sábado, junio 16, 2007

132- El muro y el rescoldo


"...Y confieso que he tardado tantos años,
tanto para averiguar que la razón estaba aquí nomás.
Yo quiero ser la centésima parte, sólo un pedazo de lo que ha sido mi padre
Quiero subir a su ilusión y desde ahí pedir perdón
y no pedirle nada más, si lo demás ya me lo dio.
Yo quiero ver al nieto de mi padre sabiendo más de lo que yo puedo enseñarle
Acá te dejo esta canción, mitad de paz, mitad de horror
y que la canten donde papá nunca llegó..."

"PADRE" Letra y música de Ignacio Copani,



Era otra Argentina. ¿Qué duda cabe? Una Argentina horizontal como sus llanuras, en las que el trigo crecía casi sin sembrarse. Tierra plena de promesas y abierta, con buena voluntad, “a todos los hombres que quisieran habitar su suelo”. Entre esos hombres y mujeres, vinieron, a principios del siglo XX, Miguel y Catalina, mis abuelos paternos, con Antonio, el primogénito, e hicieron su pequeña “América” allá por Bahía Blanca, donde dicen los que la conocieron, que la abuela era una valiente mallorquina que no dudaba en salir, campo traviesa, a dar a luz la Vida, ejerciendo, a puro impulso, como comadrona, entre sus vecinas. La añoranza pudo más, y retornaron, para siempre, a España con dos hijos criollos: Tomás, mi padre, y Miguel, el tercer hijo de los cinco hermanos que fueron finalmente, ya que, tiempo después, nacieron, Sebastián y Catalina, “los benjamines”.


Era otra España. ¿Qué duda cabe? Una España difícil y vertical en los albores de la tragedia que sobrevendría pronto. Y en ella, en la Isla de Mallorca, donde sus gentes están acostumbradas a sembrar en la roca, allá donde nadie puede imaginar que brote nada, vivía mi papá sus años mozos.

Era otra vida: “de la siembra a la siega” y al trabajo duro que significaba el campo en esos tiempos. Claro que el corazón de aquel joven campesino de cabellos castaños y rizados albergaba el fulgor de una esperanza. Él intuía en el conocimiento y el “saber” una puerta abierta a otro destino.

Por eso, cuando terminaba las labores labriegas, no dudaba en recorrer en bicicleta, más allá de chubascos o aguaceros, la distancia que lo separaba de la “casa del maestro”, con la intención de aprender cuanto fuera posible. Por eso, tal vez, el labrador estudiaba a la luz del rescoldo de la chimenea cuando todos dormían, como si esa lumbre, esos tizones, avivaran las ascuas que en su espíritu ardían. Y, en prueba de su determinación y su certeza de que “la Palabra” cambiaría su estrella, el joven escribió su nombre en el muro de piedra del molino familiar, símbolo de lo inamovible, de lo imperecedero. Debía querer vencer el muro con la chispa, con esa chispa que salida de los leños que alumbraban sus lecturas, cuando la Guerra Civil se avecinaba, lo impulsaría a subir al barco con Miguel, y no librarla: los dos habían nacido aquí, después de todo.

Tomás quería para sí otras batallas. Y duras fueron. Pero mi tierra es una tierra generosa para los que quieren luchar de verdad y, lo es, sobre todo, en brindar conocimiento sin hacer excepciones. Así pudo mi padre arar un surco diferente -junto a Aurora, mi madre, también de sangre mallorquina- en el que dejó de tener callos en las manos como signo de las tareas del campo. Sin embargo, no dudó en tomar la azada ancestral en tiempos de descanso, en una combinación que enriqueció mi vida para siempre, y la llenó de amor por la tierra, las plantas y las flores. Y tanto él, como su hermano y compatriota, hicieron honor, con su conducta íntegra y decente, a quienes les dieron la vida y quedaron tan, tan lejos, en La Roqueta, allá en el Mediterráneo tan azul.

Debo decir, amigos, sin embargo, que esta historia de lumbres y de sinos conoce también de desencuentros. Mi padre jamás volvió a Mallorca. Los talayots guardan viejas historias enterradas que mantuvieron a Miguel y Tomás y, consecuentemente, a todos los aquí nacidos de sus ramas, separados durante cuarenta años, de aquellos que quedaron en la isla.

Pero como a Tomás, a mí la chispa me abrasaba otra vez, travestida de Palabra en un secreto deseo de reencuentro, y esta semana derribó el muro: por la magia de la radio y de Internet, medio inexistente en otros tiempos, y con el empujoncito de Magdalena, la esposa del único primo mallorquín con el que se conservaba un único y etéreo hilito , he recuperado la mitad de mí que me faltaba. Y, disculpen los lectores, si llevada por la vehemencia de las emociones, estas crónicas se vuelven hiperrealistas casi. Prometo recuperar pronto el camino de la cordura, queden tranquilos.

Del brazo de Ángela y Joana Aina, las nietas de Antonio, el primogénito, que me llaman “tía nueva”, y me cuentan sus andanzas en Madrid, la una y en el mismo sitio del que partió mi padre, la otra, he comenzado a desandar camino en recorrido inverso hasta Mallorca. Ellas me han regalado la noticia de que el nombre escrito por él permanece en la piedra más allá del tiempo y las distancias.

Y lo increíble: he comprendido que hay fuegos que no se apagan nunca. Porque allá, a tantos miles de kilómetros de agua, estoy descubriendo a Sebastià un joven primo hermano, hijo del hijo más pequeño de los abuelos, que hace del conocimiento, su escudo nobiliario y del idioma nativo, su divisa, y me escribe cartas en Catalán, anunciando que estas crónicas verán la luz en el RESSÒ , periódico de Campos, la ciudad de mi padre y abuelos paternos. Él promete un encuentro familiar completo si algún día, por ventura, esta criolla y payesa al mismo tiempo vuela a verlos.
Mañana se celebra aquí el Día del Padre.
Espero, papá, regalarte pronto, allá donde estés, mi imagen, al lado de tu nombre, en el muro de piedra blanca del molino.
Cati Cobas

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tierno, amoroso, conmovedor y el final se te ponen los ojos con una lagrimilla prendida.
No se me va de la cabeza la voz de Sandra leyendo una de las 132 caticrónicas: me hizo recordar que una buena voz modulada aún saca más la belleza de los renglones, una belleza escondida por el silencio de la lectura.
Un besito y buen día del padre.
Ángeles

cambalache37 dijo...

Reitero lo dicho en el anterior comentario, me uno a esas palabras. Siempre es un placer leer estas crónicas que nos acercan. Felicidades. Beso

Anónimo dijo...

Me he pasado un ratito por tu casa , Cati, he vuelto a leer el muro, he vuelto a llorar...
Me encanta esta Cati-crónica
Besazos
Lola Bertrand


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Anónimo dijo...

Cati,te mando estos dos enlaces:
http://www.mallorcafact.com/permanent/photo_gallery_index.htm

y este otro:
http://rebost.ajcampos.org/jove/albums/excursions0607/

Quizás ya estuviste dando vueltas por ahí, pero por si no lo hiciste, aquí están

Besos
Miri