animarse a ser feliz.

Me honro en saber que allá, muy lejos, en la orilla de un lago de Ginebra, hay una joven Cati Covas que, con su hermosa familia, goza de la vida a tope por mucha nieve que caiga bien cerca en pleno invierno, y que además se da tiempo para compartir estas letras que aquí escribo.


Benjamines

Capítulo especial merecen los benjamines familiares. Con Sebastiá Jaume, el hijo mayor de Sebastià y Dolors, a la cabeza. Seguido en los talones por su hermano Pau y por un nuevo Miquel, hijo de María, también sobrina nueva, y nieto de otro de mis cuatro primos homónimos, el de la sonrisa de hombre bueno. Primerode una nueva generación en la familia, un niño despierto y afectuoso, deslumbrado por su bisabuelo.

Sebastià Jaume es un chico inteligente, inquieto, observador, participativo. Al que todo llama la atención y le interesa. Pero combina esas virtudes con una sensibilidad no exenta de ternura. Es, como su abuela y su mamá, prudente y distinguido. También, de los que sabe estar y hacer, lo que complace a todo aquel que lo conoce. Acompañó siempre a su papá, y cuando digo siempre es siempre. No se perdió cuevas ni reuniones, por muy cansado que estuviera. Tomó mate, haciéndonos reír con la carita de disgusto al saborearlo, vistió la camiseta de fútbol de Argentina, y hasta nos ayudó a preparar los souvenirs la noche de la cena. Sebastià Jaume y su dulzura nos siguen, igual que los acordes de Vivaldi con que nos homenajeara en su violín, ahora a la distancia.

Lo tengo, junto a Pau, su hermano pequeñito, bien pícaro y travieso, de ojitos brillantísimos, colmado de vida y alegrías, aquí, muy cerca, junto a la Virgen de Lluch, en un retrato.

Lamento que los veré crecer de lejos, pero espero que quede en algún rincón de su memoria “aquella vez que vinieron los tíos de Argentina” y convenzan a sus padres para que se animen a cruzar el charco lo suficientemente pronto, como para que podamos disfrutarlos.


Una “reina” en la familia (y su honorable “caballero”)

A Joana Aina, su Ricardo la llama “reina”. Parece que esa forma de tratarla es propia de la isla, así como en la península se emplea el tradicional “cariño”, pero a mí me pareció que había sido pensada exclusivamente para ella.
Distinguida, reservada y criteriosa, hay que tomarse un tiempo para apreciar sus condiciones. Parece como si sus ojos expresivos se mostraran siempre detrás de un abanico invisible de recato.

Pero cuando deja entrever el fondo de su alma, cuando cuenta, entusiasmada, auroras boreales o paisajes de mar y de montaña, cuando ríe, curiosa, ante una situación inesperada, es delicioso descubrirla y disfrutarla.

Decidida, y a pesar de sí misma, muy valiente, es, además, trabajadora, prolija y ordenada, esta hormiguita encargada de cumplir mis deseos imposibles, lo hizo de una manera sorprendente. Ella pergeñó la concreción de mis locas aspiraciones turísticas y las concretó en cuatro días exprimidos en zumos deliciosos. Días en los que hizo de todo por participar, corriendo verdaderas maratones automovilísticas a lo largo y ancho de la isla. ¿Era un picnic? Ahí llegaba la niña, luego de la jornada de trabajo, con ganas de no perderse nada. ¿La granja en Esporles? Brotaba ella, dibujada en encajes de bolillos. ¿Cena en el huerto? Poniendo, rápida, mantel y mesa. Siempre dispuesta.

Bien mallorquina. Pero con un carácter a la vez absolutamente universal y amante, sobre todo, de aquello no hollado por la mano del hombre, se dedica a la palabra pero más bien a la sonora, y para dar una muestra más de su forma gentil de comportarse, les cuento que antes de partir hasta me regaló un tratado sobre cómo evitar las afonías que por mi temperamento (¿eufórico?) a veces me fastidian.

Como no podía ser de otro modo, una “reina” necesita a su lado un “caballero”. Eso le ha dado la vida, por supuesto. Y miren ustedes qué …¿casualidad? Dado que el nombre del galán era Ricardo, apelativo nada mallorquín por cierto, busqué su origen y significado. “Ricardo”, nombre germano, significa “El rey que tiene gran fortaleza”, lo que no deja de inquietarme al darme cuenta cabal de mis intuiciones onomásticas.

Es que eso, un caballero, es este muchacho tranquilo y sonriente que también intervino en cuanto paseo pudo y nos mostró su ciudad de Palma de una forma por demás interesante, ya verán ustedes, cuando llegue su momento. Por todo eso, y por haber sido el primero en aficionarse al mate, los Cayian lo hemos condecorado con “La Orden de la Pava”, un galardón de estas pampas destinado a honrar a los nuevos aficionados a nuestro brebaje nacional. Sabemos que hará honor a esta distinción y que además continuará tomando mate y siendo, sobre todo, el más galante caballero para nuestra reina y sobrina recién estrenada.


Los domadores de montañas

Varios de los paseos y aventuras tuvieron un terceto singular acompañándonos. Toni, con su María, y Pere se llaman estos jóvenes. Los muchachos son hijos de mi primo Pedro y sobrinos de Miguel y de Apolonia.

Ya éramos amigos cibernéticos. Sobre todo con Toni que es un corresponsal de enjundia, aunque su hermano tampoco le va en zaga. Por él supe de su amor por las montañas, a las que suelen trepar ávidamente cuando su trabajo lo permite. Y a ellos dediqué hace mucho, una crónica al respecto.

Educados, cordiales, afectuosos, y ubicados al extremo. Dueños ambos varones de unos ojos muy bonitos (ya imagino sus mejillas coloradas) supieron granjearse nuestro cariño en poco tiempo. De María, hay que decir que es otra hermosa y aparentemente tradicional muchacha mallorquina pero con el empuje y la vitalidad de una joven 2008.

De ella: la sonrisa. María sonríe con la boca y la mirada. No la olvidaremos fácilmente. Ahora, cuando la contemplo en otra foto de conjunto cerca de mi sofá, aquí a mi lado hago votos de reencuentro. Aquí o allí sería tan, tan bueno…¿No lo creen?

“La pelota no se mancha”

Diego Armando Maradona utilizó esa expresión refiriéndose a que el deporte está más allá de las pequeñas o grandes debilidades de los seres humanos. Pero en este caso elijo el título para hablar del elemento que sirvió como vínculo entre mi marido y mi primo futbolista y futbolero.

Si bien el fútbol es algo que puede despertar interés en la mayoría de los hombres, mis otros primos no parecen tener este tema como centro de sus expectativas, lo que para un argentino deportista y amante del balón como mi Jorge, no dejaba de ser un escollo en esto de encontrar temas de conversación en un principio.

Hasta que fuimos a visitar a mi tía Catalina. Ella no estaba, fue una pena, en un momento óptimo para recibir visitas. La gente mayor tiene sus propios tiempos, y espero que ahora se encuentre mucho mejor, de corazón lo digo. Pero esa noche nos reservaba una gratísima sorpresa, sobre todo para mi cónyuge seguidor de la pasión de multitudes.

Este, también primo Miguel (y espero que nadie se confunda), resultó ser futbolista y muy bueno cuando joven, y un agudo (versión de Robert Wagner, por supuesto) conocedor de este deporte en la actualidad. ¡Debieran verlos en los momentos compartidos! Roa, Ibagaza y el Mallorca, Messi, Higuaín y el temerario Tévez hicieron de nexo casi mágico creando una corriente de inmediata simpatía entre ambos interlocutores que continuó en los encuentros sucesivos ante la mirada sonriente de Magdalena, esposa de mi primo y la de quien esto escribe, orgullosas ambas de contar con tamaños comentaristas deportivos.

¡Qué clave misteriosa la del fútbol y su influencia en la comunicación entre los hombres!

(Continuará)

Cati Cobas

viernes, octubre 24, 2008

194-Nuestro encuentro con algunos ejemplares de “sus scrofa domestica” en su hábitat campaner

“El cerdo es un mamífero doméstico usado en la alimentación humana por algunas culturas. Su nombre científico es Sus scrofa domestica, aunque algunos autores lo denominan Sus domesticus o Sus domestica, reservando Sus scrofa para el jabalí. Fue domesticado hace unos 5.000 años y se encuentra en casi todo el mundo.”

Los cerdos tienen escalafón, categorías. Sus apelativos varían según la edad, la forma de alimentarse y tantas otras cosas. Un cerdo puede ser un “gorrino”, hasta los cuatro meses; “cochinillo” o “lechón”, si todavía mama; “verraco”, si está siendo cebado para la matanza; “puerco”, cuando ya lo está y “cocha” o “gocha”, si de una fémina porcina se estuviera hablando.

Al conjunto de cerdos, se lo llama piara, pero en singular, este animal presenta, todavía, una enorme diversidad de nombres: “cochino”, en Canarias o México y Cuba, por ejemplo; “tocino”, en Aragón o, “cuche” en El Salvador, mientras que le diríamos “coche”, si estuviéramos en la americana Guatemala.

Para una argentina, el “sus domesticus”, el cerdo, bah, es, fue y será siempre nada más y nada menos que…¡Todo un chancho! A lo sumo, si tiene raíces mallorquinas -la argentina y también el cerdo-, podrá considerarlo un sinónimo de sobrasada y butifarrón a largo plazo. Pero por lo demás, no podrá referirse a este cuadrúpedo llamándolo de otro modo más que ése: “El Chancho”.

El primer día de nuestra estancia en la finca hotelera agro-turística exclusiva, comandada por Miguel y Apolonia, nuestros ya mencionados anfitriones, me topé con unos chanchos espectaculares. Gordos, gigantescos. Lo primero que vino a mi mente fue que la vida me regalaba mi propia “Exposición Rural” pero alejada de Plaza Italia unas cuantas millas y para mejor sin tener que soportar los discursos de D’Elía.

¡Mirá qué chanchos, Jorge! Grité entusiasmadísima. ¡Debieran ver ustedes la expresión de mis primos al escuchar esa denominación para sus huéspedes más consentidos! No paraban de reírse. Eso del “chancho”, junto a muchas otras ch de mi vocabulario un poco quechua los tenía desconcertados. Porque mientras yo estaba feliz con los “chanchos”, la “quinta” y los “galpones”, ellos subtitulaban “cerdos”, “huerta” y “cobertizos o depósitos”. La cuestión es que a partir de ese momento me declaré fascinada por los vitalísimos porcinos, lo que sirvió para que Ángela pergeñara una de sus propuestas siempre originales.

“Papá”, le dijo una noche a mi primo, “ya que mañana tendrás que cambiar a los cerdos de corral. ¿Por qué no le pides a los tíos que te ayuden?” La pícara Adelantada gozaba por anticipado del espectáculo de esta servidora arriando chanchos, de eso estoy segura, segurísima.

Habrán visto, estimados, que hasta ahora no he mencionado para nada el tema marital. ¿Cierto? No he nombrado a “Robert Wagner” porque él es más bien un ciudadano. (Ya les advertí al respecto hace mucho, cuando conté que me había “sacado a varear”, en su momento. ¿Lo recuerdan?). Estas cosas de vacunos y porcinos, de corral y de cosechas le resultan interesantes por unas horitas y siempre y cuando no lo tengan de protagonista “enchanchado” y no molesten a sus pituitarias en exceso. Pero… ¡Arriar los cerdos de un chiquero a otro!

A las siete de la mañana del día siguiente a la propuesta nos encontramos los cinco habitantes humanos de la finca, ataviados con ropa de dormir, aun, frente a los habitantes porcinos de la misma, recubiertos con barro en diversas partes de su anatomía.

El jefe nos hizo entrega de nuestras respectivas varas enormísimas, mientras nos hacía colocar en fila para construir un pasillo virtual y cerduno, con el objeto de que los animales caminaran hacia su nueva casa sin desviarse. Aunque se vislumbraba en mi Robert ciertos deseos de recular para deslizarse hacia el porche de la casa, procuró, valientemente, mantenerse “in situ” como para no ser víctima de las bromas, que seguirían a continuación en caso de concretar la huída.

En cuanto a mí: debieran verme… ¿Cómo se puede ser tan feliz en camisón y empujando un chancho con un palo? ¡Qué gozada!, diría mi sobrina. ¡Qué placer eso de arriar a los porcinos que bramaban caprichosos!

La custodia funcionó impecablemente para tres de los cerdos, pero siempre hay un rebelde en toda piara, y ésta no sería la excepción. El cuarto cochino se escapó, y giró el cuerpo, colocándose de modo que era imposible entrarlo en el nuevo domicilio. Cayian, a esa altura, ya había dado por cumplida la faena, retirándose a la casa en actitud contemplativa. “Porquero que huye sirve para otro traslado”, habrá pensado.
Ante el rebelde cochino entró a tallar Miguel. Mejor dicho a revolear. Porque tomándolo por la cola, y sin darle tiempo a nada, lo giró, con tal fuerza, que parecía el Increíble Hulk (Miguel, no el cerdo), empujándolo sin miramientos a su nuevo hábitat (al del cerdo, por supuesto).
La faena fue acompañada por mis exclamaciones más fervorosas y sonoras, por la mirada sonriente de Apolonia -que ya sabe cómo las gasta su marido en estos casos- y por la filmadora de la Adelantada, que había abandonado también la primera línea para sentirse una Scorsese 2008, en Baleares.

La pícara imaginaba de antemano la escena, y había dejado su cámara a mano, con la idea de testificar ante las próximas generaciones acerca de cómo esta tía argentina especialista en "ches" disfrutaba del traslado de los chanchos para que éstos cedieran su chiquero encharcado a los lechones.

¿La tía?...¡Chocha!

Cati Cobas

martes, octubre 21, 2008

193-Fue tan fácil...

Eso. Lo que digo. ¡Fue tan fácil sentir que esa terraza era, también, mi otro lugar en este mundo, igual que aquélla, la lejana, en Buenos Aires, sobre los tejados rojos del barrio Caferatta!

Fue tan fácil abrir los postigos verdes en ésa, nuestra primera mañana mallorquina, para recibir el aire fresco de la tierra roja que había visto a mi padre tantas veces empuñando la azada, arriando las ovejas en pastura. Tan fácil saber que de ahí venía. De esa llanura y de la sal cercana. Y de aquel otro pueblo, el de la iglesia, frente a la cual me fotografiaría en pocas horas…

Sola. Pensativa. Recé en acción de gracias. Porque entendí que la Vida me bendecía especialmente. Porque, por fin, había llegado de regreso. No importaba si Isabel, Marcial o Tomás descansaban al otro lado del Atlántico. Estaban a mi lado. Junto a mamá, que no había llorado ni una lágrima cuando nos dijimos adiós en el silencio. También mis hijos, a los que tanto cuesta creer que esta historia les pertenece por derecho, me hablaban, en los retoños de la vid y en el estanque. No importó si todavía no abarcaban la magnitud de mis sentires. Alguna vez comprenderían que su madre, luego de abrir esos postigos, era una mujer absolutamente nueva. Una mamá apenas estrenada.

El murmullo de la naturaleza despertando, las aves, que piaban a lo lejos y esas montañas, las mismas que vieran a la abuela partir para esta América, me daban una nueva bienvenida sin palabras.

¿Quién dijo a nuestros primos que debían rodear el tejado con esa balaustrada tan hermosa? ¿Dónde se inspirarían para hacerlo? Ellos no saben, todavía, que fueron inocentes arquitectos de mi gloria. Fue tan fácil estar ahí, de pie, y sentirme viva como nunca.

Cuando pensaba en esta crónica en Mallorca, creí que podría gastar alguna broma para decir que nos habíamos hospedado en un espléndido hotel agreste, de turismo rural, dirigido por la Directora del Instituto “Riera” de Gastronomía Mallorquina. Apolonia, mi prima, es, desde ya, una eximia cocinera y bien podría haber encabezado estas palabras con las correspondientes alusiones a su arte. Pero, la verdad, no pude. Necesité empezar contando que fue fácil, muy fácil sentirme absolutamente en casa en sus dominios.

Y que jamás, mientras conserve entendimiento, podré olvidar aquélla, mi primera y perfecta mañana en la azotea, mientras contemplaba el campo mallorquín, allí, en la isla.

Cati Cobas

192-La llegada y el encuentro

Esta crónica es, quizás, demasiado personal, lo reconozco. Tiene muchos nombres para ser considerada "ortodoxa", pero la dedico, con profundo agradecimiento, a todos aquellos que ese día y los siguientes vivieron con nosotros "el encuentro"... Con todo mi cariño y el de los míos...
Escribir es emplear apropiadamente “el verbo”, “la palabra”. Con minúscula, claro, porque de creación no bíblica se trata. Pero, igual que en la Biblia, hay que buscar la palabra justa para que una crónica llegue a quien la lee. Por eso, cuando comencé a pensar en el título de ésta, pensé en “llegada”, femenino, (acción y efecto de llegar a un sitio). Sin embargo, intuí que le faltaba algo, por lo que completé la pareja sustantiva con el masculino “encuentro” (dar con alguien o algo que se busca, coincidir, hallar algo que causa sorpresa). Y entendí que así era bueno. Que el poner un nombre a las emociones de todos los que participamos de ese instante único, haría más fácil revivirlo y permitir que perdure en los que a nosotros sigan.

El círculo, cerrado en luna bien perfecta, asomaba por el túnel desde el que ya se escuchaba la música ancestral de xeremias y tamborí. Sebastià, el mago, había diseñado la escena para que fuera inolvidable. Y toda la familia se prestó para integrarla, en una imagen de privilegio, sólo para unos pocos elegidos. No hay otra manera de decirlo. Me sentí elegida. En mí, acompañada por mi esposo, regresaban a Mallorca mis abuelos y mis padres. Para encontrar los abrazos de los suyos. Para recuperar casi un siglo de nostalgias, de sabores, de perfumes.

¿Hay otra manera de decir abrazo, emoción, alegría y reencuentro?

La pancarta, obra también de Sebastià y su hijo, decía “bienvenidos a su casa” y así nos sentimos. Mil veces bienvenidos.

Bienvenidos, dijeron “los Covas” en todas las versiones. En las flores de la mano de Sebastià-Jaume, en los rizos de Pau, el pequeñín, en brazos de Dolors, su madre. En las lágrimas de Apolonia y Miquel, a los que habíamos despedido en Buenos Aires sintiendo que pasaría tanto tiempo para volver a vernos, en la Adelantada, en su rol de “¡Ja, ja! Yo los conocí primero”, en la tímida sonrisa de Joana Aina y Ricardo, el futuro Caballero de la Orden de la Pava, como lo llamaremos de aquí, en unas crónicas adelante. Bienvenidos, nos decían Toni, junto a su María, y Pere, mis sobrinos escaladores de montañas. Bienvenida, dijo María, al lado de Miquel, su padre (¡cuántos primos con el mismo nombre!) y de su abuela, mi encantadora tía Jaumeta, a la que dedicaré una semblanza en exclusiva.

Ahí estaban también Tomás y Andrea Serra, con su niño, mis primos de chat y radioescuchas.

Y, como broche de oro en bienvenidas, alguien especialísimo para mí, por provenir de la rama de mi abuelo Marcial, aquel con quien jugara a “dits perellics” inolvidables.
Juana, “Juanita” de mi infancia, y sus hermanas, mis primas maternas, también decían “bienvenidos” de la mano de “Xisca”, una deliciosa joven que se prestó todo el tiempo a acompañar a Apolonia (cuántas mallorquinas con el mismo nombre, ¿cierto?), su madre, y a sus tías Antonia y Juana, cada vez que pudimos encontrarnos. Digo que estas presencias fueron muy emocionantes para mí porque “Juanita” era mi corresponsal infantil allá por los cincuenta y tantos. Intercambiábamos Billiken y Tebeo a través de su padre y de mi abuelo y nos deseábamos felicidad en cumpleaños, Navidades y vacaciones tan lejanas, de un modo tierno y afectuoso, hasta que la vida, más allá de nuestros deseos, bifurcó por más de treinta años, nuestros caminos.
Imaginarán la emoción del reencuentro. Aquellas niñas vestidas en organza y tules para su Primera Comunión, eran, en el Aeropuerto de Palma, dos mujeres mirándose a los ojos, con un regocijo intransferible.
Hubo, además de música, flores y pancartas, dos presentes singulares. Uno, elocuente símbolo, para Jorge. Era la honda de los “foners” baleares, una manera de decir: “serás, de ahora en adelante, bien, bien nuestro” y otro, para mí, de las manos laboriosas de mi tía, un delantal para recoger las alcaparras, prenda que, confeccionada en tela listada, se tiene, desde siempre, por emblema de “payesía”, payesía cuyo legado, a la distancia, siempre había sido para mí como un escudo nobiliario.

Macià y Guillem, los músicos de Campos, no debían dar crédito a toda esa gente que reía y lloraba, se abrazaba y ponía un poco de distancia para volver a contemplarse. Cuando nos introdujimos en el autobús que nos llevaría al pueblo del que mi padre partiera para venir a ésta, mi patria, sonreían benevolentes y asombrados.

Las ventanas de las vecinas de Sebastià y Dolors, en cuya casa nos agasajaron con una deliciosa cena, en la que no faltaron coca, ni las típicas panades, ni mi añorada sobrasada junto a la espuma de la ensaimada tierna, estaban entreabiertas cuando partimos para dormir en la casa de Miguel y Apolonia, los padres de Ángela y Joana Aina, la casa en la que vivió mi padre adolescente, la misma en cuyo muro escribiera su nombre que aun perdura. Mi imaginación soñaba con que quizás, alguna anciana ancianísima, tras los visillos de encaje de bolillos, decía: “la hija de Tomás ha regresado a Mallorca”. Y si no lo dijo, hagamos de cuenta que así ha sido.

Estaba, por fin, en la isla, en la Roqueta. No me parecía cierto. Cuando traspuse el umbral de la casa de nuestros abuelos, donde me alojaría, la emoción fue indescriptible. Pero no terminaba aun el día. Porque en nuestro cuarto, para completar la belleza de la llegada y del encuentro, nuestros anfitriones habían dejado más flores, junto a una botella de champagne helado. Champagne que compartimos con ellos y con la Adelantada en una íntima celebración de cumpleaños. Apolonia había puesto dos velitas en el gató mallorquín de pura almendra y chocolate, obra de sus manos de “madona”. Sostiene que la vida, “nuestra” vida familiar, es así de breve y nueva.

Tiene razón, quizás, pero desde esta llegada y este encuentro fue para nosotros como si siempre hubiéramos permanecido juntos.

Y Dios, el de "La Palabra", con mayúscula, pensará, estoy segura, que eso es muy bueno.

Cati Cobas

domingo, octubre 19, 2008

191-El genio catalán

Ambicioso es el título de esta crónica. Demasiado. Lo reconozco. Pero cuando intenté escribir sobre Gaudí, documentándome exhaustivamente para eso, comenzaron a sonar en mis oídos algunos, sólo algunos, de los casi siempre agudos apellidos catalanes pertenecientes a grandes creadores. Y, acto seguido, decidí que el tema a tratar sería “el genio”. El genio catalán del que tantas veces se ha hablado y el genio “vivo”, que según el Padre Eduardo –ya mencionado en la “Vie en Rose” – forma parte de muchos de aquellos, como esta servidora, en los que corre, por lo menos, una porción de sangre catalana. Sabido es que Cataluña, a través de la conquista de Jaime I, es parte insoslayable, aunque no única, de la historia mallorquina a la que, desde ya, reconozco como propia, al igual que la argenta, en la que he nacido y vivo desde siempre.

Porque: dígame el lector si no hace falta viveza de genio para arrear maridos agotados hasta la cima del Park Güell, a pesar de protestas y rezongos. Si bien Jorge aceptó descender del bus turístico en la parada correspondiente al tan famoso parque, para conocer esa obra de Gaudí, uno de los exponentes más importantes del genio catalán, lo hizo luego de un largo día, de haber oteado con enorme admiración la Sagrada Familia además de las casas Milá y Batló, en el Paseig de Gracia prometiéndose una estancia más larga en Barcelona para ver esas obras una a una. Por eso el pobre, ya cansado, creyó que con una vueltita por el parque del lagarto/dragón emblemático del trencadís bastaría. No imaginó, en el momento de aceptar la propuesta de una caminata a pie, que en mi mente estaba el deseo de realizar un recorrido enjundioso por el mismo.

“¡Catalina!”, escuché a mis espaldas, “¡No pensarás llegar hasta la cumbre!”. Imaginé que si me llamaba “Catalina” era porque estaba sufriendo un acceso intempestivo de su también magno genio ítalo-armenio. Pero el mío es de aquellos fieles al lema: “chufla, chufla, como no te apartes tú…” por lo que muy resuelta, luego de atravesar la reja de hierro tan original con sus hojas de palmito, de trasponer los pabellones que flanquean el acceso, cubiertos con cúpulas semejantes a hongos invertidos, cuajadas de azulejos, emprendí el periplo escaleras arriba a un lado del lagarto, seguida por él, que trataba, con un cierto grado de esfuerzo marcado en su expresión, de dejarse envolver por el embrujo gaudiniano, de rendirse al genio catalán, de entusiasmarse entre las columnas de la sala hipóstila, debajo de los originales plafones que ocupaban en el cielorarraso, lleno de movimiento, el lugar de algunas columnas ausentes.

La luminosidad del genio resplandecía, reflejada en el piso claro de la terraza bordeada por el banco curvo revestido en trencadís, para asombro de un centenar de chinitos en fila…¿india? que se deslizaban por las piedritas del suelo en pintoresquísima patota. La luz se expandía en cada columna que, a modo de pata de elefante cubierta de buganvillas, acompañaba la subida a los niveles más altos de la montaña. Preguntándonos qué habría sido de Barcelona si el Park Güell hubiera tenido aceptación por los catalanes como lo que fue en principio: un barrio residencial, contemplamos la ciudad a la distancia y desde lo alto, maravillándonos una vez más con el arte de Gaudí, y sintiéndonos diminutos en nuestro carácter de colegas de este genio. Ya Cayian no protestaba. Se había entregado, a pesar del cansancio, al influjo de la obra de Gaudí y a su genio imperecedero.

Cuando al día siguiente visitamos el Palau de la Música Catalana, el genio catalán –sólo el creativo, felizmente- apareció de nuevo. Valores como el amor por la cultura, la rigurosidad, el orden, el buen criterio, el “seni” (sentido común), y el tesón se sumaban a la fantasía, hecha rosa, en los capiteles de cerámica nacarada; al dinamismo, en cada parante de vidrio torneado en escaleras y balaustradas; al movimiento y originalidad, pulido mármol, en las esculturas del escenario. ¡Y nuevamente la luz! Esa luz reverberando en la sala en el mismo instante en que el órgano del Orfeó nos regalaba un concierto casi, casi de juguete.

Domènech i Montaner -al que jamás osaría comparar con su casi contemporáneo colega del que hablara antes, pero al que considero una figura diferente y sin embargo, genial a su manera- nos seguía deleitando con su espíritu en pleno siglo XXI.

En ese momento, mientras me regocijaba con los vitrales del Palau, de un exquisito preciosismo, pensé en el interesante trabajo de remodelación realizado en ese edificio por Tusquets, el arquitecto catalán de la actualidad que pinta, escribe, realiza diseño gráfico y tantas otras cosas, a la vieja usanza renacentista. Volví a repasar algunos de los nombres importantes de la arquitectura que Barcelona había traído a mi memoria, tales como el mismo Domènech i Montaner, Sert, Buïgas, Bohigas, así como los de los pintores que como en los casos de Dalí, Miró, Gausachs y tantos otros, han trascendido a partir de su genio y originalidad hasta el día de hoy. Mi marido, más descansado que en la víspera, disfrutaba del emblemático lugar y de los sonidos que colmaban ese ambiente de acústica perfecta mientras asentía interiormente, estoy segura, a este tema del genio catalán y procuraba disculpar a los catalanes y su genio, que se habían encarnado en mí por un rato la tarde anterior en el Park Güell, ya que esa mañana transcurría en perfectísima armonía y derrochábamos ambos unas sonrisas de oreja a oreja francamente envidiables y alejadísimas de la viveza de genio de la víspera..

Debíamos partir en pocas horas con rumbo a la Roqueta, Meca de nuestro camino hacia la luna llena. La Ciudad Condal nos despidió con un “detalle” trascendente, aunque a priori así no lo parezca, amigos. Es que para cualquier mujer no hay nada más importante que su pelo y el mío, después de varios días de paseo, daba lástima. Muchos considerarán al tema capilar como algo intrascendente y a quienes se ocupan de él, como ejecutantes de un arte bien menor, pero cuando entré a esa peluquería cercana a nuestro hotel y expliqué que debía volar, inmaculada, al encuentro familiar en pocas horas, una peluquera catalana, inteligente y de máxima eficienci