martes, febrero 24, 2009

Los catalanes y el tango, en papel, en el periódico Baleares Exterior

En la contraportada del Número 121 del Periódico Baleares Exterior, "el periódico de las comunidades baleares en el mundo", perteneciente al Grupo España Exterior, se ha publicado una reseña de mi crónica sobre los catalanes y el tango. Si desean ver la edición en PDF recurrir al link http://www.espaexterior.com/?accion=ediciones&seccion=baleares
Página 8.
Cati Cobas

sábado, febrero 14, 2009

215-El reloj de Poncio Rigo

En el aparador del living de mi casa, un reloj marca las noches y los días. Tiene caja cuadrangular de madera de cedro, montada en forma pivotante sobre un caballete, también de ese material. El cuadrante, en roble claro, protegido por el correspondiente vidrio, indica las horas por medio de unas simples tachas estratégicamente ubicadas. Es un reloj un tanto rústico, pero sencillamente digno, sobrio, con lo que se necesita para ser un buen reloj y nada más. Tal vez por eso resulta la imagen más elocuente de quien lo confeccionó con sus manos de “maestro”: Poncio Rigo, carpintero mallorquín.

Es posible que muchos de los que contemplen el reloj, no le asignen la importancia que en este caso yo le adjudico, pero si eso hacen, será porque todavía no han podido llegar a la esencia misma de las cosas, más allá de su apariencia. Ese reloj es una prueba fidedigna de que en este mundo tan difícil hay personas cuya estirpe es el trabajo y su mejor escudo, el ser noblemente reconocidos.

Porque este hombre del que quiero hablarles es uno de los tantos mallorquines que vinieron a Argentina en busca de mejorar su vida a partir del dominio de un oficio, pero lo que lo hace único es, precisamente, este tema de los relojes así como otras formas de dar las gracias que lo convierten en un caballero digno de las Cruzadas, ya que uno de los bienes más difíciles de encontrar en estos tiempos que corren es el de la gratitud.

Poncio Rigo, un hombre delgado, alto, de rostro de rasgos angulosos y netamente baleares, rematados por gruesos lentes, nació en Ses Salines, Mallorca, en 1917. Carpintero, de oficio aprendido en las islas, es uno de esos artesanos casi artistas que ya no se encuentran en estos días fácilmente. Le he visto hacer techos y cunas de juguete, escaleras repujadas y muebles complicadísimos, armarios, camas, escritorios y todo aquello que se le pidiera y que se concretaba en un tris tras, a partir de su claridad de pensamiento. Sus manos huesudas, trabajadas y trabajadoras empuñaron siempre con firmeza -y con enorme soltura- el lápiz sobre el papel, para dibujar el objeto que construiría. Me parece contemplarlo entre viruta y aserrín en su taller, así como armando en mi casa muchas cosas, entre otras, la mesa camilla mallorquina que mis abuelos se empeñaron en construir en Buenos Aires y que, en su época, causó un enorme revuelo entre nuestros vecinos, ya que era un objeto inexistente en estos pagos.

Pero volvamos a Poncio y su familia, que llegaron a esta ciudad en la última oleada inmigratoria: la de los años cincuenta. Práxedes, Apolonia y Bartolomé, su mujer y sus hijos (¡qué nombres tan absolutamente mallorquines…!) respectivamente, lo acompañaron en la aventura de buscar fortuna en esta tierra.

¿Tuvieron suerte?, preguntarán ustedes. Yo diría que Poncio aserró su suerte; la lijó con la garlopa, la martilló con dedicación hasta llegar a tenerla dominada. Y esa “suerte”, la de la muñeca para lustrar empuñada hasta el agotamiento, la de perseverar en el intento de sacar a cada veta lo mejor de sí misma, se encoló en dos hijos “con estudio”, como entonces se decía. Se transformó en casa propia tan increíblemente bien hecha y de tanta economía de recursos, que continúa albergándolo, aún hoy, con dignidad y acierto.

Ni siquiera lo doblegó un accidente en el que perdió algunos de sus dedos. Soy testigo de su trabajo apenas pudo volver a retomarlo, con lo que quedaba de sus falanges envuelto en vendas blancas, que se iban tiñendo de dorado aserrín a medida que pasaban las horas de labor.

Sólo la enfermedad y muerte de su mujer amenazaron con quitarle las ganas de seguir adelante, pero pudo encontrar en un paseo de regreso a su tierra natal dentro del programa Quinta Isla y en el trabajo, las fuerzas para continuar.

Con la desaparición de Práxedes llegó para él la soledad, pero, valiente y decidido, en busca de un conjuro contra la vejez y la muerte, apeló nuevamente a la madera y a sus manos, y supo hallar, a través de los relojes que constituyen el eje de esta crónica, un recurso original e increíblemente hermoso.

Poncio listó en su corazón la gente de la que él se consideraba deudor (ya fuere de algún favor, consejo o atención particular) desde su llegada a la Argentina y fue armando, para cada una de esas personas, un reloj de madera. -¡De qué otro material podría haber hecho un reloj un carpintero!-. Cada uno sería parecido al anterior, pero siempre con un toque distintivo. Éste, con adornos curvos, aquél, pirograbado, el otro, con esa talla que lo diferenciaría. Así quienes ayudaron de una u otra forma a este hombre tan especial fueron recibiendo esa muestra de afecto y reconocimiento hecha “tic tac”.

Un día, nos citó para que compartiéramos con él una paella en la Casa Balear. Fue enorme su insistencia para que concurriéramos acompañados por mi madre, a pesar de su invalidez. Así lo hicimos, para comprobar que Poncio no era solamente agradecido a través de sus relojes. En una de las paredes de la Casa lucía un enorme abanico donado por él como muestra de gratitud por la gestión que en la misma se hiciera para permitir su regreso a Mallorca en 1999.

Y ahí, en la vieja y querida Casa Balear, nuestro hombre sacó, envuelta en paño, su muestra de gratitud hacia los míos recién lustrada y reluciente. Miró a mí madre muy fijo a los ojos diciéndole: “Aurora: tus padres se portaron muy bien conmigo cuando yo llegué a Argentina. Este reloj es para que sepas cuánto valoré su ayuda y amistad”.

Todos lloramos. Pero desde ese día, un reloj con caja cuadrangular de madera de cedro, montada en forma pivotante sobre un caballete, también de ese material, cuyo cuadrante, en roble claro, protegido por el correspondiente vidrio, indica las horas por medio de unas simples tachas estratégicamente ubicadas, preside la vida de nuestra casa y nos habla en su latir, de cuánto vale el corazón noble de Poncio Rigo, carpintero y mallorquín.

Cati Cobas

domingo, febrero 08, 2009

214-El tango y los catalanes… ¿o los catalanes, el tango y algo más?

Agradezco al Señor Ernesto Mario Lach (Mario Valdéz), autor de un estudio sobre los catalanes en la página http://www.aportes.catalunyatango.com, quien me permitió emplear su trabajo para desarrollar esta crónica, dedicada a todos los familiares y amigos que allende el Atlántico me alegran la vida.

Después de transitar por el Camino de la Luna Nueva y de vestirme de blanco en Año Nuevo para sufrir múltiples avatares domésticos y recibir protección del Gauchito Gil y de San Joaquín y Santa Ana, sintiendo la necesidad de retomar las letras, comencé a devanarme los sesos en busca de un tema para esta nueva etapa “croniquera”, hasta que…¡eureka!

¿Qué mejor -me dije- que comenzar por charlar de algo que represente a esta Buenos Aires que tanto amo y a aquella lengua de mis raíces, al catalán que heredara de los abuelos?

Por eso, los catalanes y por eso, también: el tango.

Ya se sabe que cuando un catalán decide comprometerse con algo, o lo hace bien o no lo hace. Quizás por eso, desde la cuna misma de la argentinidad hubo por aquí, sépanlo, catalanes dedicados a declararse más libres de España y más patriotas que muchos criollos. Tan así es que uno de ellos se convirtió en el autor de la música del Himno Nacional Argentino y fueron muy numerosos los que, casi un siglo después, se consideraron más tangueros que Gardel o que Pichuco.

Y cuando digo cuna y libertad, sé de qué estoy hablando. Porque en el mismo momento en que la patria nacía, en aquel 25 de mayo de 1810, Domingo Matheu y Juan Larrea, dos paisanos, comerciantes, oriundos de Mataró, Barcelona, ocuparon sendos cargos de vocal en la Primera Junta de Gobierno y en pocos años, para poner música al espíritu de liberación, Blas Parera, completó el trío ocupándose de musicalizar la Canción Patriótica cuya letra pertenece a Vicente López y Planes, la que luego se convirtiera en nuestro Himno Nacional.

No me van a decir, amigos, que si citáramos apellidos como Coll, Fuster, Pahissa, Pastor, Pibernat o Jovés Torrat no nos imaginaríamos jamás personajes de funyi y chambergo requintado, más bien los veríamos tocados por alguna birretina a la usanza de la Ciudad Condal, pero ¡sí! Se trata de apellidos absolutamente vinculados con la música porteña, con el compás del dos por cuatro. Y no digamos nada si nombramos a Ferrer, Planas o Vidal. Sepamos, por ejemplo, que mi ciudad, hasta tuvo la gloria de que un balear, más precisamente un menorquín, como Lorenzo Torres Nin (con el seudónimo de Demón), le compusiera tangos, como para que no nos quedaran dudas de los lazos que unen a puro corte y quebrada Las Dos Orillas.

¿Quién imaginaría que el autor de la música de “Patotero sentimental” y de “Nubes de humo”(aquel tango que dice: “Fume, compadre, fume y charlemos…”) es nada más y nada menos que un nativo de Manresa, Barcelona, el músico que fuera elegido por el Zorzal Criollo (Gardel) para grabarle nada más y nada menos que ¡siete! tangos? Me refiero a Manuel Jovés y Torrat quien también musicalizara éxitos como “Loca”, “Corazón de arrabal” y “Pobre Milonga” pero, y sobre todo, nos legara, junto al cineasta argentino, Manuel Romero, el inolvidable tango que dice “Buenos Aires, la Reina del Plata…Buenos Aires mi tierra querida…”. Sólo por él, la marca catalana en el tango ya constituye un sello de nobleza.

Pero los tangos de Jovés no fueron los únicos emblemáticos, entre los compuestos por Fuster está “La maroma”, que hace referencia a la forma de dormir pendiendo de una soga pasada por debajo de los brazos que tenían algunos inmigrantes cuando no podían ni siquiera pagar una cama limpia y no querían que las ratas los comieran durante el sueño. ¡Menudo tema el de Don José Dionisio! ¿Cierto?

Hay en esta tierra, también, catalanes por raíces, entre los que se encuentran el cantor Jorge Vidal y los compositores Horacio Ferrer y Carlos Pibernat. Este último, educado musicalmente en Barcelona, fue director de las orquestas estables de Radio Splendid y Belgrano en su época de gloria y autor de “Linda Criollita” y “Papirusa”, entre otros.

En cuanto a Horacio Ferrer es un precoz poeta “rioplatense”. Bueno, a decir verdad, uruguayo, pero en las dos orillas del Río de la Plata hablamos de “rioplatense” cuando en Argentina nos enorgullecemos de un uruguayo, o de un argentino, cuando ha descollado en Uruguay y lo consideran oriental. Autor de “La última grela”, “Chiquilín de Bachín” y de la eterna “Balada Para un Loco”, junto a Astor Piazolla, tiene ganado un sitio fundamental en lo que al tango se refiere y también a la catalanidad, porque su apellido es, indudablemente, de ese origen.

Si bien es cierto que debido al hecho de que mi tierra es tierra de inmigrantes, podemos encontrar apellidos de todos los orígenes vinculados con el tango, me enorgullezco, amigos, de haber investigado sobre los catalanes y nuestra música. Me produce alegría saber que venidos de tan lejos, de otras costumbres y otra voz, hubo catalanes que se volvieron tan argentos como para cantarle a la papirusa, la grela o la maroma y darle a mi Patria su Himno Nacional y a mi ciudad, un tango que para nosotros, los porteños, constituye un himno:

“Buenos Aires, la Reina del Plata;
Buenos Aires, mi tierra querida,
escuchá mi canción
que con ella va mi vida
.…………………………………
Buenos Aires, cual a una querida,
si estás lejos mejor hay que amarte.
Y decir toda la vida:
antes morir que olvidarte…”

(Romero y Jovés)

Cati Cobas

lunes, enero 19, 2009

213-“El Gauchito” al rojo vivo

Para Ángela, que quiere saber cómo fue "lo del incendio"...
Hay palabras y/o frases que uno desearía no escuchar jamás. ¿Cierto? Cada uno de ustedes tendrá una lista de ellas. Por ejemplo: “Peligro”, “¡Ladrones!”, “Señora: aumentó seis kilos desde la última consulta.” o “Todo el desagüe está tapado, y hay que romper.” o bien “Esa muela ya no tiene solución; voy a extraerla.” y tantas, tantas otras.

Pero mis vecinas, mis queridas y “veteranas” vecinitas, nos tenían preparada para el día del Gauchito Gil una cálida sorpresa materializada en once palabras al rojo vivo, como para hacer juego con las cintitas del santo profano del que les hablara en la primera parte de esta crónica. ¡Sí! Las ardientes palabritas que se oyeron en el teléfono de mi portero eléctrico fueron: “Señora: ¡Se está incendiando el departamento del piso debajo del suyo!”.

Mientras mi hijo Fernando disfrutaba de unas vacaciones en la costa, y en Corrientes andaban los devotos del santito criollo enarbolando tacuaras, en mi edificio se vivía un momento de verdadero pánico. El humo negro comenzaba a invadir nuestra casa y, ahogándonos, deliberábamos acerca de qué se hacía con la abuela, porque, tiempo atrás, se me había indicado que en caso de incendio debíamos dejarla en el balcón para que se la pudiera rescatar por el frente del edificio, pero mi marido no se resignaba a dejar a su suegra en situación tan complicada.

Mi Robert Wagner en pijama insistía e insistía en bajarla ocho pisos en sillita de oro por la escalera, y yo ya me imaginaba que en vez de tener una persona dependiente de mí, tendría dos, porque después de tamaño esfuerzo, el descoyuntamiento marital sería de antología; pero no había tiempo para peroratas. Decidida a no quedarme con un marido en condiciones lamentables, entré cual tromba al dormitorio de mi mamá y sin detenerme a explicarle demasiado, la senté en su silla de ruedas que, desgraciadamente, no pasaba por el espacio que mediaba entre los pies de la cama y el toilet. Mientras pensaba cómo ensanchar el paso, mi marido comenzó a reiterarse sobre el tema de la sillita de oro con lo cual sacó de mí unas fuerzas de Godzila, las que me hicieron levantar con una mano la cama mientras con la otra empujaba la silla hasta que la benemérita autora de mis días estuvo colocada en el balcón. Eso si: sin peinarse, en camisón y sin zapatos, lo cual para mi madre, que es muy anciana pero muy coqueta, fue mucho más traumático que el propio incendio que estaba amenazándonos.

En tanto, Mercedes buscaba a su gata la que, asustada, no aparecía por ningún lado y yo, habiendo dejado a mi mamá relativamente a salvo, trataba de cargar algunas fotografías familiares por si el fuego lo devoraba todo.

“¡Vamos que ya no hay tiempo!” Gritaba, blandiendo toallas mojadas para protegernos del humo durante el descenso. “¡Pero no podemos dejar a tu mamá sola!”, insistía el candidato a “Mister Yerno 2009”

A todo ésto, nos invadió el ulular de las sirenas, y supimos que estaban subiendo los bomberos. Al bajar por las escaleras nos topamos con la abuelita del jugo de naranjas findeañero y debimos “guiarla” escaleras abajo porque nuevamente había perdido el rumbo. ¡Una inmobiliaria a la derecha!...

Entre tanto, comenzamos a escuchar a los servidores públicos, que golpeaban ferozmente para que se les abriera la puerta del departamento del que salía el fuego. ¿Ustedes abrieron? La señora del balcón inundado (sí, ¡la misma!) tardó siglos en hacerlo porque jamás imaginó la servicial presencia. Parece que la turística vecina, ya regresada de ver La Movediza y tandilera piedra, había sido solicitada por su hija como abuela-cuidadora, pero había tenido la mala fortuna de que ¡se le prendiera fuego el cartón corrugado que formaba el piso del pesebre, y al tratar de apagarlo con agua ésta había tocado la instalación eléctrica! Por lo tanto, estaba intentando solucionar el tema ella solita, a los baldazos, con el riesgo de quedar electrocutada, sin siquiera haber llamado a los bomberos. Se había limitado a poner “¡a salvo!” a su nietito en el balcón (nada de sacarlo a la calle, por supuesto, si era todo “taaaaan sencillo…”).

Imaginen ustedes el espectáculo que contemplamos al salir a la vereda y posarnos, junto con cientos y cientos de curiosos vecinales frente a nuestra residencia en vías de dejar de serlo: un nene de tres años en medio de las bocanadas de humo negro que salían del living de su abuelita, mientras la señora hacía de bombero con ruleros; y más arriba, mi madre, que agitaba sus manos para que recordáramos que debíamos ir por ella, lo que hizo que mi marido volviera a intentar el rescate de su suegra (daba la sensación de que él era el hijo, lo aseguro), pero por suerte los bomberos impidieron que cumpliera su objetivo de quedarse sin columna vertebral, porque bloquearon el acceso al edificio.

“¿Usted vive ahí, señora? ¡Qué susto!”… Y una, que temía por su madre y por su habitat, ponía su mejor cara de nada y evitaba contarle esta historia de gerontológicos vecinos que estaba teniendo una culminación con ribetes trágicos hasta el momento.

Era, ya lo dije, el día del Gauchito Gil y me parece que él debe haber intercedido ante “El Tata” (Dios) por nosotros, los habitantes del longévico inmueble, porque poco a poco cesó el humo, y finalmente se nos invitó a volver a casa.

Mamá es afásica de expresión, pero esa mañana la entendimos como nunca. Tardó una semana en que los ojos volvieran a su tamaño natural después de la “aventura”.

Mercedes, que era afecta a las “pelis” de terror, se dedica desde ese día a mirar el Ratón Mickey, como mucho, en cuanto a Jorge, está haciendo averiguaciones para poner un tobogán desde nuestro balcón a planta baja en forma permanente, para arrojar a la madre de su consorte por el mismo, en caso de emergencia.

Yo estoy pensando seriamente en que el Gauchito Gil deberá tener cuando menos una hornacina en algún lugar de este gerontológico edificio porque de no ser por él, que celebraba su día, estaría escribiendo esta crónica desde algún refugio municipal, y eso, siendo optimista.

Cuado era chica solía leer, en El Tesoro de la Juventud, historias en las que los héroes iban en busca de la Fuente de Juvencia... Digo yo: ¿Alguien sabe dónde hallarla? Porque si no pongo pronto un poquito de su agua en el tanque de reserva, temo por la integridad de todos nosotros, aún con alguna tacuara con cintas coloradas orlando el hall de acceso. ¿No lo creen?

Cati Cobas

Nota de la autora: Olvidé detallar que para que al infante en custodia se le quitara el trauma de haber participado del incendio, los bomberos (que fueron una maravilla de eficacia y corrección, debo decirlo), lo invitaron a fotografiarse en la autobomba. Quizás debimos hace otro tanto con la abuela...y con el yerno...

viernes, enero 16, 2009

212-¿San Joaquín y Santa Ana o el Gauchito Gil y sus tacuaras?

Habrán podido observar, estimadísimos amigos, que hace casi quince días que la inspiración me ha soltado de su mano. Pero sepan que todo tiene un motivo, una razón, una causa fundadísima. En este caso se trata de la más absoluta decepción.

Recordarán ustedes que me hice el firme propósito de vestir de blanco en Año Nuevo. ¿Cierto? Pues sepan, mis lectores, que he descubierto que lo peor que puede hacer un mortal que quiera sobrevivir a los tiempos que le tocan, es vestir de blanco en Año Nuevo. Y cuando digo lo peor, es “LO PEOR”.

Les cuento que me esmeré sobremanera para esperar el 2009. Preparé velas, flores, comida deliciosa, ánimo alegre pero a la vez sereno…Todo inútil. Los Orixas no son para mí. ¡Basta de velas y de buzios! El próximo año me vestiré de rojo, de verde, de amarillo pero no volverán a verme de blanco ni en un siglo porque peor no podría haberlo acabado y ni hablemos del comienzo!

Para comenzar a ponernos en situación tengamos en cuenta que quien esto escribe, hace diez años que tiene a su cargo a su madre, que este año cumplirá noventa, y se halla, ella misma, en vías de ser una total sexagenaria, lo cual es absolutamente in-di-ge-ri-ble. Si a lo antedicho le sumamos suegra y tías varias, todas más cerca del centenario que de la cincuentena y el hecho de ser la propietaria de menor edad del edificio donde habita (no contando, claro está, a la vecina que se destaca por sus efusividades amorosas) ya sabremos cómo la gasta en esto de “lleva muy bien los años” o “se conserva magníficamente”, por ejemplo. Es que los años cumplidos por los convecinos y por una misma tienen consecuencias muy concretas, que hacen a la habitabilidad de un sitio y a la convivencia en el mismo, a no dudarlo, porque si se trata de “mayores mayorísimos” están a la orden del día olvidos, confusiones, malentendidos, percances y todas las complicaciones que pueden ocurrir cuando la vista el tacto, el olfato y el oído comienzan a teclear un tanto. Y, sobre todo, cuando la falta de nutrición en las neuronas y el umbilicalismo exacerbado que trae aparejada (a veces) la vejez, produce malhumor y falta de empatía, ya que, volviendo al tema de los cinco sentidos, se sabe que “no hay peor sordo que…”

Como para, en vez de vestir de blanco, ocuparse de poner en el hall un altarcito en honor de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María, que por haber concebido a edad avanzada se consideran patronos de los que peinan canas. Digo lo de poner un altarcito porque así tal vez se acabarían los disgustos edilicios que han anulado los efectos altamente positivos que las albas vestiduras hubieran podido tener en su momento.

Para muestra: varios botones. ¡Y de nácar…!

Eran las tres de la tarde del último día de 2008 cuando nos avisaron que a nuestra vecina, ubicada unos pisos hacia abajo, se le estaba inundando el departamento. Recordarán que colaboro con el Consejo de Administración del edificio ¿No? Pues eso valió para preparar el consabido vitel toné en medio de llamadas telefónicas intensivas y amenazantes ditirambos varios. Para que la Waldorf se pusiera negra al olvidarnos el jugo de limón y las flores del centro de mesa se secaran por falta de agua. ¡Como para acordarse del florero si dos pisos más abajo, el líquido elemento era precisamente lo que sobraba y si no dejaba de sobrarle rápido a la vecinita encocorada, los que íbamos a quedar sin agua seríamos todos los vecinos, ya que la inundada dama amenazaba con la fuerza pública, con cortar el agua, con…

Una pensaba, mientras se olvidaba del limón antioxidante y se cortaba con la lata de atún recién abierta, que si a la señora “le” llovía, el problema debía corresponder a alguna avería en el piso inmediato superior pero…la habitante del mismo, otra avispada miembro de la conspicua tercera edad, estaba contemplando la nueva piedra movediza de Tandil, “trucha” pero interesante a no dudarlo. Contemplando dicha piedra, digo, felicísima e ignorante de lo que sucedía bajo la losa de su departamento, por supuesto. Por consiguiente, nunca hubo huevos peor rellenos que los que se degustaron en mi casa el 31 de diciembre. Los iba preparando mientras trataba de imaginar cómo se podía acceder al departamento de la mentada turista cuya hija, supuesta poseedora de la llave, no se localizaba por ninguna parte, al igual que la llave misma. ¡Ay Señor! Finalmente, ante la amenaza de pasar la noche del 31 sin agua, cuando ya estábamos por pedirle prestado el perro a la señora del 2º B para que lamiera los platos de la cena que soñáramos de blanco reluciente, llegó la hija de la viajera y cerrajero mediante (la llave continuaba brillando por su ausencia)… ¡Oh sorpresa! La señora había olvidado la canilla del balcón goteando y, “previsora”, tapado el desagüe del balcón con un ¡trapo de piso!, con lo que el mismo era la laguna de Chascomús antes de la sequía…

No había terminado de reponerme de la amenaza de aridez cuando me pareció oír ruido de llave en la cerradura de casa. Otra viejita encantadora, que habita en el contrafrente, me preguntaba qué hacía yo en su departamento. Tuve que hacer venir a mi marido para que viéndolo comprendiera que ese no era su departamento, pero tardé como media hora en la lucha explicativa y recién cuando la acompañé a su casa, y vio a su esposo, se quedó tranquila, comprendiendo que se había confundido de piso y puerta. ¡Bendita sea! A esa altura yo ya tenía ganas de vestirme de negro, de enlutar mi último 31 de diciembre con cincuenta y muchos años rodeada de tanta vetustez.

Para completar los contratiempos gerontológicos de la víspera del 2009, estaba dirigiéndome a la puerta principal del edificio para recibir a mis primeros invitados cuando patiné frente a los ascensores con una sustancia pegajosa, faltando nada para que mis blancas vestiduras acabaran, junto con mi osamenta, rodando por el suelo. Preguntándome con qué había resbalado, llegué a la entrada, y me volví a topar con la dulce ancianita confundida, la que me explicaba, muy tierna ella, que la causa de mi resbalón era nada menos que la ensalada de fruta que ella misma había preparado con sus propias manos y que ahora estaba por llevar a lo de su hija. Mucho lamentaba, la pobre abuelita, que la mitad del jugo azucarado de su dulce ensalada hubiese caído frente a los ascensores… ¡Ay, ay, ay! Imaginen la cara con la que recibí a la gente…imagínenme, sobre todo, se los ruego, inmaculadamente ataviada, trapo de piso en ristre, en desigual lucha contra la sacarosa.

Por eso, el 1º de este nuevo año que recién comienza me encontró, les aseguro, hurgando en mi misal en busca de alguna vieja estampita de los papás de la Virgen con la esperanza de que su accionar protegiera eficazmente a tanta senilidad habitacional como la que amenazaba trastornarme totalmente a pesar de ángeles, velas y blancuras pero…a los pocos días me convencí que tenía que ir en pos de algún otro recurso de protección porque a mis vecinas ni san Joaquín las mejora, ya verán…Por eso se me ocurrió que tal vez el Gauchito Gil…

¿Saben ustedes quién fue el Gauchito Gil*?

“Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como "El Gauchito Gil" o como "Curuzú Gil" (del guaraní curuzú=cruz) es quizás uno de los más importantes representantes de lo que Marta De Paris denomina Santoral Profano Correntino (1988). Desde hace más de cien años tiene vigencia en su provincia, pero en los últimos años ha trascendido primero al litoral, en especial Misiones y Formosa, y luego al resto del país. Hay lugares de culto desde Salta a Ushuaia. El Gauchito Gil vivió entre 1830 y 1870, tiempos de enfrentamientos políticos entre autonomistas y liberales en Corrientes. Al negarse a pelear, Gil fue acusado de "desertor" por los liberales, que decidieron fusilarlo. A su ejecutor le anticipó la enfermedad terminal de un hijo, pero le ordenó que invocara su nombre ante Dios para curarlo. Hecho el "milagro", comenzó el culto al Gauchito.

Para algunos era un cuatrero, un gaucho alzado, un fugitivo al que le cargaban todos los hechos delictivos sin resolver. Para otros era "Robin Hood", les robaba a los ricos (en especial a los que se aprovechaban de los paisanos) y les daba a los pobres y ayudaba a quien lo necesitara. Era un gaucho justiciero. Hacía lo que muchos no se atrevían a hacer. Era un vengador de sus desgracias.”


El 8 de enero es, precisamente, el día dedicado a la veneración de este santo profano de mi tierra y creo que vamos a tener que nombrarlo definitivamente protector de nuestro geriátrico edificio porque de no ser por él, en su día, no sé si hubiésemos contado el cuento…(Continuará)

Cati Cobas

Más sobre El Gauchito Gil:
“El Santuario principal se encuentra en el cruce de las rutas Nº 123 y 119, a 8 km de la ciudad de Mercedes (antigua Pay-Ubre). Desde lejos se observa el centenar de tacuaras (cañas) con banderas rojas, el mausoleo con las placas de agradecimiento y una enorme cantidad de ofrendas similares a lo que ocurre en el santuario de Vallecito de la Difunta Correa: muletas, vestidos de novia, juguetes, casas hechas en miniatura, autitos. Estampitas del santo con los pedidos escritos detrás o con expresiones de agradecimiento.

Las tacuaras (cañas) con banderas coloradas son indicadores de los lugares de culto ubicados a la vera de rutas y caminos.
El color rojo es el distintivo del Gauchito Gil y se manifiesta en velas y fundamentalmente en cintas con el pedido o agradecimiento escrito. Es costumbre dejar una cinta atada a las miles de cintas que hay, y retirar otra ya "bendecida" por el santo que se coloca en la muñeca, en el espejo del auto o en algún lugar privilegiado de la casa para que proteja o ayude.
Varios días antes del 8 de enero, fecha del aniversario de su muerte, comienza a congregarse la gente y pasar la noche en carpas. Se improvisan negocios, bailantas la compás del chamamé, kioscos que venden bebidas y recuerdos. Los jinetes se acercan llevando banderas y estandartes en tacuaras para dejar en el lugar, que también se cubre de flores rojas. El cura de Mercedes oficia una Misa por el alma del Gauchito. En el terreno donado por el estanciero se construyó un tinglado donde se acumulan las ofrendas, sitios para encender velas y edificios con baños, duchas, bares y otras comodidades para aquellos que se acercan a orar.”

*
www.naya.org.ar
http://www.clarin.com/diario/2009/01/09/sociedad/s-01836189.htm

lunes, diciembre 29, 2008

211-Y vestiré de blanco en Año Nuevo...

Y vestiré de blanco en Año Nuevo. Como si los sesenta septiembres que me esperan se convirtieran otra vez en quince años. Me vestiré de blanco por los ángeles, que en este tiempo presiento, más que nunca, sentados a mi vera. Me vestiré de blanco, en son de paz con la Vida con mayúsculas, y pediré, como siempre, muchas ganas de continuar la lucha y el ascenso.

Me vestiré de blanco en Año Nuevo, aunque María sea mi sino y no haya ni mar ni caracoles en esta Buenos Aires que me arropa. Porque quiero comenzar el tiempo nuevo, un tiempo que le gane al viejo tiempo conocido.

Me vestiré de blanco este diciembre, mientras espero retener de él la sabia alegría de lo cotidiano y el dulce regocijo de la labor cumplida.

Y pondré flores blancas en la mesa y velas, que devuelvan a los que se sienten en su torno, la dicha simple del mantel planchado y el trasparente repicar del cristal en mil campanas.

Espero, entonces, que esa alegría sencilla, la de la albura prístina, la que surge cuando es el corazón aquel que habla, mientras la razón se va a dormir de aburrimiento, nos envuelva, y permanezca para siempre entre nosotros.

Por eso buscaré, también, la mejor música para cuando comience el nuevo día. Porque quiero amanecer vivencias y alborozo.

Pero además, me vestiré de blanco, en son de gracias, y en prueba de que la luna llena sigue viva.

No quiero ya pensar mil nubes negras, porque todos sabemos que éstas vienen solas. Elijo cientos de estrellas tachonando el cielo y el horizonte rosa, aunque me cueste.

Por eso, digo, amigos: vistámonos de blanco, aunque nos amenacen las tormentas. Si mantenemos luminosa la mirada y el alma de blanco travestida, la mejor luz nos servirá de guía y mil caminos se abrirán ante nosotros.

¡Feliz Año Nuevo!

Cati Cobas

jueves, diciembre 25, 2008

210- En el patio (Caticrónica navideña 2008)

La culpa la tuvo el patio. El patio antiguo y generoso de la casa de mis suegros me ha hecho tener ganas de escribirles esta crónica. Anoche, cuando brindamos alrededor de la mesa larga, bendiciéndonos en la llegada de Jesús, con alegría, comenzaron a pasar por mi corazón tantas imágenes, tantas voces, tantos sabores irrepetibles que no pude evitar convertirlos en palabras. Desde las historias de dolor y guerra de la abuela armenia de mi cuñado Pablo, a las ensaimadas que mi papá horneaba en esa fecha, de los dulces deliciosos de la abuela Ángel, a las bromas de don Carmelo, mi suegro, poniendo siempre una nota alegre en sus palabras infaltables, pasando por la voz del tío Arturo o las risas de “las chicas”, mis sobrinas, que ahora se han convertido en mujeres hechas y derechas. ¿Pero por qué estas reflexiones melancólicas, si anoche el patio nos encontró juntos, como treinta y pico de años atrás? Es cierto que algunos ya no están entre nosotros, pero sí su recuerdo vivo, en ese sitio que ve pasar cada año nuestras esperanzas y nuestros miedos. Si en un rincón se podía adivinar a Don Artín y sus bigotes, sentado allá, junto a papá y mi suegro. Y saliendo de la cocina, a mi suegra Juanita y mi mamá en su plenitud, riendo juntas, jóvenes y liberadas de vejez y achaques que las maltraen en el hoy. El patio también sonreía contemplando a nuestros hijos, con sus logros y sus desafíos a la vida y a la pequeña Carmela, deslumbrada con Papá Noel y los regalos. ¡Bendito patio! Toda una vida desplegada, Nochebuena a Nochebuena entre sus muros.

Nunca le daré a ese lugar tan especial las gracias suficientes porque esta celebración no era, en los cincuenta, mi celebración preferida. ¿A qué negarlo?
La mallorquina promesa de los Reyes Magos en esta Buenos Aires calurosa hacía que el 24 de diciembre me preguntara por qué Papá Noel visitaba la casa de mis vecinas, dejándome en sus árboles lindos regalos pero delegando la tarea en mi propia casa para Melchor, Gaspar y Baltasar que sí nos visitaban puntualmente el 6 de enero.

Al entredicho con el anciano de la chaqueta roja y el armiño, se sumaba, para aumentar mi desconsuelo, el hecho de que muchas Nochebuenas éramos solamente mis padres y abuelos y esta servidora, los sentados a la mesa, aguardando a que naciera el “Bon Jesus”, que así lo llamaba la abuela Isabel, en confianza, mientras yo, su nieta, soñaba con esas mesas largas, de película, con mucha familia reunida, muchos primos y tíos y alboroto.

Todo esto cambió el día de mi boda y un poquito antes también. Y reconozco que es una de las ventajas indudables que tiene para mí el permanecer casada, aunque los lectores colijan que el champagne de anoche es responsable de este desvarío.

Es que habiendo recuperado mis raíces puedo vivir ese patio con mayor alegría que hasta ahora. Porque puedo elegirlo como lugar para recibir al Niño y como símbolo de los valores que sostienen la familia.

El patio ha conocido sinsabores, enojos y contrariedades, celebraciones y alegrías, muerte, enfermedad y tantas cosas, pero sigue ahí, envolviéndonos, y mientras podamos abrazarnos en él y desearnos suerte, la verdadera esencia de la Navidad continuará fortaleciéndonos por muchos vendavales que traten de soplar en la distancia…

¡Feliz Navidad!

Les desea Cati Cobas

jueves, diciembre 18, 2008

209-Sin embargo...




Yo extraño mi ciudad.
Las luces de mi ciudad.
Su brillo, su resplandor.
No puedo olvidar

“Eran otros tiempos, era otra la historia”, como dice otra canción que supo sonar por acá en tiempos del último Mundial de Fútbol. Ese fragmento pertenece a una que Nacha Guevara cantaba en el exilio, allá por los setenta, pero para mí es la síntesis perfecta y redondísima de lo que un porteño, o, en este caso, una porteña siente por su Buenos Aires.

Las luces de mi ciudad.
Yo extraño ese resplandor.
Que hace que mi ciudad
brille más que el sol.
Es tan lindo San Francisco
pero extraño el Obelisco.

El Obelisco, asomando empeñosamente entre las diagonales, la ronda eterna de los autos en la Plaza de la República, la Avenida 9 de Julio, rosada de lapachos en octubre y azul de jacarandaes en noviembre, me dieron chapa de porteña enamorada de su ciudad, y hacen que esté contenta del regreso aunque haya sido tan feliz bajo otros cielos.

Mi ciudad.
Me voy para mi ciudad.
Las luces de mi ciudad
Me están llamando, me llaman.
Yo sé que Florencia es bella
cuando salen las estrellas,
pero quiero ver el cielo
de las noches de Pompeya.

El cielo de las noches de Pompeya nos trae a Homero Manzi y el Sur melancólico que supo pintar al costado del terraplén, después del paredón . Nos regala los ecos de Malena, de Estercita y de Madame Ivonne, que no pueden sonar auténticos en ningún otro lugar más que en este sur del sur que me pertenece. Crecer buscando a las Tres Marías, cerquita de la Cruz del Sur, acompañada por los grillos en las noches de verano logra que la llanura nos posea para siempre y que hasta la pobreza que rodea a barrios como el que la canción nombra resulte dolorosamente tolerable.

Mi ciudad.
Las calles de mi ciudad.
Su brillo, su resplandor
y esa humedad.

Así, tal como dicen los versos, así siento. Porque el asfalto regado por la lluvia puede oler mejor que el más prolijo césped inglés si se ha nacido en Buenos Aires y los huesos extrañaron en Madrid la muelle blandura de la humedad porteña. ¿Loca? Tal vez. Pero no creo ser la única que así piense aunque la dichosa humedad solo sirva para tener de qué quejarse o se convierta en algo que decir a algún vecino, mientras se comparte la incomodidad de un ascensor.

Yo extraño mi ciudad.
Los locos de mi ciudad
que por Callao ven
la luna rodar.

Quien haya caminado mi ciudad sabrá seguramente de qué van estos versos. La luna puede verse de verdad en la Avenida Callao, la señorial, aquella que nace al pie de las aspas de la Confitería del Molino y muere en Recoleta, regalándonos donaire y savoir faire.

En París hay lindos puentes
pero no es calle Corrientes.

Corrientes, la “hija del Luna Park con la Avenida Madero” (la que nunca duerme, la de las librerías y los teatros, la del Once abigarrado de mercachifles y chucherías, la de la Chacarita, donde Gardel duerme su gloria acompañado por la Madre María y Leguizamo solo, al que le siguen “batiendo” hurras los ángeles de la “popular” aunque ya no monte ningún “pingo”), solamente puede existir aquí, haciéndose cargo de nuestras grandezas y de nuestras miserias producto de los barcos y la tierra.

Mi ciudad.
Me voy para mi ciudad.
Las luces de mi ciudad me están llamando,
me llaman.
Qué bien huelen los jazmines bajo el sol de Andalucía,
pero yo extraño el aroma
que hay en nuestras pizzerías.

¿Dónde se comería una pizza más sabrosa que en esta Buenos Aires tan “gallega” y tan pero tan “tana”? Las Cuartetas, Los Inmortales, Banchero, Serafín…cada porteño tiene su pizzería preferida. De pie, detrás del mostrador, acompañada de un moscato o sentado a una mesa bien servida por un mozo canchero y entrador, comer una de muzzarela con fainá es graduarse de porteño y, perdonen los lectores, pero desafío a aquel que diga lo contrario.

Mi ciudad.
El río de mi ciudad.
Su brillo, su resplandor,
su suciedad.
Yo extraño mi ciudad.
La gente de mi ciudad.
Que nunca se va a dormir
para soñar.

Buenos Aires ha ido cambiando desde que la canción fuera escrita. El río está cada vez más lejos, empujado por los edificios de Puerto Madero, pero lo sabemos ahí, tan marrón como siempre y más melancólico que nunca. Acunando a los habitantes de la ciudad que la recorren aun de noche a pesar de todo.
Los domingos en el Rastro
no son como en el Abasto.
Mi ciudad.Me voy para mi ciudad.
Las luces de mi ciudad
me están llamando, me llaman.

Hasta el Abasto es diferente pero igual se extraña cuando uno está muy lejos. El barrio emblemático del tango, convertido en un barrio “for export” conserva rinconcitos que evocan otros tiempos malevos y tangueros y nos sigue haciendo desear volver a verlo si hace mucho que no caminamos su empedrado.

Sus letreros luminosos
y esos hombres tan hermosos.
Basta de Quinta Avenida,
llévenme a andar por Florida.

¡Florida! La calle Florida es un regalo para el corazón. En domingo, cuando los pasos repican en soledad o en un mediodía de trabajo con su imagen abigarrada y una melodía de Piazzola persiguiendo oficinistas que la recorren apurados en pos de un sándwich y una coca. Florida es el lugar para sacarse la tristeza, para tomar un cafecito “de parado”, para encontrar a los amigos, para detenerse en un kiosko a comprar flores o para soñarse rico en las Galerías Pacífico admirando la fuente y los murales. Florida es abanico de Buenos Aires y su gente. Es inmigración, turismo, aventura, lujo, miserias, familia, mendicidad y todo al mismo tiempo. Pero es, y sobre todo, el lugar donde no hay un solo porteño que se sienta ajeno.

Por todo esto, mi Camino de la Luna Llena debe, imprescindiblemente, culminar en Buenos Aires. En esta ciudad que mi padre y mis abuelos eligieron como sino y a la que amo con todas las fuerzas de mi alma. En esta Buenos Aires tan grande y tan pequeña, tan magnánima y tan mezquina, tan refinada y tan vulgar, que hubiera merecido mejor destino que convertirse en cabeza agigantada de un cuerpo tan menguado por la política y la historia. Porque después de recorrer, aunque fuera brevemente, otros lugares y de haberme afirmado en mis raíces, tengo que declarar, para no traicionar mi verdadera esencia, que…

Antes de que sea tarde
quiero estar en Buenos Aires.
Espérenme, voy para allá.
Yo quiero estar …en mi ciudad.

Cati Cobas

miércoles, diciembre 10, 2008

Y ahora...una "yapa" fotográfica





Les ruego comparen las fotografías de la crónica "La medida de los sueños" con estas fotos que dejo aquí y que fueron tomadas por nosotros...¡Hasta siempre...!

208-Epilegómenos

Este “Camino de la Luna Llena”, a la medida de mis sueños, finaliza, y, no podía ser de otra manera, con una visita al pueblo de Ses Salines, el de Isabel, la pequeña pionera que se animó a cruzar el océano sola, hace casi un siglo, en pos de sus quimeras, convirtiéndose en mi abuela materna. Ses Salines es un pueblo pequeñito, también de piedra dorada. Papá hacía rabiar a su suegra diciéndole que su pueblo tenía una sola calle. Yo pude ver algunas más, pero no muchas. También me fotografié frente a su iglesia. Imaginé a la abuela haciendo calça o randa con sus hermanas, en la puerta de su casa o bailando alguna jota muy joven, en la plaza, junto a sus amigas.

De la mano de Apolonia, y con un Miguel ya reencontrado, habíamos orado por los abuelos y otros familiares, en su tumba, y hasta pudimos saludar a Guillem Bauçà, el escritor campaner autor de "Es Cor Xapat", que tuvo la delicadeza de venir a saludarnos, para luego llegar al mar y allí, cerca de la Colonia Sant Jordi, encontrarnos en Sa Rapita. Con Jorge nos miramos asombrados…¡Cuántas veces habíamos visto a mi papá feliz en Mar del Plata, mientras caminaba entre el Torreón del Monje y la Playa de los Ingleses - la Varesse actual-! ¿Así que Sa Rapita era el motivo inconfesado de su cariño por ese lugar? Las mismas rocas, que alguna vez le habían servido de trampolín cuando era joven, aquí, en Argentina, lo retrotraían a Mallorca pero había muerto sin decirlo. Sin contar cuánto había añorado él también, como los abuelos Marcial e Isabel, esa isla inolvidable.

Nos fotografiamos con los primos bajo un cielo y frente a un mar que lastimaban con un azul fortísimo. Sabíamos que eran ya los últimos abrazos hasta que la Vida dispusiera el reencuentro.

Después, todo fue tan rápido… la prima Magdalena, trayendo un primoroso mantelito en punto mallorquín bordado por su madre, como recuerdo y despedida, el almuerzo, el aeropuerto, más abrazos y alguna lágrima impertinente. Sebastià Jaume, jugando con el carrito de las maletas, Dolors y Pau en sus brazos, Juana, con Xisca y sus hermanas y la ilusión de un posible reencuentro en mi Argentina; también Toni, mi sobrino admirador de las montañas y Joana Aina, prometiendo venir pronto a visitarnos (esperemos que con sus papás y el Caballero), Sebastià, disimulando, inútilmente, sus emociones y hasta Joana Pol, una de las responsables de este camino a través de su Rincón Literario, con su libro, diciéndonos un ¡hasta siempre…! lleno de cariño.

El avión sobrevoló la isla y mientras la contemplábamos en el Mediterráneo, haciéndose cada vez más pequeñita, comenzaron a desfilar por mi corazón las imágenes que he dejado en estas letras. Las he escrito para ustedes: para los que me leen desde siempre y para todos y cada uno de los protagonistas de esta historia, comenzando por Jorge, mi compañero de la vida, en memoria de esos poquitos días en que pudimos decir “¡al fin solos!”. Las he escrito, además, en prenda de gratitud hacia todos los que nos brindaron su tiempo y su esfuerzo convertidos en el mejor recibimiento, en acogedor albergue, en agasajos, paseos, momentos felices, regalos y, sobre todo en el habernos hecho sentir plena y absolutamente en casa, tanto en Mallorca, como en la añorada Buhardillita madrileña.

Miquel, el mayor de mis primos en la isla, dice que mi presencia en sus vidas las ha revolucionado. Estoy de acuerdo, pero es éste un hecho que se da en absoluta simetría a ambos lados del Atlántico. Estamos aprendiendo todos a vivir entre dos mundos muy distintos…pero también, en este tiempo nuevo, a mirarnos a los ojos, a comprendernos y a disfrutar de todo de una manera diferente, más plena, más completa.

Jorge y yo ya nunca más podremos ser los mismos después de amanecer en aquella terraza inolvidable y de ver ponerse el sol en rojo, con la silueta del molino dibujada en el horizonte campaner. Esperamos que cada uno de los que ha seguido conmigo esta historia de mar y plenilunio, pueda llevar a su vida cotidiana el mensaje de alegría que he procurado trasmitir. El mensaje, en definitiva, de que cuando algo se desea fervientemente, se puede lograr, aunque parezca un imposible. Y yo deseaba así este encuentro definitivo con Mallorca, lo aseguro.

Todo queda para mí absolutamente claro. Luego de fotografiarme junto al nombre de mi padre, escrito en desafíos hace más de setenta años, en la piedra del molino familiar, y conservado merced al respeto que han tenido mis primos y habitantes de la finca para con nuestra historia, y a punto de convertirme en sexagenaria, he logrado lo que mucha gente no consigue nunca: saber quién soy y asumirme, de una vez por todas como una argentina y porteña cabal, pero orgullosa, muy orgullosa, de palpar junto a los suyos, la esencia misma de sus raíces mallorquinas y payesas.

Nunca mejor que ahora fueron dichas las palabras del poeta:

“¡Vida, nada me debes!
¡Vida, estamos en paz!*”

Cati Cobas

*Amado Nervo

207-¡Ay, Miquel!(Aventuras y desventuras de la madona y su consorte)

Consorte significa aquel que comparte su suerte con una o uno. Me gusta más que cónyuge porque esta última palabra refiere a compartir el yugo, a estar atado igualito que los bueyes al arado de la vida y me parece mejor para definir a quienes optan por continuar matrimoniados hablar de compartir la suerte que el yugo. ¿No les parece?

Claro que nuestra última mañana mallorquina puso a prueba las mieles esponsales para mis primos y anfitriones Miquel y Apolonia. ¡Y vaya si las puso! Estoy segura de que a mi prima le supieron a hiel en vez de mieles…

El día comenzó regularcito. Más bien pésimo. Mi estómago amaneció…un tanto “conturbado”. Siempre me ocurre eso cuando tengo que dejar un sitio en el que he sido muy feliz. Jorge y mis primos comenzaron a preocuparse tempranito pensando cómo tomaríamos el avión conmigo en esas condiciones, pero Apolonia, siempre eficiente, recurrió a su botiquín y en un rato me compuse.

Así fue como pudimos vivir la última sorpresa que Sebastià nos había preparado: ¡nos recibiría el Alcalde de Campos! ¡Menudo honor para nosotros ser recibidos por el Intendente del lugar de donde papá partiera!

Las casas de piedra dorada brillaban de modo muy especial en esa mañana bajo un diáfano cielo tan azul como el mar Mediterráneo de mi crónica anterior. Entramos a la Alcaldía con mucha emoción y saludamos al joven Alcalde, que fue amabilísimo, y nos acompañó para fotografiarnos con él, hasta el lugar donde se encuentra el retrato de Jaime II, el rey que más simpatías me produce debido a sus geniales “Ordenacions” (disposiciones por las cuales se entregaba a los vecinos una parcela en el pueblo y tierras de labranza en el campo aledaño al mismo), que hicieron crecer en su tiempo los pueblos y el campo de una manera muy importante. Recibí un hermoso regalo: dos libros, uno de los cuales valoré especialmente, ya que trataba de las “damas campaneras” y de alguna forma me hizo sentir, por un momento, una de ellas. También, un plato recordatorio, todo envuelto primorosamente.

Nos despedimos entusiasmados pero con cierto apuro, ya que corrían las horas y nos faltaba todavía una visita al Cementerio. No quería irme de Mallorca sin visitar la tumba de Miguel y Catalina, mis abuelos paternos.

Miquel, mi primo, anunció que iría en su coche a comprar tabaco mientras su mujer, mi marido, Sebastià y yo nos dedicábamos a recorrer algunos sitios emblemáticos del pueblo. Habíamos dado un paseo frente a la iglesia, visitado la biblioteca, la antigua escuela de niñas y algunos otros sitios importantes, cuando comenzamos a preguntarnos si Miquel habría ido a comprar tabaco a Cuba, ya que no aparecía por ningún lado. Casi era el mediodía y el sol apretaba de lo lindo.

“¡Ay, Miquel!” Comenzó a decir Apolonia muy bajito. Pero cada vez el “¡Ay, Miquel!” iba “in crescendo” a medida que esperábamos a mi primo, que no aparecía por ningún lado.

Comenzamos a buscarlo. En el estanco (algo así como nuestro maxikiosko) había estado, pero ya se había retirado de ahí hacía un buen rato. Buscamos a Miquel por todo el pueblo, pero nada: se lo había tragado la tierra.

Apolonia ya no decía “¡Ay, Miquel!” pero su rostro bermejo, su sudor, las chispas de su mirada lo hacían cada vez con más vehemencia. ¿Dónde había ido mi primo entonces? ¿Se había profugado cumpliendo la vieja historia del marido que salió a buscar tabaco una mañana y nunca regresó a su casa? Yo no podía creer que mi primo se hubiera esfumado en un sitio tan familiar como Campos. Y menos, que hubiera esperado a que vinieran los primos de América para cortar su yugo de más de treinta años. Perdón, su co-suerte, que no su yugo, disculpen los lectores. Estuve tentaba, lo confieso, de hacerle a Apolonia la referencia esa del marido y el tabaco, pero no me atreví porque cuando una madona está enojada o preocupada mejor es “no menealla”, lo aseguro.

El tiempo pasaba, el calor apretaba y Miquel no aparecía. Sebastià ponía su mejor cara filosófica. Ésa que pone cuando no quiere tomar parte de algún embrollo, mientras Jorge peroraba diciendo: “a mí me dijo que iba a comprar tabaco”, como si eso fuera un conjuro que nos devolviera al bueno de mi primo.

“¡Ayyyyyy, Miiiiquel!” Lloraba Apolonia, imaginando, a no dudarlo, a su marido en el Reino de los Cielos.

Por suerte, Dios se apiada siempre de los inocentes y en este caso lo hizo con nosotros. Estábamos por el centésimo “¡Ay. Miquel!” cuando pasaron unos amigos de mi primo con su coche, y al ver a mi prima en el estado en que se encontraba, ofrecieron dar una vueltita por el pueblo, y avisar por el móvil a la desolada consorte, que ya se imaginaba cuasi viuda.

Miguel no estaba precisamente en el Reino de los Cielos, pero sí en el acceso al mismo, ya que había entendido que debía esperarnos en la puerta del Cementerio, y ahí fue que lo encontraron sus amigos, muerto de sed, insolado bajo el sol el mediodía, esperándonos y diciendo a voz en cuello:

“¡Ayyyy, Apoloniaaaaa! ¿Se puede saber dónde te habías metido? ¡Si con esta madona nunca se puede vivir tranquilo…!”

Cati Cobas

lunes, diciembre 08, 2008

206-Mediterránea (de Sibilas, de mares y de huertos)

Mare Nostrum (Nuestro mar), así le decían los romanos. Buena denominación realmente porque yo también lo sentí mío. Y él decidió devolver ese sentimiento con tres regalos que nos hizo el domingo por la tarde. El Mediterráneo, del que alguna vez partieron los míos para América, fue para nosotros canto, agua y cielo. ¿Qué más podríamos pedirle?
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“Yo que en la piel tengo..
el sabor amargo del llanto eterno..
que han vertido en tí cien pueblos, de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul..
sus largas noches de invierno.”

J. M. Serrat


La palabra sibila proviene de un personaje de la mitología mediterránea, tanto griega como romana. Era una mujer con poderes para la profecía, inspirados por el dios Apolo. El nombre se extendió a otras mujeres con capacidad de profetizar. Tanto, que hasta Miguel Ángel pintó cinco sibilas en la Capilla Sixtina. Pero estas señoras de don profético no terminaron sus días inmortalizadas en un muro más o menos importante sino que tienen, aun en nuestros días, una vigencia renovada, a través de una antigua tradición propia de la Iglesia Católica pero eminentemente catalana.

En la Edad Media se tiene constancia de que ya existía el canto que lleva su nombre en diversas poblaciones como Barcelona
, Gerona, Vic y Tarragona así como en Montpellier, localidades donde se conservan fragmentos del texto. El Canto de la Sibila (el Cant de la Sibil·la en catalán) es un drama litúrgico y un canto gregoriano que se interpreta en las iglesias de Mallorca (entre las cuales destaca la Catedral de Palma) pero también, por esas cosas de la Historia, en la ciudad italiana del Alguero (en Cerdeña) la noche de Navidad. Fue declarado Bien Inmaterial de Interés Cultural por el Gobierno Español.

Y yo declaro, en este acto, “Bien Familiar de Interés Vocal” a mi prima Dolors, para darle así las gracias por el regalo de su Canto de la Sibila en la tarde del domingo de las cuevas. Nadie me lo dijo, pero presumo que El Mago tiene que haberse enamorado de la bella Dolors, al oirla cantar en la noche de Navidad en la Iglesia de Sant Julià, siendo casi una niña, y tendremos que admitir que a nosotros nos ocurrió otro tanto.

“La jorn del Judici
parra el qui haurà fet servici.
Jesucrist, Rei universal,
home i ver Déu eternal,
del cel vindrà per a jutjar
i a cada u lo just darà”.


El Juicio Final, con Cristo Rey, y lo que ocurriría al que no hubiera “hecho servicio” se nos antojaba inminente en esa voz tan especial y afinada que llenaba de emoción nuestros corazones. ¡Cuántas veces había aprendido de mi abuela sobre el Canto de la Sibila! ¡Y en esa tarde, aunque no fuera Navidad, nosotros teníamos la gracia de que se nos cantara en exclusiva! Todos los que vivimos el privilegio de esa tarde, la recordaremos de modo muy especial, estoy segura.

Dolors: tu regalo resonará en mis oídos en ésta y en las próximas Nochebuenas, en que estaremos separadas por el mar. Desde aquí, me parecerá volver a tenerte cerquita, uniendo las manos para cantar con tanto amor, sumado a tu bellísima voz, el antiguo y tradicional Canto de la Sibila solo para nosotros.
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“Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea,
jugando con la marea te vas, pensando en volver,
eres como una mujer perfumadita de brea
que se añora y se quiere, que se conoce y se teme.”

J. M. Serrat

¿Cómo nos íbamos a ir de Mallorca, a finales del verano sin un buen baño en la playa de Es Trenc? Esa playa que la gente campanera ha logrado conservar agreste no sin pocas luchas frente a los deseos “constructivos” de muchos inversores. Otra vez llegamos a ella en rebaño, aunque un poco reducido y ya sin la presencia de Catalina, que había debido regresar a Suiza.

Claro que el mar nos preparaba una sorpresa porque, pese a la excelente fama que toda mi familia le había hecho, había esa tarde tanto viento que me pareció estar en pleno verano de Punta Mogotes aunque con una caldera para entibiar el agua. Fue una pena que los domadores de montañas no fueran de la partida ya que se perdieron la oportunidad de ver un elegantísimo revolcón de esta escritora, que debió ser rescatada de las aguas por su marido y su primo, los que consideraron seriamente la contratación de una grúa destinada a tal efecto. Ya se sabe que cuanto más se ríe uno, más pesa y en mi caso, ya estaba por la tonelada. No obstante, me quedaron ganas de volver a disfrutar de la playa y el mar con más tiempo, porque sólo el placer de bañarse en agua tibiecita y en compañía de los míos, valió el revolcón del que fui objeto.
Eso sí, no puedo dejar de hacer mención sobre un hecho que a una argentina todavía le resulta un tanto asombroso y es el ver tantos señores y señoras en traje de Adán, lo que para nosotros todavía es novedoso, por lo menos para aquellos que veraneamos en lugares “populares” como mi querida Mar del Plata.

Espero que la próxima vez, el Mediterráneo calme sus impulsos, y me deje disfrutar de él manso y azul como todos lo cuentan.
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“A tus atardeceres rojos..
se acostumbraron mis ojos..
como el recodo al camino.”

J. M. Serrat



Comenzaba a atardecer cuando llegamos al huerto de Sebastià y Dolors. Esa tarde noche en el llano campaner estaba preñada de silencio, igual que aquella primera mañana en la casa donde viviera mi papá, aquella del muro con su nombre.

No olvidaré nunca la silueta del molino recortada en el horizonte, el perfume de la tierra, la sencilla pero acogedora casa, bien payesa, con el eco de las voces alegres de los chicos. Sebastià Jaume recogió para mí frutos en un frasco, y los tomé agradecida por el gesto, deseando que él también recordara la visita. Saludamos a Boira, la burrita, en su pesebre, coseché tomates de racimo. Ya comenzaba a extrañar y todavía no habíamos partido.
Frente al atardecer rojo, al atardecer mediterráneo en pleno campo mallorquín, sentí que por fin se cerraban todas las añoranzas. Supe cuál era mi otro lugar en este mundo, aunque lo hubiera podido vivir apenas unas horas. Me hubiera quedado mucho tiempo más en la tierra roja mientras contemplaba la luna plateándolo todo.

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Y ahora aquí, en esta Buenos Aires tan diferente de Mallorca pero tan mía también, siento que esta vez seré yo quien le hable al Mediterráneo para darle gracias por su canto, sus playas, sus perfumes y sus atardeceres rojos. Seré yo la que le diga, parafraseando a Serrat, que de ahora en más llevaré su luz y su olor por donde quiera que vaya en memoria de mi inolvidable camino de la luna llena, frente a sus aguas eternamente azules.

Cati Cobas

miércoles, diciembre 03, 2008

205-…¡No hay nada más lindo que la familia “unita”!

En Argentina, en la radio primero y luego en la televisión, se trasmitieron, desde tiempos inmemoriales, simpáticas comedias que tuvieron por tema “La familia”. Desde “Los Pérez García” a “¡Qué pareja!”, en la querida Radio El Mundo, y desde los Benvenutto o los Libonatti, a los Campanelli en la tele, nos acostumbramos a convivir con todos esos personajes representativos de “la familia argentina”. Precisamente, Don Carmelo Campanelli era el que, después de todo un capítulo de discusiones y problemas familiares, remataba el programa con la frase del título, frase que es ya parte de nuestro inconciente colectivo y que representa fielmente una de las mejores características que tenemos: el ser “familieros”, a pesar de todo con algo de “tanos” aunque provengamos de la Península Ibérica o del Chaco Paraguayo.

Ninguna frase mejor que ésta para titular el domingo en que los Covas paseamos en patota, en rebaño, amuchados, todos juntos, “unitos”, bah, durante casi todo el día, recorriendo algunos lugares importantes para nosotros como familia y otros, famosísimos en el mundo por sus características únicas. Ya verán ustedes.

No eran las ocho de la mañana cuando esta servidora ya estaba levantada y presta para comenzar el que sería el último día completo en la isla. En puntas de pie salí de la habitación en la que Jorge descansaba (la verdad es que juzgué unilateralmente que se merecía un sueño un poco más prolongado después de las emociones de la víspera y del día que tendríamos por delante), y junto a los dueños de casa y sus hijas, el Caballero, el Mago, con sus padres y sus hijos, mi tocaya helvética y los tres jóvenes domadores de montañas, partimos con rumbo a “Las Cuevas del tío Tomás”.

Se preguntarán ustedes de qué cuevas se trata; por qué no se las conoce como tales en ningún manual de Geografía. Pues porque son solamente patrimonio familiar, si bien no nos pertenecen. Los terrenos son propiedad de un señor que lleva nuestro mismo apellido por otra rama familiar. Él nos permitió visitar esas cuevas en sus dominios y también recorrer su hermosa casa de campo -bien mallorquina por cierto pero puesta al día con un buen gusto absoluto, lo aseguro-. Querrán saber de dónde surgieron las benditas cuevas. ¿No? Una vez conté a mis primos que Tomás, mi papá, recordaba unas cavernas donde se guarecía, mientras cuidaba las ovejas del rebaño familiar, y ellos se propusieron encontrarlas, hallándolas, en medio de la “garriga” (el monte) perteneciente a la finca de nuestro familiar homónimo. Desde entonces hicimos planes para visitarlas, y ese domingo vivimos el paseo como una especie de peregrinación, con algo de homenaje silencioso. Un párrafo especial merece aquí mi tía Jaumeta. Debieran haberla visto, abriéndose paso sin ayuda por los caminos escarpados y espinosos que nos llevaron a las cuevas. Ágil, inteligente para pisar las piedras, para encontrar un huequito allí, en medio de unas ramas, para deslizarse, liviana, cuando convenía, nos maravilló a todos, llenándonos de admiración.
Nadie lo dijo (los mallorquines no tienen un argentino estómago resfriado como el mío) pero pude leer emoción en los rostros de todos los que llegamos a esos lugares escondidos en la maraña vegetal del monte campaner. Sebastià Jaume tiene ahora la edad en la que papá se guarecía en esos sitios, pasando, alguna vez, la noche y en el hijo de mi primo nos pareció ver -estoy segura- a aquel que me dio la vida, añorando los destinos de papel y lápiz que intuía lo esperaban en Argentina, mientras sentía, quizás, miedo y soledad. Aunque, pensándolo bien, tal vez esas vivencias lo hicieron trabajador, decidido, valiente y positivo en el futuro, tal como yo lo conocí. No pueden comprenderse en el hoy las costumbres del ayer y mucho menos juzgarlas. Quizás, si algunos jóvenes pasaran actualmente alguna noche en esas cuevas, cuidando a sus ovejas, sería más fácil acompañarlos en la verdad y el bien, pero hay que rendirse a la evidencia de que el sitio y sus historias pertenecen a otros tiempos, otras formas de vivir y vincularse. Ni mejores ni peores. Diferentes.

Ilustraré la crónica con varias fotos de Las Cuevas del Tío Tomas. Les ruego las amplíen y observen la multitud de esferas de luz que nos acompañaron. ¿Ilusión óptica? ¿Fantasía? ¿Nuestros antepasados? ¿Los ángeles? Que cada uno decida por sí de qué va la cosa esta de los orbes. De lo que estoy segura es de que no podrán sustraerse al misterio, queridos amigos, ya que nuevamente digo que pertenecen a cámaras fotográficas distintas.

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La casa de nuestro primo T. merece un párrafo especial y voy a regalárselo. Creo que nadie salió indemne de la visita porque todos nos fuimos con ganas de tener una como esa. ¡Qué preciosidad! Se trataba de una casa mallorquina, una de esas que se hacía sin arquitectos, por supuesto, bien de campo, hecha de piedra, construida a medida de las necesidades y sin un plan muy específico, pero llevada a nuestro tiempo con el exquisito buen gusto de I., la dueña de casa. Arco tradicional en la sala, cocina de campo inmaculada, muebles bien mallorquines, oscuros, torneados. Cortinas y ropa blanca más que limpias. Y una piscina bordeada de buganvilias y glicinas, como para no moverse de ese sitio paradisíaco más que lo imprescindible. El lugar conservaba, además, fogones originales, al igual que los maderos de la techumbre. Para sacarse el sombrero por sus dueños que han sabido devolver la vida a la simple nobleza de una vivienda rústica payesa, y que, generosamente me permiten compartirla con ustedes.

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Imaginemos ahora el paseo: varios coches haciendo caravana, y quien esto escribe procurando dedicar un ratito a cada grupo familiar mediante el recurso de cambiar de coche en cada tramo. Fotos, risas, bromas, emociones, comentarios…Un domingo de ensueño para aquella que volara de tan lejos, no lo duden.
Y para que también pudiera vivir, ya descansado, la alegría de todo lo que todavía nos depararía la jornada, fuimos a buscar al que todavía estaba (suponíamos) durmiendo el quinto sueño. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa al hallarlo un tanto…¿sorprendido? por haberse despertado y encontrarse encerrado en la casa, acompañado solamente por la perrita de Apolonia que le ladraba confundida gracias a las decisiones inconsultas de esta servidora! ¡Menos mal que era mucha la alegría porque iniciar trámites de divorcio allí en Mallorca hubiera resultado costosísimo!

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Al integrarse mi Robert a la caravana, también lo hizo Dolors, la esposa de Sebastià, con lo que realmente pudimos vivir unas horas de plenitud y diversión francamente especiales.

¿A dónde fuimos? Pues derechito las Cuevas del Drach, en Manacor, uno de los sitios emblemáticos de Mallorca. Claro que la familia unita andaba un tanto distraída, ya verán.

Sebastià Jaume nos lo advirtió pero no le hicimos caso: “Por aquí no es, yo vine hace poco con la escuela”, decía preocupado. “¡Niños!”, dijimos todos.

¡Por “ahí” no era! Pero ya estábamos a la entrada de las cuevas de Porto Cristo, las Del Hams. También con estalactitas y estalagmitas, también bellísimas, pero eso sí: demasiado “alemanas” para mi gusto y además, carísimas.

No obstante, me encantaron. Ambientadas con una iluminación teatral nos hacían rendir culto a la Madre Naturaleza porque las formaciones eran increíbles. Y tuvieron, además, el valor agregado de nuestro espíritu festivo inspirado por una también sajona locutora melíflua que describía los lugares “gota a gota”.

Contemplemos, amigos las escenas: la familia mallorquina un tanto amoscada por habernos confundido de cueva, más lo costoso de la entrada, sumado a una densa introducción filmada sobre Julio Verne, que mucho no tenía que ver con lo que íbamos a visitar pero que servía para justificar el precio de la misma, más la voz empalagosa que nos guiaba por el lugar explicando cada medio segundo que esas cuevas habían sido creadas “gooootah a goootahhh” por los depósitos calcáreos filtrados en la roca y agreguemos a todo esto las risas que la Reina y la Adelantada nos provocaban con sus comentarios pícaros sobre lo sexie y sugerente de la locución y tendrán una idea del caos que los Covas provocaron en el lugar. Risas, carcajadas, todo un mundo de diversión a costa de las cuevas que en sí eran increíbles pero que con el valor agregado de nuestro buen humor se tornaron inolvidables y, a pesar de todo, baratísimas si juzgamos cuánto nos divertimos a su coste.

La cara de Toni y de María cuando Ángela solicitó, a la salida, una grabación de la señora “Gota a gota” para que le sirviera de fondo en algún “tete a tete” con el pintor de La Buhardiiiillita no tuvo parangón. Debimos huir del lugar antes de que los guardias nos corrieran recordándonos a la Gestapo de modo contundente.

Han pasado casi tres meses de ese día pero todavía resuenan en mis oídos –y supongo que en la mayoría de los que formamos aquella “patota” (troupe) bullanguera y familiar-
los ecos de nuestras carcajadas.
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Creo que ya estarán ustedes agotados…¿Verdad?
Descansen un ratito durante el almuerzo que nos esperaba en casa de Sebastià y Dolors. Decir que estaba delicioso es poco. Los sabores del mar preparados con donaire nos resultaron exquisitos. Tanto como esas horas en que gran parte de la familia pudo disfrutar de la felicidad de recorrer Mallorca en rebaño armónico y alegre, seguramente inolvidable también para Pau y Sebastià Jaume, los más chicos.

Tal vez por eso, este último nos regaló un concierto de violín en el que toda la familia se sintió orgullosísima de su arte y nosotros, los visitantes mucho más, por supuesto.

La tarde continuó en la playa, pero eso y un don particularísimo de Dolors hacia nosotros, será motivo de la siguiente crónica.

Por ahora, nos deberemos conformar con estas líneas que dedico a todos los que vivieron aquellos momentos tan hermosos…gota…a …gota…

Cati Cobas