martes, septiembre 30, 2008

183-Del Parque del Retiro a Buhardillita’s Gallery (con queso manchego y Vino De Rioja)

Nuestro hotel madrileño tiene, amigos, un sinnúmero de valores agregados, como por ejemplo, su consultorio médico y el servicio de cocina reparadora. ¡Es mejor que un spa! Cuando a las dos de la tarde “los chicos” y yo terminamos de subir las escaleras, y nos desparramamos en el cómodo sofá de la sala y apareció mi Jorge con aspecto dolorido y afiebrado, Ángela partió rauda hacia su congelador mágico y sacó de él, en pleno septiembre, unas “sopas de Nadal” (de Navidad) como para resucitar a un muerto. Cayian aceptó el menú con la esperanza de que el manjar mejorara su estado físico y, la verdad, es que con muy buen resultado. La sopa, sumada a una oportuna visita al médico, hizo milagros y le permitió vivir un poco de la última tarde-noche madrileña por esa ciudad tan llena de energía. (Acotación especial: La cheff Ángela C. estudió cocina en el afamadísimo “Instituto de Alta Cocina Mallorquina A. Riera”, y hace honor al mismo)

Con nuestra sobrina habíamos soñado una vuelta en bote por el lago, frente al Monumento a Alfonso XII, acompañadas por nuestros Jorges, o, dicho de otro modo, de nuestros “respectivos y cinematográficos” remeros Robert Wagner y Banderas, pero debimos comprender que ellos preferían dejar el romántico paseo para otro momento en que la otitis y el cansancio no hubieran hecho tamaños estropicios, por lo que nos dimos por dichosas al caminar por El Retiro, que resplandecía en verdes y en azules en una de las últimas tardes de verano en aquella parte del mundo.

Pensando cómo me hubiera sentado, en tiempos de mantones y verbenas, el pañuelo “a la madrileña”, con el clavel en medio de mis pobladas cejas, (y diciéndome que mal no me hubiera quedado, sobre todo si mis dientes hubieran sobresalido un tanto menos), caminé por ese parque mientras disfrutaba, embobada, de los cisnes y los cipreses del pantano que crecen en el lago, frente al Palacio de Cristal. Éste, dicho sea de paso, levantado en 1887, dos años antes que la Torre Eiffel , no tiene nada que envidiar a los célebres invernaderos ingleses, con su elegante estructura de metal y vidrio.

No pude evitar, en El Retiro, recordar nuestros hermosos Bosques de Palermo y rogar porque nuestros ediles porteños aprendan de sus colegas españoles cómo se debe mantener y conservar un sitio como el que Sarmiento nos legara. Con Jardín Japonés incluido, ya que por esos días se comentaba que alguna mente preclara de quienes gobiernan Buenos Aires estaba pensando en cerrar esa joya paisajística que tenemos en La Reina del Plata, lo que sería un verdadero pecado y no venial por cierto.

Pero volvamos a Madrid, amigos. Y cerremos esta parte de la historia en la Plaza Mayor, sentados a una mesa como en el mejor film hollywoodwense, mientras caía la noche con tintes rosa y lila, de manera casi mágica.

Decime, Ángela: ¿No creés que quien nos haya visto sentadas en La Torre de Oro, junto a nuestros respectivos Jorges, debe haber dicho: “¡Vaya que tienen suerte las mallorquinas estas!” “Mira que “ligarse” al Wagner y al Banderas…es que los hombres son tan ciegos a veces…”

Sin embargo, Felipe III, en su caballo, mientras sacudía la última paloma inoportuna, nos hizo llegar a ambas un piropo retrechero que se escuchó de Chamberí a Lavapiés, estoy segura.
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Estábamos llegando a La Buhardillita cuando “los chicos” nos propusieron visitar a sus vecinos taberneros para probar su famoso queso manchego. Primero dijimos que no, que ya lo vivido era suficiente, que faltaba más. Por suerte no nos hicieron caso, lo que nos permitió disfrutar del extraordinario sabor de esa delicia que nos hizo bendecir a La Mancha, más allá de Quijotes y molinos. Sin quitar mérito, por cierto, al vino de Rioja, la bebida justa para acompañar el sabor recio del bocado. Ese día, viendo en el lugar a muchas parejas de nuestra edad (bah…unos niños), que comían su tapita y bebían un buen vaso de vino, comprendimos que hay en Madrid una sabia alegría cotidiana, que inunda de deseos de vivir al visitante y que, por suerte, se nos ha quedado pegada todavía en Buenos Aires. Eso sí, los Cayian reemplazamos, por ahora, el vino y el queso por un buen café en jarrita, acompañado por sabrosas mediaslunas, pero procuramos retener esa chispa madrileña de la que disfrutamos tanto, tanto, acompañados por la buena gente del Gran Hotel La Buhardillita.

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Párrafo especialísimo merece la Galería de Arte del mismo. En efecto. Los dueños del establecimiento son polifacéticos. Y cuentan con un espacio dedicado a la pintura a cargo del mismísimo Jorge Hernández, tantas veces mencionado en estos días. Sus cuadros, ideales para aquellos que disfruten con el arte “¿étnico?”, realizados con colores de elementos naturales como tierras, raíces, plantas, hablan de una gran sensibilidad para expresar la trasculturación afro-cubana en imágenes tanto abstractas como tiernamente concretas.
Dejaré, al costado de este blog, algunos de esos cuadros como muestra del arte de Jorge y sepan que en Buenos Aires hemos instalado una filial de La Buhardillita’s Gallery, de modo que estaremos encantados de actuar como representantes en el Cono Sur del artista mencionado. Y que allí, en el Hemisferio Norte, pueden dirigirse a la célebre “marchand” con faldas Ángela C. que, feliz, oficiará de nexo entre el artista y quien desee adquirir alguna de sus pinturas.

(Continuará)

Cati Cobas

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegro que "Jorge" Wagner -qué gracia, no había reparado en el parecido, pero sí que lo tiene y mucho- pudiera disfrutar finalmente de los madriles.

En cuanto a La Buhardillita's Gallery prefiero no opinar de las obras expuestas ya que se considerará peloteo total para obtener habitación con vistas.

besos,

m.d.

CATI COBAS dijo...

Muchas gracias por leerme, M.D. Estoy segura de que te admitirían encantados en La Buhardillita con o sin peloteo. Un abrazo de Cati

La buhardillita dijo...

No, no, con peloteo, por favor...

NOS ENCANTAAAAAAAAAAAA

Javier dijo...

Impresionante entrada... soy madrileño y nunca me había parado tanto a disfrutar de este pulmón de Madrid, imagino que por aquello de tenerlo siempre a mano.
Lo de la exposición tampoco lo conocía... pero habrá que pasarse a echar un ojo.
Si es que no hay nada mejor que planificarse un día de relax, para saber las cosas que te pierdes.