miércoles, diciembre 10, 2008

207-¡Ay, Miquel!(Aventuras y desventuras de la madona y su consorte)

Consorte significa aquel que comparte su suerte con una o uno. Me gusta más que cónyuge porque esta última palabra refiere a compartir el yugo, a estar atado igualito que los bueyes al arado de la vida y me parece mejor para definir a quienes optan por continuar matrimoniados hablar de compartir la suerte que el yugo. ¿No les parece?

Claro que nuestra última mañana mallorquina puso a prueba las mieles esponsales para mis primos y anfitriones Miquel y Apolonia. ¡Y vaya si las puso! Estoy segura de que a mi prima le supieron a hiel en vez de mieles…

El día comenzó regularcito. Más bien pésimo. Mi estómago amaneció…un tanto “conturbado”. Siempre me ocurre eso cuando tengo que dejar un sitio en el que he sido muy feliz. Jorge y mis primos comenzaron a preocuparse tempranito pensando cómo tomaríamos el avión conmigo en esas condiciones, pero Apolonia, siempre eficiente, recurrió a su botiquín y en un rato me compuse.

Así fue como pudimos vivir la última sorpresa que Sebastià nos había preparado: ¡nos recibiría el Alcalde de Campos! ¡Menudo honor para nosotros ser recibidos por el Intendente del lugar de donde papá partiera!

Las casas de piedra dorada brillaban de modo muy especial en esa mañana bajo un diáfano cielo tan azul como el mar Mediterráneo de mi crónica anterior. Entramos a la Alcaldía con mucha emoción y saludamos al joven Alcalde, que fue amabilísimo, y nos acompañó para fotografiarnos con él, hasta el lugar donde se encuentra el retrato de Jaime II, el rey que más simpatías me produce debido a sus geniales “Ordenacions” (disposiciones por las cuales se entregaba a los vecinos una parcela en el pueblo y tierras de labranza en el campo aledaño al mismo), que hicieron crecer en su tiempo los pueblos y el campo de una manera muy importante. Recibí un hermoso regalo: dos libros, uno de los cuales valoré especialmente, ya que trataba de las “damas campaneras” y de alguna forma me hizo sentir, por un momento, una de ellas. También, un plato recordatorio, todo envuelto primorosamente.

Nos despedimos entusiasmados pero con cierto apuro, ya que corrían las horas y nos faltaba todavía una visita al Cementerio. No quería irme de Mallorca sin visitar la tumba de Miguel y Catalina, mis abuelos paternos.

Miquel, mi primo, anunció que iría en su coche a comprar tabaco mientras su mujer, mi marido, Sebastià y yo nos dedicábamos a recorrer algunos sitios emblemáticos del pueblo. Habíamos dado un paseo frente a la iglesia, visitado la biblioteca, la antigua escuela de niñas y algunos otros sitios importantes, cuando comenzamos a preguntarnos si Miquel habría ido a comprar tabaco a Cuba, ya que no aparecía por ningún lado. Casi era el mediodía y el sol apretaba de lo lindo.

“¡Ay, Miquel!” Comenzó a decir Apolonia muy bajito. Pero cada vez el “¡Ay, Miquel!” iba “in crescendo” a medida que esperábamos a mi primo, que no aparecía por ningún lado.

Comenzamos a buscarlo. En el estanco (algo así como nuestro maxikiosko) había estado, pero ya se había retirado de ahí hacía un buen rato. Buscamos a Miquel por todo el pueblo, pero nada: se lo había tragado la tierra.

Apolonia ya no decía “¡Ay, Miquel!” pero su rostro bermejo, su sudor, las chispas de su mirada lo hacían cada vez con más vehemencia. ¿Dónde había ido mi primo entonces? ¿Se había profugado cumpliendo la vieja historia del marido que salió a buscar tabaco una mañana y nunca regresó a su casa? Yo no podía creer que mi primo se hubiera esfumado en un sitio tan familiar como Campos. Y menos, que hubiera esperado a que vinieran los primos de América para cortar su yugo de más de treinta años. Perdón, su co-suerte, que no su yugo, disculpen los lectores. Estuve tentaba, lo confieso, de hacerle a Apolonia la referencia esa del marido y el tabaco, pero no me atreví porque cuando una madona está enojada o preocupada mejor es “no menealla”, lo aseguro.

El tiempo pasaba, el calor apretaba y Miquel no aparecía. Sebastià ponía su mejor cara filosófica. Ésa que pone cuando no quiere tomar parte de algún embrollo, mientras Jorge peroraba diciendo: “a mí me dijo que iba a comprar tabaco”, como si eso fuera un conjuro que nos devolviera al bueno de mi primo.

“¡Ayyyyyy, Miiiiquel!” Lloraba Apolonia, imaginando, a no dudarlo, a su marido en el Reino de los Cielos.

Por suerte, Dios se apiada siempre de los inocentes y en este caso lo hizo con nosotros. Estábamos por el centésimo “¡Ay. Miquel!” cuando pasaron unos amigos de mi primo con su coche, y al ver a mi prima en el estado en que se encontraba, ofrecieron dar una vueltita por el pueblo, y avisar por el móvil a la desolada consorte, que ya se imaginaba cuasi viuda.

Miguel no estaba precisamente en el Reino de los Cielos, pero sí en el acceso al mismo, ya que había entendido que debía esperarnos en la puerta del Cementerio, y ahí fue que lo encontraron sus amigos, muerto de sed, insolado bajo el sol el mediodía, esperándonos y diciendo a voz en cuello:

“¡Ayyyy, Apoloniaaaaa! ¿Se puede saber dónde te habías metido? ¡Si con esta madona nunca se puede vivir tranquilo…!”

Cati Cobas

1 comentario:

Apolònia dijo...

I tant de bo, que va tornar!!! Saps tu si se'n va a comprar tabac i no torna... i em deixa amb es chanchos, que a jo em fan por. Quin probleeeema!!!